lunes 6 de febrero de 2012

GILBERT K. CHESTERTON: EL CANDOR DEL PADRE BROWN (3)

Proseguimos nuestro viaje al universo del Padre Brown, de la mano de Chesterton. En esta nueva entrega nos ocuparemos de los otros seis relatos que componen El candor del Padre Brown. La última entrada la reservaremos para tratar sobre el estilo del autor, las opiniones acerca del personaje y otros asuntos variados. Lo cierto es que no me cansaría de hablar de este personaje, pues creo que resulta uno de los detectives más originales de toda la narrativa policial.

El séptimo relato es "La forma equívoca" (The Wrong Shape) y en él asistimos a una nueva aventura de Flambeau y el curita de cara de luna. En esta ocasión encontramos a los dos detectives aficionados en la casa del estrafalario poeta y novelista Leonard Quinton, quien aparece asesinado en su habitación, junto a una nota enigmática en la que se puede leer estas lúgubres palabras: "Muero por mi propia mano pero muero asesinado".

En la casa de Quinton solamente están su mujer, un extraño y siniestro criado indio y el Dr. Erskine Harris. ¿Quién habrá asesinado al poeta y por qué? ¿O tal vez se suicidó, como parecía sugerir la nota dejada en su lecho de muerte? Esta aventura rezuma ingenio y demuestra que las formas, sean las de un pequeño papel recortado o sean las de la conducta humana, pueden resultar muy equívocas. 

La maestría de Chesterton estriba en que no se ocupa de dejarnos claras las pistas que conducen al asesino, sino en dejarnos clara la psicología del criminal y sus motivos. Al leer sus cuentos no importa tanto averiguar al autor del hecho como comprender qué le ha motivado a obrar fuera del camino del bien y de la rectitud.

En la octava historia, "Los pecados del príncipe Saradine" (The Sins of Prince Saradine), asistimos a una atmósfera de cuento de hadas, algo que era muy querido por el autor de estas aventuras. De nuevo encontramos a Flambeau y al Padre Brown, esta vez embarcados en un bote, para tomar unos días de asueto cuando, de pronto, surge lo inesperado. Arriban a la Isla Roja y llegan a la Casa Roja, en Norfolk, que es donde reside el príncipe Saradine, que amablemente ha invitado a Flambeau.

Flambeau y Brown asisten a un peculiar duelo entre Stephen Saradine, capitán y príncipe de Saradine, y un tal Antonelli, que desea vengarse del príncipe porque este había asesinado a su padre y robado a su madre. En la Casa Roja, donde viven también Mistress Anthony y Paul, el mayordomo de los hermanos Saradine, tiene lugar el duelo a muerte. Fallece el joven Stephen Saradine y todo podría haber quedado en un simple crimen pasional, en una venganza vulgar de no ser porque el Padre Brown advierte que hay ago más detrás de la oscura historia de los hermanos Saradine.

El lector tendrá que leer esta narración para llegar a saber a qué nos referimos. Baste decir que todo se basa en una sutil estratagema, tan fina como la estocada del más fino esgrimista. La atmósfera de cuento de hadas termina siendo atrozmente desvanecida por las revelaciones del sacerdote, que acaba huyendo despavorido de la isla, junto con su inseparable amigo Flambeau.

En la novena narración, "El martillo de Dios" (The Hammer of God), encontramos al bueno del Padre Brown -esta vez sin Flambeau- en el pueblecito de Bohun Beacon, donde el coronel Norman Bohun aparece asesinado. Alguien le acaba de asestar un formidable martillazo en la cabeza. Todos sospechan de Barnes, el herrero; e incluso sospechan de un tal John, el loco del pueblo. El Padre Brown logra demostrar que ni uno ni otro pudieron cometer el crimen.

En esta historia queda claro que las apariencias engañan y que las personas no son tan transparentes como parecen a simple vista. Hay personas llenas de respetabilidad y de honorabilidad que ocultan instintos asesinos; otras, en cambio, de aspecto más rudo (el herrero) o más lunático (el tonto del pueblo) son tan inocentes como las amapolas del campo.

En esta historia el Padre Brown revela su astucia, no solo al adivinar el nombre del autor del crimen, sino al tratar de que el culpable lo confiese. El asesino pregunta: "¿Cómo sabe usted todo eso? ¿Es usted el diablo?", a lo que el Padre Brown responde: "Soy un hombre; en consecuencia, todos los diablos residen en mi corazón". Una muestra perfecta de a enorme capacidad del curita para resolver crímenes: los averigua porque conoce el corazón humano.

En la décima aventura, titulada "El ojo de Apolo" (The Eye of Apollo), el sacerdote visita las oficinas que Flambeau posee en Westminster. Allí conoce al impresionante Kalón, el jefe de una nueva secta religiosa de adoradores del dios Sol, el cual parece haber embaucado a las hermanas Pauline y Joan Stacey para que le entreguen dinero a fin de sufragar el nuevo credo.

La joven Pauline Stacey aparece muerta en el hueco del ascensor. Todos sospechan de Kalón pero he aquí que cuando la joven cayó por el hueco el profeta de la fe solar se encontraba en el balcón, saludando al dios Sol y, por tanto, no pudo cometer el crimen, como puede atestiguar cualquiera que le viese desde la calle. En este relato el Padre Brown parece que va a ser vencido por el poderoso enemigo representado en Kalón y, sin embargo, logra salir airoso y triunfante de esta aventura.

Es esta una de las mejores narraciones del libro, en la que no importa tanto saber quién o cómo cometió el crimen, sino darse cuenta de hasta qué punto hay maldad en la mente humana como para engañar a un ser bondadoso como la pobre Pauline Stacey y ser capaz de ocultarlo. El relato encierra instantes preciosos, como el alegato de defensa de Kalón y la resolución del caso, por parte del curita, gracias a que advierte que la clave de todo estaba en los ojos de la difunta Pauline Stacey.
La undécima narración, "La muestra de la espada rota" (The Sign of the Broken Sword), es una de las obras maestras no ya solo de esta colección de cuentos sino de toda la narrativa chestertoniana. No en vano, inspiró a Jorge Luis Borges su célebre relato del "Tema del traidor y del héroe". En esta ocasión, el Padre Brown y Flambeau andan vagabundeando en busca de una palabra, una palabra que aclare el misterio de la muerte del general Sir Arthur Saint Clare y de sus compañeros de armas, en especial del capitán Keith, del coronel Clancy y otros. 
Saint Clare había muerto en batalla de forma heroica pero quedaba dudas respecto a su muerte y a la de los otros soldados. El Padre Brown se erige aquí, por primera vez, en narrador de la historia y lo que cuenta, la verdad que descubre, desalentaría a cualquiera que confiase en las palabras 'honor' y 'heroísmo'. Flambeau asisste intrigado a las pesquisas del sacerdote y no acierta a comprender toda a historia hasta la revelación final.
En este cuento se sugiere la idea de que el Padre Brown y Flambeau deambulan por el infierno como si se tratase de Dante y Virgilio, recorriendo el noveno círculo, el de los traidores. Precisamente en la traición está la clave de toda la historia. En la traición y en la falsa imagen que a veces nos creamos acerca de todos aquellos que consideramos héroes cuando no son otra cosa que traidores disfrazados de héroes.

La narración duodécima, "Los tres instrumentos de la muerte" (The Three Tools of Death), que cierra el volumen y pone el broche de oro a la colección de cuentos, plantea un singular enigma. En la casa de Sir Aaron Armstrong, el jovial filántropo y optimista consumado asistimos al drama de la muerte del propio Armstrong y a la tristeza que eso crea en su familia. Aparecen varios personajes sospechosos, como Magnus, el criado, o el joven Patrick Royce... 

La policía está desconcertada. Nadie se explica cómo o por qué alguien ha podido asesinar a un viejecito tan adorable, a un hombre tan alegre y encantador. Nadie se lo explica, excepto el Padre Brown, que descubre la verdad sobre Sir Aaron y sobre su familia, desvelando que aquellos en ciertas ocasiones quienes más parecen afanarse en el bien común ocultan una doble personalidad, triste y mezquina.

Estas son las doce historias que componen El candor del Padre Brown, a cual más bella, sutil, ingeniosa y artística. El agudo lector ya habrá advertido que algunas de ellas me gustan más que otras pero todas me parecen meritorias, muy bien escritas y llenas de temas, personajes e incidentes de indudable interés. Son ya clásicos de la narrativa breve de corte policial y, como tales, pueden leerse una y cien veces y seguir pareciéndonos maravillosas.

Que Dios os bendiga a todos y Nuestra Señora os proteja siempre y en todo lugar. 

Hasta la próxima entrada. Cuidaos mucho, amigos.

jueves 19 de enero de 2012

GILBERT K. CHESTERTON: EL CANDOR DEL PADRE BROWN (2)

Continuamos nuestro leve viaje al mundo del Padre Brown, en concreto a su primera (y posiblemente más brillante) remesa de aventuras. En esta ocasión, nos centraremos en las seis primeras historias que componen El candor del Padre Brown y dejaremos para una tercera entrada las seis restantes, así como para una cuarta y final nuestra valoración crítica sobre el libro y el personaje creado por Chesterton

Este libro se compone de doce historias, a cual más aguda, ingeniosa, humorística y sutil. No hace falta que diga que a mí me encantan las doce, aunque sienta especial preferencia por tres o cuatro de ellas. Dejaré para una próxima entrada el apunte razonado acerca de los relatos que más me gustan y vamos, pues, con la breve reseña de las seis iniciales. 

La primera de todas, que abre el libro y fue el primer relato que Gilbert K. Chesterton escribió con el Padre Brown como protagonista, se llama "La cruz azul" (The Blue Cross) y en ella aparece también por vez primera el personaje de Flambeau, el gigantesco francés, ladrón de guante blanco, el cual caerá en las redes del Padre Brown y, con el correr del tiempo, dejará de ser ladrón para convertirse en detective privado y fiel compañero de aventuras del curita inglés. En esta primera y entrañable historia, la narración se centra al principio en el superpolicía Aristide Valentin, que llega a Inglaterra, donde se celebra un Congreso Eucarístico, para proceder a la captura de Flambeau, el sensacional ladrón que ha atemorizado y asombrado a media Europa con sus hazañas. 

La descripción de la persecución a la que Valentin somete a dos sacerdotes, uno de ellos sospechoso de ser Flambeau, un maestro del disfraz, está trufada de ingenio, humorismo y encanto. Pero no es Valentin quien desenmascara al coloso Flambeau, sino el pequeño y en apariencia anodino curita que le acompaña: el Padre Brown, quien custodia un valioso objeto sacro -la cruz azul-, que Flambeau, amante del arte, codicia. 

El Padre Brown logra engañar al experimentado criminal con su astucia y su hondo conocimiento del mal y del alma humana. Ante el asombro de Flambeau, el sacerdote conoce las más horrendas formas del crimen y, tras poner a buen recaudo la preciada reliquia, a salvo de las garras de Flambeau ("siempre hay que salvar la cruz", dirá el curita en el relato), confiesa cómo ha sido capaz de descubrir al impostor: "Atacó usted a la razón; y eso es de mala teología". Chesterton demuestra estar influido por el neotomismo que entonces estaba de moda en algunas universidades inglesas.

El final del cuento representa, como ya señalé, una suerte de alegoría en que el sacerdote es Cristo entre los dos ladrones: el buen ladrón (Flambeau) y el mal ladrón (Valentin). Para entenderla, el lector deberá acudir al propio relato y al siguiente, en que se explica por qué Valentin representa al mal ladrón. Un relato delicioso, lleno de suave humorismo y belleza literaria.

La siguiente aventura se llama "El jardín secreto" (The Secret Garden) y en ella encontramos el primer cadáver al que tendrá que enfrentarse el Padre Brown. Reaparece aquí el personaje del detective oficial, Valentin, quien ha invitado a su casa de París a varias personalidades, entre ellas al millonario estadounidense Julius K. Brayne. No sabemos bien cómo pero el Padre Brown se halla en París, también entre los invitados a la casa de Valentin. 

El hecho de que el curita de Essex aparezca en los lugares más insospechados, allá donde se comete un crimen, aunque a veces en relación con su ministerio sacerdotal, ya llamó en su día la atención de la famosa escritora Agatha Christie, quien no dejó de admirar al personaje chestertoniano. En realidad, que en el lugar de un crimen aparezca como por arte de magia un detective aficionado es casi una convención del género. 

Sea como fuere, en este relato el Padre Brown debe enfrentarse a la misteriosa muerte del sr. Brayne, el cual aparece decapitado en el jardín de la casa de Valentin. Los lectores que no hayan leído estas historias me permitirán que silencie la resolución del enigma, tan sorprendente como ingeniosa, y el inesperado final del cuento. Por último, cabría decir que el hecho de que el asesinado fuera un plutócrata es una constante en Chesterton, quien no disimulaba su aversión hacia los millonarios.

La tercera narración, "Las pisadas misteriosas" (The Queer Feet), transcurre en el Vernon Hotel, donde el selecto club de Los Doce Pescadores Legítimos se congrega para celebrar una de sus reuniones anuales. El relato explica el hecho extraño y singularísimo de que los miembros del club acudan vestidos con un traje verde, en lugar del chaqué negro habitual. 

El Padre Brown se encuentra allí para redactar una carta y, mientras lo hace, metido en un cuarto y casi oculto para que la presencia de un sacerdote papista no llame la atención, escucha unas pisadas anómalas que le llevarán a resolver el misterio de la desaparición de una valiosa cubertería, posesión del club de Pescadores. 

La trama es tan sencilla como encantadora. Y es que, según Chesterton, una de las claves de un buen relato policial, es que parta de un hecho tan sencillo que, por su pura sencillez, cree la confusión y el misterio, pasando inadvertido a todos. A todos, menos al curita detective. El lector no dejará de sorprenderse ante esta ingeniosa historia, la cual esconde también una crítica sobre los convencionalismos sociales y la idea de que a veces es fácil confundir a todo un caballero con un criado, y viceversa.

Esta narración encierra una de las citas más hermosas de Chesterton, que en su día usara el autor inglés Evelyn Waugh, muy influido por Chesterton y que se convirtió al catolicismo en 1930. Parte de la cita figura en su novela Retorno a Brideshead (1945). Consiste en que, refiriéndose a Flambeau, dice el Padre Brown: "Yo lo he pescado con anzuelo invisible y con hilo que nadie ve, y que es lo bastante largo para permitirle errar por los términos del mundo, sin que por eso se liberte". El Padre Brown es, pues, también un 'pescador de hombres'.

La cuarta historia, titulada "Las estrellas errantes" (The Flying Stars), es una de las más bellas y supone la definitiva conversión de Flambeau, de su estado de ladrón y criminal hacia el lado del bien, al que el Padre Brown le reclama. Una de las grandes diferencias del Padre Brown respecto a otros detectives de ficción estriba precisamente en el hecho de que él no se limita a atrapar a un culpable: él busca la salvación de su alma, su conversión al bien, como hace con su amigo Hércule Flambeau. 

Esta narración ("El más hermoso crimen que he conocido", nos dice el propio Flambeau, al inicio del relato) tiene lugar en Nochebuena, momento propicio para esa conversión de la que hablaba antes. "Mi último crimen", comenta un melancólico Flambeau, narrador inicial de esta historia, "fue un crimen de Navidad [...]; un crimen género Charles Dickens". En efecto, en una casa del barrio de Putney, perteneciente al periodista señor Crook, se reúnen amigos y familiares para festejar la Nochebuena. Todo parece ir bien hasta que, sin saber de qué modo, desaparecen los diamantes africanos "Las estrellas errantes", propiedad del magnate Sir Leopold Fischer. Será el Padre Brown quien los recupere, y hará algo más importante: recuperar el alma de Flambeau. Dejo en la oscuridad la forma en que el curita descubre el delito y logra disuadir al criminal de su mala acción.

El relato, lleno de divertidísimos y cómicos momentos, como los de la parodia de la Commedia dell'Arte, contiene una ingeniosa confusión, demuestra la audacia de Flambeau y el poder de persuasión del Padre Brown, al lograr convencerle de que devuelva los diamantes robados y abandone su vida delictiva, antes de que se abisme más y más en el mal. Al final de la narración, las 'estrellas errantes' son estrellas voladoras, tal como figura en el título original.

El quinto relato, "El hombre invisible" (The Invisible Man), de nuevo pone de relieve la agudeza de Chesterton para crear una historia policial que parta de un hecho sencillo hasta el extremo, pero que pasa fácilmente inadvertido para todos. Existen en la sociedad hombres y mujeres 'invisibles': están ahí, pero no los vemos. Esa es la base de esta encantadora y terrible historia.

Es la historia de Laura, del robusto y bizco Welkin y de John Angus, buen amigo de Flambeau, y del pequeño señor Smythe, el cual es asesinado y nadie se explica cómo ha podido entrar y salir de su casa el asesino, máxime teniendo en cuenta que un portero y varias personas estaban en la entrada de la casa. El hecho es que el diminuto sr. Smythe aparece asesinado y serán el Padre Brown y Flambeau (ahora ya flamante detective) a quienes les tocará resolver el enigma.


Esta aventura es destacable por la atmósfera creada por el autor, su poder de descripción y la pintura de personajes entrañables, como Angus y Laura. Se percibe bien cómo el autor inglés era un maestro en la creación de esos ambientes y hasta qué punto se hallaba influido por su amor al arte. De hecho, la idea de que el crimen puede ser considerado como un arte, según Thomas de Quincey, está presente en varias narraciones del libro.


El sexto cuento lleva por título "La honradez de Israel Gow" (The Honour of Israel Gow) y es una de las mejores historias del libro. Conjuga un ambiente de misterio y casi de novela de terror con la historia de un hombre extremadamente honrado. En este relato, el Padre Brown, su amigo Flambeau y el inspector Craven, de Scotland Yard, deben desvelar qué ha ocurrido con el conde de Glengyle, desaparecido sin dejar ni rastro.


El relato alcanza su punto álgido cuando en el cementerio anejo al castillo de Glengyle desentierran el supuesto ataúd del conde y descubren un cuerpo sin cabeza. En ese puzzle sin sentido las sospechas recaen sobre Israel Gow, el anciano criado escocés del conde, quien tal vez le haya asesinado para quedarse con sus riquezas. El Padre Brown, tras una noche entre el miedo y la confusión, descubrirá que Gow es, contra las sospechas de sus amigos, un hombre tan excesivamente honrado que solo tomó lo justo, aquello que le fue prometido por su señor. El cura llega a la conclusión de que Gow es un avaro, sí, pero un avaro justo y honrado.


Como en los relatos anteriores, la atmósfera de misterio está notablemente lograda, si bien en esta narración se añaden elementos no muy lejanos de la novela gótica, como el castillo medieval o el frío cementerio. Es esta una de las mejores historias del Padre Brown y, al igual que en las anteriores, el hecho de partida para el misterio se funda en una idea tan sencilla como brillante.  

Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares seleccionaron este relato para su segunda colección de Los mejores cuentos policiales, publicada por Emecé, lo cual dice todo acerca de su calidad y sus virtudes como cuento clásico del género. Estoy convencido de que esta y las otras historias de El candor del Padre Brown harán las delicias de los amantes del género policial e incluso a quienes no les guste disfrutarán con ellas por su altísima calidad literaria y su hondura moral.


Que Dios os bendiga a todos y Nuestra Señora os proteja siempre y en todo lugar. 

Hasta la próxima entrada del blog. Cuidaos mucho, amigos.

martes 10 de enero de 2012

AÑO NUEVO, BUENAS NUEVAS CHESTERTONIANAS

Nació este nuevo año de 2012 sin demasiadas noticias de graves catástrofes -salvo las ya consabidas de la economía, que parecen no tener remedio- y, antes de que pasen más días y me alcance ese fin del mundo que se anuncia en calendarios mayas y a mí se me antoja una nueva filfa de los agoreros y falsarios de turno, quería venir a saludaros, a fin de dejar constancia de mis mejores deseos de año nuevo para todos vosotros, amigos, y para vuestras familias. Que durante este año Dios os colme de toda clase de bendiciones y seáis felices, viviendo la vida con salud, alegría, paz y amor.

Aprovecho el escrito para comentar un par de novedades chestertonianas. Es año nuevo y, por fortuna, hay muchas y buenas nuevas en lo que se refiere a nuestro admirado G. K. Chesterton. Os las iré comentando sin mucho orden y concierto, pero quedará bien sazonado el plato, ya que los ingredientes son de gusto exquisito y para nada grasos o pesados. Al revés, el menú que voy a ofreceros sin duda os sabrá a poco, pero os sabrá delicioso.

En primer término, debemos celebrar que el Club Chesterton de la Universidad CEU San Pablo de Madrid va a organizar un congreso en Madrid para conmemorar el 75 aniversario de la muerte de Chesterton, que se cumplió en el año de 2011.

A ese magnífico evento van a asistir algunos de los más famosos y reputados chestertonianos de la actualidad, como son Dale Ahlquist (en la foto de al lado), que es el Presidente de la American Chesterton Society; el Padre Joseph Pearce, uno de los mejores biógrafos de Chesterton, a quien he citado en la entrada anterior a esta; y Aidan Mackey, fundador del Centro de Estudios G. K. Chesterton, de Oxford, y excelso conocedor de la vida y la obra de G.K.


El congreso se celebrará
en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Comunicación de la Universidad CEU San Pablo, entre el 27 y 28 de febrero de 2012. Es interesante añadir que pueden presentarse comunicaciones hasta el 16 de enero, con lo cual aquellos lectores y apasionados de la obra de Chesterton pueden contribuir con su granito de arena para festejar la singular efeméride en nuestra tierra. En el enlace podéis pinchar para leer el programa completo del congreso G. K. CHESTERTON, 75 AÑOS DESPUÉS DE SU MUERTE.

Otra buena nueva chestertoniana de indudable interés la hallamos en las páginas de la web del Padre Javier Alonso Sandoica. Se trata de un ameno y penetrante artículo sobre uno de los temas centrales acerca de la vida de Chesterton y es su conversión al catolicismo. En este artículo, titulado precisamente "¿Por qué Chesterton se convirtió al catolicismo?", el P. Javier Alonso -el famoso y simpático cura de la tele- hace un recorrido por la vida de nuestro autor y enumera las razones que le llevaron a dar el paso más importante de su vida, su conversión en 1922, hecho aquel que fue tan incomprendido por varios de sus contemporáneos como crucial para sellar definitivamente su pensamiento y su ideario vital. Merece la pena que, si tenéis tiempo, le echéis un vistazo a ese texto, al que os remito en el enlace de arriba. No podríamos entender la mayor parte de la obra chestertoniana sin comprender el alcance que tuvo esa conversión en su vida.

Otra novedad chestertoniana de estas navidades nos la trajo nuestra querida amiga Zambullida, a través de Zenit. El 8 de diciembre pasado el periodista alemán Alexander Kissler presentó Navidad con Chesterton. La velada literaria, en la serie Domspatz Soirée, se celebra en el Movimiento Cultural de Munich, Alemania. Domspatz Ragg promueve la cultura cristiana a través de sus propios eventos y publicaciones. En la velada se dieron a conocer textos humorísticos de Chesterton, muchos de ellos de reciente aparición en alemán, con su crítica del consumo hueco, que hoy nos resulta más oportuna que nunca. La Navidad recorre gran parte de la obra de G. K. Chesterton, sea en sus artículos periodísticos, sea en sus poemas, algunos de los cuales, de tema navideño, he publicado aquí mismo en años anteriores.

Por último, cabe añadir a este desordenado florilegio de noticias chestertonianas la de que, al ser este el año del 200 aniversario del nacimiento del célebre autor Charles Dickens, sin duda alguna el mejor novelista inglés del siglo XIX, sería muy recomendable releer (o tal vez leer, si es que no la habéis leído) la excelente y elogiosa biografía que Chesterton le dedicó en 1906. Esta biografía, como todas las de su autor, rebosa conocimiento sobre el personaje y su obra y destaca por su originalidad (no se busquen en ella el consabido mareo de fechas y el agobiante aparato crítico de notas propio de otras biografías) y por su feliz descubrimiento del auténtico relieve de Dickens en las letras inglesas. Para aquellos lectores que se manejen con el inglés, pueden acceder on-line a esa excelente y amenísima biografía en este enlace

Nada más (y nada menos), por el momento, amigos. Que Dios os bendiga siempre y la Santísima Virgen os guarde de todo mal y viváis un año lleno de dichas, sean grandes o pequeñas, en compañía de todas aquellas personas que os quieren. 

Nos leemos en la próxima entrada del blog, en la que volveremos de la mano del Padre Brown. Hasta pronto.

jueves 22 de diciembre de 2011

GILBERT K. CHESTERTON: EL CANDOR DEL PADRE BROWN (1)

Desde luego, no tengo perdón como bloguero. Casi termina el año de 2011 sin que tratemos del bueno del Padre Brown, siendo como es este año el del centenario de su creación, merced a la fértil, ocurrente y profunda pluma de nuestro admirado y querido Gilbert Keith Chesterton. Al fin, tras las tareas propias de mi ocupación profesional, he podido sacar un rato para escribiros algo sobre el célebre curita de Essex. 

Estas humildes pero admirativas entradas sobre Chesterton y su Padre Brown van dedicadas a nuestro amigo Alejandro, de Venezuela, que no hace mucho ha descubierto a este maravilloso autor y su personaje y cuya amistad, a través de su excelente blog, me honra y la agradezco en grado sumo. Así pues, estas entradas sobre el P. Brown han sido escritas especialmente para ti, Alejandro. Espero que te gusten. 

En realidad, el personaje del Padre Brown no nació en 1911, sino en 1910, cuando Chesterton escribió el primer cuento, "La cruz azul" ("The Blue Cross"), que tampoco se llamó así en un principio. Sea como fuere, Chesterton reunió las doce primeras aventuras con el Padre Brown como protagonista y se publicaron como libro, con el título de El candor del Padre Brown (The Innocence of Father Brown) en 1911, de ahí que sea esta fecha la que consideremos para celebrar el centenario de este famoso detective de ficción. 

Y, para ser más exactos, aún podríamos afirmar que el personaje del curita aparentemente distraído y astroso no nació en 1910, sino un poco antes, puesto que, según confesión del propio autor, estaba basado en una persona de carne y hueso: el Padre John O'Connor, sacerdote católico irlandés. 

Antes de tratar sobre el personaje y sus maravillosas aventuras, consagraremos esta primera entrada a su creación, a la forma en que nació, para lo cual se hace imprescindible que relatemos de qué modo trabaron amistad Chesterton y el Padre O'Connor. 

En la excelente biografía de Chesterton escrita por Joseph Pearce (G. K. Chesterton. Sabiduría e inocencia, Encuentro Ediciones, 1998) podemos encontrar algunas referencias interesantes sobre ambos personajes y su amistad. En febrero de 1903, O'Connor había escrito a Chesterton para expresarle su admiración: "Soy un sacerdote católico y, aunque creo que no es usted muy ortodoxo en algunos detalles, en primer lugar quiero darle las gracias de todo corazón, o quizá debería dárselas a Dios por haberle concedido esa clase de espiritualidad que a mi juicio hace que la literatura sea inmortal" (Obra citada, p. 123). 

Finalmente, fue en el año de 1904 cuando Chesterton y O'Connor pudieron conocerse en persona. 

El propio Chesterton nos relata ese encuentro en su Autobiografía (1936): "Había ido a dar una conferencia a Keighley, en los 'moors' de West Riding, y había pernoctado allí con uno de los ciudadanos destacados de aquella pequeña ciudad industrial, el cual había reunido un grupo de amigos [...], entre ellos el cura de la Iglesia Católica, un hombre pequeño con cara agradable y expresión de gnomo. Me llamó la atención el tacto y la gracia que demostraba [...]".

Tiempo más tarde, Chesterton descubrió que aquel buen sacerdote, aparentemente cándido, inocentón e ignaro, en realidad sabía mucho más de las maldades humanas que los más pérfidos hombres de aquella hipócrita sociedad. En comparación con él, dos malhechores eran como dos bebés, en cuanto a su conocimiento del mal. 

Así fue como nació el Padre Brown, como Chesterton comenta, de nuevo en las páginas de su Autobiografía: "Y surgió en mi mente la vaga idea de dedicar a un fin artístico estos cómicos despropósitos que eran, al propio tiempo, trágicos, y construir una comedia en la que un sacerdote aparentaría no saber nada, conociendo, en el fondo, el crimen mejor que los criminales. Puse esta idea esencial en un cuento ligero e improbable, llamado "La cruz azul", continuándolo a través de las series interminables de cuentos con que he afligido al mundo. En resumen, me permitía la seria libertad de tomar a mi amigo y darle unos cuantos golpes, deformando su sombrero y su paraguas, desordenando su ropa, modelando su rostro inteligente en una expresión llena de fatuidad y, en general, disfrazando al Padre O'Connor de Padre Brown" (Obra citada, p. 125). 

No obstante, Chesterton siempre aclaró que el Padre Brown solo se parecía al Padre O'Connor en su inteligencia, en su ingenio, intuición y conocimiento del alma humana, con todo lo bueno y lo malo que tiene esta, pero en nada se parecía al pobre curita en su carácter simplón o en su vestuario desharrapado y descuidado. Con estas premisas, el carácter y la personalidad del "curita de Norfolk" ya estaban forjados. Solamente había que situarlo en la escena de cada crimen, de cada pecado o debilidad humana y él, aunque en apariencia ausente y distraído, sabría penetrar en cada uno de esos enigmas humanos mucho mejor que los policías y detectives oficiales.

En la encantadora e ingeniosa historia de "La cruz azul" aparece también el personaje de Hércule Flambeau, el gigantesco ladrón, luego detective y fiel compañero de aventuras de Brown, que es sorprendido por la astucia y la sagacidad del cura católico. También aquí hace su aparición el superdetective oficial, Valentine, igualmente francés, como Flambeau. Los tres personajes pudieran ser vistos (y, de hecho, así lo han advertido algunos críticos) como una alegoría. 

Al final del cuento, los dos personajes franceses, el que vive ajeno a la Ley (Flambeau) y el que aparentemente la representa (el inspector Valentine) se quitan el sombrero ante la genialidad del Padre Brown, el cual hace como que busca su paraguas, resultando una suerte de alegoría amable de la Crucifixión: Cristo (el sacerdote), sacrificado y humilde entre los dos ladrones, el buen ladrón (Flambeau) y el mal ladrón (Valentine). Pero no debo daros más detalles acerca de esta y las subsiguientes historias que forman el libro de El candor del Padre Brown. Lo dejaremos para la siguiente entrada, si os parece bien.

En fin, quisiera desearos que paséis unas felices fiestas en la compañía de vuestros familiares y amigos. 

¡FELIZ NAVIDAD! ¡FELICES PASCUAS, AMIGOS! Y que el próximo año de 2012 os traiga toda clase de bendiciones, en forma de salud, amor, alegría, esperanza y todas las cosas buenas y deseables.

Que Dios os bendiga y Nuestra Señora, la Santísima Virgen, os proteja siempre. Hasta muy pronto, amigos.







jueves 1 de diciembre de 2011

BARONESA DE ORCZY: EL VIEJO EN EL RINCÓN

Emma "Emmuska" Orczy, Baronesa de Orczy (1865-1947), fue, además de aristócrata, novelista y la creadora del célebre personaje de la Pimpinela Escarlata (The Scarlet Pimpernel, 1905),  protagonista de una serie de novelas en las que ese intrépido aventurero inglés, oculto bajo los más impensables disfraces, se dedicaba a rescatar y salvar a condes, barones y otros nobles franceses atribulados para ayudarles a escapar de la cruel Madame Guillotine, en los sangrientos tiempos de la Revolución francesa y del régimen del Terror de Robespierre y compañía.

Hoy que vivimos en un mundo en permanente cambio y donde los aristócratas y nobles están, en general, muy mal vistos, no sabemos si quien tendría que haber escapado habría sido el propio Pimpinela, antes de ser perseguido por los "indignados" de medio mundo. Sea como fuere, este sagaz personaje le dio fama a la Baronesa de Orzcy, aunque si ahora la traemos aquí para someterla a vuestro buen juicio y consideración no es como creadora de la Pimpinela Escarlata, sino como autora de relatos de misterio. 

En efecto, la Baronesa de Orczy es también la creadora de un singular detective, el viejo en el rincón. Lo peculiar de este "viejo en el rincón" es precisamente que pertenece a esa especie de detectives que resuelven los casos que se les plantean sin moverse de su residencia. 

En realidad, este era uno de los tipos o formas que ya había preludiado el genial Edgar Allan Poe en su historia "El misterio de Marie Rôget", ya tratado en las páginas de este blog. En esa aventura, el analítico Dupin desvela el asunto sin moverse de su cuarto, guiándose tan solo por las especulaciones que realiza al leer los artículos de diversos periódicos parisinos. De igual modo, el viejo en el rincón desentraña los enigmas que le plantean sin moverse de su "rincón". Más adelante me referiré a otros célebres personajes de esta extraña estirpe de 'detectives inmóviles'.

La primera aparición del viejo en el rincón (The Old Man in the Corner) es de 1901, en la revista The Royal Magazine, en una serie de "Seis misterios de Londres", aunque la primera vez que vio la luz en forma de libro fue en 1909, en un volumen de breves historias policiales, entre las que destacan "La misteriosa muerte en Percy Street", "El crimen de Regent's Park" o "El misterio de Dublín", entre otros. 

Las historias son narradas por la señorita Polly Burton, una joven periodista, tal vez trasunto juvenil de la propia baronesa, que relata de forma amena y objetiva las asombrosas cualidades deductivas que el viejo en el rincón usa para desvelar los más intrincados misterios. 

No sabemos a ciencia cierta quién es este hombre tan agudo e inteligente. Tampoco se nos dice cómo se llama o a qué se dedicaba en su juventud. Lo que sabemos es que el viejo es un hombre que razona sin moverse, un hombre que es puro pensamiento desde la inmovilidad de su cuarto. Mientras se encuentra sentado en un sillón, tomando té con leche y tarta de queso, realiza los más sorprendentes ejercicios de análisis deductivo, llegando a desenmascarar a muchos criminales. 

Cabe decir que el viejo en el rincón sería la antítesis de todos aquellos detectives de acción, al estilo de la mejor novela negra, tales como Sam Spade, Philip Marlowe o Lew Archer, por citar a los más conocidos. El viejo no precisa de rocambolescas aventuras, de arriesgados números de circo ni de acrobacias con una pistola en ristre. Es un hombre ciertamente intelectual, como el Profesor Van Dusen, de Futrelle, pero más viejo. Su inmovilidad se debe, sin duda, a su vejez pero ese impedimento físico no le afecta para nada para el desarrollo de sus capacidades mentales.

Se ha escrito que el personaje de la Baronesa de Orczy es el primero de los detectives inmóviles o "de sillón" (armchair detectives, por decirlo en la forma inglesa) pero ya hemos visto que existía el conocido antecedente de Poe, aunque lo que en Dupin es cosa de una aventura, se constituye en rasgo permanente e indiscutible del viejo. Otros detectives "de sillón" serían el orondo bebedor de cerveza y cultivador de orquídeas, Nero Wolfe, de Rex Stout (a quien en un futuro le dedicaremos algunas entradas aquí) o el cachazudo Isidro Parodi, de Borges y Bioy Casares, que resuelve los enigmas desde su celda, en la que cumple condena por un delito que, encima, no cometió.

En suma, el "viejo en el rincón" es uno de los detectives más peculiares de la amplísima galería de personajes que el género nos ha dejado desde que comenzara oficialmente, con las narraciones detectivescas de Poe, de mediados del siglo XIX. 

El gran mérito de la Baronesa de Orczy fue dotar de consistencia, validez y amenidad a un tipo de detective que podría no haber durado más de un par de casos. Lo peor es que, dada la inmovilidad y estatismo del personaje, muchos de los crímenes quedan resueltos pero nadie se ocupa de atrapar al culpable, con lo que se infringe una regla básica de la narración policial: que la acción de la Justicia alcance a los malhechores.



Con todo, merece la pena que los lectores se acerquen a las historias del "viejo en el rincón". Sin duda, se divertirán. Las próximas entradas sobre novela policial estarán dedicadas (al fin) a las aventuras del Padre Brown, de nuestro querido y admirado Gilbert Keith Chesterton.

Que Dios os bendiga a todos y Nuestra Señora os proteja siempre. 

Hasta pronto, amigos.

miércoles 2 de noviembre de 2011

ORACIONES TRADICIONALES (15): EL NUNC DIMITTIS

Hacía mucho que no escribía una entrada de las oraciones tradicionales y ya era hora de hacerlo. Para bien o para mal (espero que sea para bien) este es un blog católico y no puede dejar de serlo. Lo contrario sería un absurdo, vistos los temas que trata. Por eso, de vez en cuando me gusta dejaros alguna reseña sobre oraciones tradicionales de la Iglesia. La mayoría las conocéis, pero otras tal vez os resulten nuevas, a pesar de existir desde hace siglos.

Hoy, Día de todos los fieles difuntos, y tras el Día de Todos los Santos, me parece conveniente escribiros sobre una de las oraciones más breves y hermosas de la liturgia cristiana. Se trata del Nunc dimittis (literalmente, Ahora, Señor, despides...), también conocido como "Canto de Simeón". 

Es una de las oraciones más antiguas de nuestra Iglesia: aparece en el Evangelio de San Lucas (Lc 2: 29-32), en griego. Es una oración que, a mi juicio, resulta adecuada para estos días. El título de "Nunc dimittis" procede de las palabras iniciales de este himno en la versión latina de la Vulgata.

Según nos cuentan, el Espíritu Santo le había prometido al devoto Simeón que no moriría sin haber visto al Salvador con sus propios ojos. 

Esta promesa se vio cumplida el día en que Nuestra Señora la Virgen y San José llevaron al Niño Jesús al Templo de Jerusalén para la ceremonia de consagración. El viejo Simeón vio al Niño, lo tomó entre sus brazos y, según la tradicion, cantó el himno que figura más abajo. 

Es una hermosa oración de gratitud, que se reza en la Liturgia de las Horas, y más concretamente en el oficio de Completas. 

Estoy seguro de que este "Canto de Simeón" os gustará mucho. Más de una vez, a mí me ha confortado rezarlo. Os dejo aquí la versión latina (el original está en griego) acompañado de una traducción castellana:

 
NUNC DIMITTIS (VERSIÓN LATINA)

Nunc dimittis servum tuum, Domine, 
secundum verbum tuum in pace:
Quia viderunt oculi mei salutare tuum
Quod parasti ante faciem omnium populorum: 
Lumen ad revelationem gentium, 
et gloriam plebis tuae Israel.



NUNC DIMITTIS -"AHORA, SEÑOR, SEGÚN TU PROMESA..."-
(VERSIÓN CASTELLANA)

Ahora, Señor, según tu promesa, 
puedes dejar a tu siervo irse en paz.
Porque mis ojos han visto a tu Salvador, 
a quien has presentado ante todos los pueblos:
luz para alumbrar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel. 









Que Dios os bendiga a todos y la Santísima Virgen os proteja siempre. Hasta pronto, amigos.

viernes 28 de octubre de 2011

GASTON LEROUX: EL MISTERIO DEL CUARTO AMARILLO

Una de las novelas policiales más sorprendentes que se han escrito es, sin duda, El misterio del cuarto amarillo, del autor francés Gaston Leroux (1868-1927). Leroux es también el creador de la famosa novela El fantasma de la Ópera (1910) que, si bien no cabe considerarla como novela policial, presenta un relato de misterio con tintes casi policiacos.

Gaston Leroux, aunque también era abogado y cronista judicial, dedicó casi toda su vida al periodismo y a la escritura de novelas, siendo algunas de las más célebres las que tienen como protagonista a su más famoso personaje, el detective Joseph Rouletabille, el cual aparece en ocho novelas, la más importante de las cuales es precisamente El misterio del cuarto amarillo, la primera de la serie de "Rouletabille".

El misterio del cuarto amarillo (Le Mystère de la Chambre Jaune) fue publicada en 1907 y presenta aquello que se denomina "problema del recinto cerrado" o "misterio del cuarto cerrado", es decir, que se halla a un muerto por asesinato en una habitación en la que parece imposible que un asesino haya entrado o salido. Antecedentes de este tipo de problema de la novela policial los hallamos en el famoso relato de Edgar Allan Poe, Los crímenes de la Rue Morgue, o en la novela de Israel Zangwill, El misterio de Big Bow, ya tratados en las páginas de este blog.

En la novela de Leroux, la joven Mathilde Stangerson es atacada por un misterioso asaltante en el cuarto donde ella duerme, que es el cuarto amarillo. El padre del Mathilde, el científico Stangerson, y el mayordomo, el tío Jacques, tras oír unos disparos, acuden al cuarto amarillo ante las insistentes llamadas de socorro de Mathilde. 

La encuentran sangrando, el cuarto revuelto y de su misterioso agresor solo queda la pistola, que luego se descubre que pertenecía al tío Jacques. Las ventanas y la puerta estaban cerradas por dentro con lo que nadie sabe cómo pudo el asesino entrar o salir del cuarto amarillo.

Ante lo irresoluble de aquel misterio, la Policía contrata los servicios del famoso detective inglés, Frederic Larsan, en tanto que el señor Stangerson contrata al joven detective Joseph Rouletabille, quien resolverá finalmente el caso, a pesar de lo sorprendente de su solución. 

Para conseguirlo, el joven y aventurero periodista Joseph Rouletabille incluso tendrá que viajar a América, además de hacer múltiples pesquisas. En el juicio del caso se acusa a Robert Darzac, el prometido de Mathilde, pero Rouletabille demuestra que Darzac no fue el responsable de la agresión.

El final de la novela resulta sorprendente y no defraudará a nadie que se acerque a ella. Como siempre, los lectores me perdonarán que no descubra la solución que encierran las páginas de esta novela, para que pueda ser disfrutada con la emoción que merece. La novela de El misterio del cuarto amarillo ha sido adaptada al cine en varias ocasiones, desde la primera versión, que se hizo en 1919, hasta una muy reciente, de 2003. 

Rouletabille, con su aire de eterno adolescente, su carácter aventurero y su perspicacia e ingenio, representa muy bien el tipo de detective amateur que nace con el Dupin de Poe y llega hasta nuestros días. Rouletabille aparece en otras aventuras debidas a la pluma de Leroux: El perfume de la dama de negro (1909, con las consecuencias del misterio del cuarto amarillo); Rouletabille con el Zar (1912); La extraña boda de Rouletabille (1914); El castillo negro (1914); Rouletabille con Krupp (1917); El crimen de Rouletabille (1921) y Rouletabille en Bohemia (1922).

Estoy convencido de que esta novela os gustará mucho y os sorprenderá por su argumento y por la resolución final. Leroux es uno de los pioneros de la novela policial, uno de los mejores autores franceses del género y esta, su obra maestra, que bien merece una lectura, puesto que se trata de uno de los clásicos del género.

Que Dios os bendiga a todos y Nuestra Señora os proteja siempre. Hasta pronto, amigos.