viernes, 12 de octubre de 2012

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Sin vida

Siento como si me hubieran arrebatado la vida, aunque siga viviendo. Siento que el destino ha decidido de improviso robarme esa recompensa que me merecía tras años de infames luchas, en las que me pegado contra todo, pese a que me dijeran que no buscaba sino quimeras y que los sueños eran sólo momentos de evasión en los que uno se refugiaba cuando la realidad golpeaba con saña, cuando ya no se soportaba más dolor. {...}

martes, 9 de octubre de 2012

LA BALADA DEL CABALLO BLANCO (1)

Se cumple más de un siglo desde que nuestro admirado Gilbert Keith Chesterton compusiera, en 1911, su célebre The Ballad of the White Horse (La balada del caballo blanco), un largo y bellísimo poema, cuyo tema principal es la victoria del rey Alfredo el Grande en la batalla de Ethandun. Ese es el tema principal pero, en hombre de tanta cultura y tantos intereses como fue Chesterton, reducir ese poema a tan poco sería un error. En los versos de esta bella y extensa balada, podemos encontrar muchos otros asuntos, temas que el autor inglés toca con soberbia maestría y que, en esta leve y sucinta entrada, nos gustaría compartir con vosotros. Podéis hallar datos esenciales de este poema en la siempre socorrida Wikipedia.

El poema, según parece, no ha sido nunca traducido al castellano. Sí he encontrado traducida la dedicatoria, en la estupenda página de Escritores católicos, a cuya entrada sobre "La balada del caballo blanco" os remito. En la dedicatoria, como suele ser habitual en algunos poemas de Gilbert K. Chesterton, comienza situando su obra en un clima en el que se resaltan los contrastes entre la luz y la sombra, entre el caos y el orden, entre el fuego y la tiniebla. Una nube arcaica y una inmensa cara que se vuelve hacia la noche, como metáforas de quién sabe qué pensamientos, pues sorprende la capacidad chestertoniana de crear metáforas de gran poder evocador:

          Of great limbs gone to chaos,
          A great face turned to night--
          Why bend above a shapeless shroud
          Seeking in such archaic cloud
          Sight of strong lords and light?
 
Nótese el uso de la aliteración, propio de la poesía inglesa.
 
En ese contraste de luces y sombras, enseguida se crea el ambiente épico, con un recuerdo
tal vez shakespeariano, con ese enterrador junto a la tumba de siete ingleses que aparecen 
en los versos siguientes de la dedicatoria. Hay luego una referencia al 'dragón de oro' y a un 
tiempo que no es el nuestro, pero al que le debemos lo que somos. Y es en la quinta estrofa 
donde se menciona por primera vez al rey Alfredo: "la Inglaterra de ese amanecer pervive /
y este asunto de Alfredo y el danés / parece como un cuento que todo el pueblo finge / 
demasiado inglés para ser verdad".
 
Esa atmósfera de cuento de hadas, entre la realidad y la leyenda, atmósfera tan querida 
y tan bien compuesta en las ficciones de Chesterton, encuentra en estos versos un buen 
ejemplo de cómo mezclar la Historia y la Fantasía. El poder evocador de los versos 
chestertonianos queda cifrado en las plásticas y pictóricas descripciones de esta 
dedicatoria. Hay auténtica épica en estos versos, recuerdos bíblicos y citas de la épica 
inglesa, con la inevitable referencia al cantar de Beowulf, tan destacado ejemplo de la 
lírica y la épica de la poesía inglesa o anglosajona, por mejor decir.
 
En la estrofa 11, que en inglés dice así
 
          Do you remember when we went
          Under a dragon moon,
          And 'mid volcanic tints of night
          Walked where they fought the unknown fight
          And saw black trees on the battle-height,
          Black thorn on Ethandune?

con nuevos ejemplos de hermosas aliteraciones, y extraña referencia a una luna draconiana 
y al tinte volcánico de la noche, el poeta introduce a sus lectores en la acción, algo muy del 
gusto de Chesterton, entre árboles negros y la negrura de la batalla de Ethandun. Somos 
nosotros los que caminamos en esa batalla ("when we went..."). 
 
Hay casi al final de esta dedicatoria unos versos que han llamado mi atención, por la belleza 
de la forma y la hondura de su sentido. Dicen así:
  
         And I thought, "I will go with you,
          As man with God has gone,
          And wander with a wandering star,
          The wandering heart of things that are,
          The fiery cross of love and war
          That like yourself, goes on."

          O go you onward; where you are
          Shall honour and laughter be,
          Past purpled forest and pearled foam,
          God's winged pavilion free to roam,
          Your face, that is a wandering home,
          A flying home for me.
 
Que en una apresurada traducción podrían quedar de esta manera:
 
Y yo pensé: 'Iré contigo, como el hombre que fue con Dios, y vagaré como estrella errante, 
vagabundo mi corazón irá contigo, la fogosa estrella de la guerra y el amor, que como tú 
mismo, marcha adelante. Oh, avanza, avanza, donde tú estás habrán de estar el honor y 
la sonrisa, pasados la púrpura foresta y la perlada espuma, libres para seguir el alado 
camino de Dios, tu rostro, que es una casa errante, como un hogar volante para mí...' 

En próximas entradas seguiremos disfrutando de este bello y magnífico poema de 
Chesterton, del que, por ahora, solo quise ofreceros unas apreciaciones superficiales y 
lo más sencillas y escuetas que pude.


Que Dios os bendiga siempre y la Santísima Virgen os guarde de todo mal. 
Hasta pronto, amigos

domingo, 30 de septiembre de 2012

CHISPAZOS OTOÑALES

Ya tenemos encima el otoño. Las estaciones se suceden en su devenir de siglos, a pesar de cambios climáticos y de apocalipsis mayas. El otoño es tiempo de meditación, de lluvias, de colores ocres y de melancolías. El otoño suele ser propicio al amor, o al menos no resulta menos adecuado para el amor que cualquiera de las otras estaciones. En otoño va feneciendo el año y se preludia lo que podrá o no depararnos el año venidero. Pero antes de que 2012 termine y antes de que haya o no otro fin del mundo, repasemos algunas noticias de estas últimas semanas...

RESCATEMOS AL GOBIERNO

Se habla mucho de rescatar a España. La economía está hecha un desastre, eso no hay quien lo niegue pero ¿estaremos mejor si finalmente nos rescatan? En mi modesta opinión, a quien hay que rescatar es al gobierno de la nación, que se debate entre el síndrome de 'la tijera salvaje' y el del pasotismo contemporizador. Rajoy no ha podido empezar peor. Esperemos que termine mejor de lo que ha comenzado su mandato. Ya no vale la excusa de la herencia. Ahora toca trabajar, dar ejemplo de compromiso con España y dejar de escurrir el bulto. ¡Nos va en ello el futuro de nuestro país, Mariano...!

MAS CADA DÍA QUIERE MÁS

No es la primera vez que dedicamos un chispazo al sr. Artur Mas. Al ganar CiU las elecciones pensamos que se acabaría con los desmanes del llamado 'tripartito' pero nada de eso ha sucedido. Mas ha llevado el disparate nacionalista y catalanista hasta el límite extremo, próximo a la ruptura con España. ¿Órdago bravucón para conseguir MÁS dinero o amenaza real de secesión frente a la España constitucional? El gobierno ni debe ni puede tolerar ese envite. Nada de referendo, ni de declaración unilateral ni de consulta soberanista. España no se entiende sin Cataluña y Cataluña no se entiende sin España, aunque algunos no lo entiendan.

LA DISTRIBUCIÓN DE LA POBREZA

Los gobiernos de los países del mundo, sean desarrollados o no, parecen decididos a generalizar la pobreza, en lugar de redistribuir las riquezas. Es tópico decir que en el mundo actual cada vez los ricos son más ricos y los pobres, más pobres. No por tópico deja de ser cierto. Conviene que propiciemos un cambio en las estructuras políticas de eso que llamamos 'democracia occidental', para convertirla en un auténtico estado de gobierno del pueblo, para el pueblo y con el pueblo, sin caer en populismos, claro. La tiranía vive hoy disfrazada de falsa democracia. Algo debemos hacer entre todos para evitar que ese sistema embustero, corrupto y explotador perdure. Qué ejemplo el de Cáritas en España, ayudando a los pobres y a los más afectados por la crisis... 

PROGRESISMO Y PURITANISMO

El chispazo chestertoniano viene del diario digital Hispanidad, donde don Eulogio López escribe un sensato y bien razonado artículo al hilo de las manías progres y puritanas del actual activismo liberticida y de pensamiento único. Lo políticamente correcto nos invade, cambia nuestra personalidad, nos censura sin motivo y algunos ni nos dejan vivir, ni beber ni fumar ni comer ni nada de nada. El autor concluye con razón que tanto el progresismo como el puritanismo son enemigos del verdadero cristianismo. Léanlo, amigos. Les gustará. 

Como siempre, os deseo lo mejor. Que paséis un feliz mes de octubre y que el otoño os depare muchas felicidades, sean grandes o pequeñas. Cuidaos, que Dios os bendiga y hasta muy pronto.

sábado, 15 de septiembre de 2012

GILBERT K. CHESTERTON: EL CANDOR DEL PADRE BROWN (y 4)

En primer lugar, debo disculparme formalmente ante todos vosotros, queridos amigos, por haber tenido abandonadas estas páginas durante más de cinco meses, cosa que no me había sucedido nunca desde que emprendí la maravillosa aventura de abrir un blog. No ha sido por gusto o capricho, sino pura y sencillamente por motivos de trabajo, que este año me ha mantenido más ocupado de lo que habría sido mi deseo. 

En segundo lugar, me veo en la obligación de agradecer a varias personas el detalle que han tenido de enviarme mensajes para interesarse por mí y por las razones de esta ausencia impremeditada. A todos ellos, pocos o muchos, seguidores y amigos, mil gracias por gestos tan amables, con bendiciones chestertonianas. 

En fin, ya podemos retomar juntos el rumbo del blog, justo en el punto donde lo habíamos dejado. Faltaba una entrada para completar nuestra leve pero admirativa visita al universo de El candor del Padre Brown, de Gilbert Keith Chesterton. Vamos, pues, si os parece a dedicarla, como aquí quedó prometido, a tratar sobre el estilo del autor, sobre la creación de sus personajes y otros temas diversos al hilo de esta simpática y maravillosa obra de ficción. 

Empecemos, si os parece, con los personajes principales de esas entrañables historias policiales. A lo largo de los sucesivos relatos, la visión que el propio Chesterton nos ofrece sobre su personaje no puede ser más peyorativa. No es que lo odiase, como le pasaba a Sir Arthur Conan Doyle con su Sherlock Holmes, pero es bien cierto que a veces retrata al Padre Brown en unos términos bastante despectivos. 

En el primer cuento, el de "La cruz azul", pongamos por caso, se lee: "Tenía una cara redonda y obtusa, como un pastel de Norfolk, y sus ojos estaban tan vacíos como el mar del Norte. Llevaba varios paquetes envueltos en papel de estraza que era totalmente incapaz de manejar". Y más adelante, en esa misma historia: "Valentin había logrado averiguar que [...] el Padre Brown, sin duda, era el propio y diminuto paleto que venía en el tren". O en "El hombre invisible", donde se le califica como "el insignificante Padre Brown..." 

Esa suerte de desprecio hacia al curita refleja, en realidad, el odio que le dispensan los demás personajes, más que el autor, y es una de las constantes que se repiten no solo en esta primera y más conocida colección de relatos, sino en todas las de la serie del cura detective. La caracterización que de él nos ofrece el autor revela, por un lado, su descuido, su olvido en la etiqueta y su suciedad, pero también sus altas dotes intuitivas y su profundo conocimiento del alma humana.

En efecto, para ser justos, conviene señalar que Chesterton no solo destaca los defectos o el descuido en el vestir de su criatura de ficción. En algunas ocasiones, también alaba sus dotes de investigador, como leemos en "Los pecados del Príncipe Saradine": "Aunque el Padre Brown era de suyo silencioso, era también un hombrecillo de lo más simpático [...] Poseía la treta del silencio amistoso que es tan indispensable para provocar que le cuenten a uno cosas". De hecho, tal vez sea ese el contraste que quiere dejarnos Chesterton al escribir sobre su personaje: descuidado y desarreglado en su apariencia externa, pero sumamente intuitivo, lógico y ordenado en su interior, en su moral y en su corazón.

Mientras el Padre Brown aparece caracterizado como un hombre menudo, diminuto, tímido y desaseado, pero muy humano, campechano y agudo, el gigantesco Flambeau se nos muestra como su antítesis: siempre bien vestido, alto, caballeroso y todo corazón, aunque mucho más cándido e ingenuo que el curita, quien se las sabe todas sobre el mal y las argucias de los malvados. El cura sabe más del mal que el propio criminal, lo que constituye la base de todas estas historias. Flambeau, por su tremenda fuerza, caballerosidad y bonhomía sin límite, es el escudero perfecto del Padre Brown, y la prueba palpable de que al curita, a diferencia de otros detectives de ficción, no le interesa tanto detener al criminal como salvar su alma. Flambeau pasa de ladrón de guante blanco a detective en el curso de estos relatos y, en su evolución, reside uno de los éxitos de este libro. Se lee con mucho interés cómo el inconmovible gigante del crimen termina cayendo en las redes del curita de Essex y acaba como detective amateur.

La tercera figura de interés en estas historias, más allá de otros personajes de cierto relieve, es la del superdetective Aristide Valentin, en quien puede esconderse la crítica chestertoniana hacia los detectives anteriores. El francés Valentin puede verse como el prototipo de investigador que había dominado la narrativa de la época. Tiene mucho de los detectives franceses de principios de siglo, y un algo de Holmes 'a la francesa', aunque Chesterton admiraba las historias de Conan Doyle y, sin duda, con él pudo pretender una crítica al detective sobrehumano, a ese superhombre que tanto detestaba, frío, calculador y que, en el fondo, está más cerca del delito que muchos de los criminales que aparecen en este tipo de literatura. De hecho, al final de la segunda historia, "El jardín secreto", se puede leer: "[En su cara lívida] ...había un orgullo mayor que el de Catón".

Yendo al estilo de Chesterton, se puede afirmar, sin temor a ser exagerados, que es el escritor que, en mi opinión, ha sabido dar mejores y más efectivos toques literarios a sus historias policiales. Otros tendrán el honor de idear los argumentos más ingeniosos, las historias más truculentas o sorprendentes, las más emocionantes o adictivas. Creo que Chesterton es quien mejor y más literariamente ha sabido escribir misterios policiales. De hecho, Jorge Luis Borges le lanzó un piropo que sigue siendo cierto, al decir que la novela y el cuento policial podrían pasar de moda, pero que las ficciones de Chesterton seguirían leyéndose siempre. Y eso es por su altísima calidad literaria.

Veamos algunos ejemplos del estilo literario de Chesterton, siquiera sea a vuelapluma. Aparte de las citas y menciones literarias a otros autores y obras que salpican cada relato, cabe señalar el intenso poder descriptivo del autor, su uso audaz de las metáforas y su pictórica y plástica forma de retratar tanto a los personajes de la trama como a los lugares y ambientes que describe. 

Así, en la sombría historia de "La honradez de Israel Gow", leemos: "Aquella cascada de techos inclinados y cúspides de pizarra verde mar [...] hacía pensar a un inglés en los sombreros en forma de campanarios que usaban las brujas de los cuentos de hadas. Y el bosque de pinos que se balanceaba en torno a sus verdes torreones parecía, por comparación, tan oscuro como una bandada innumerable de cuervos". 

También en la edición de este libro de la editorial Anaya, en una de las notas de Emilio Pascual al hermoso cuento de "La muestra de la espada rota", se lee: "La luna, que en El jardín secreto era "dura", una "cimitarra" que rasgaba y deshacía; que en Las estrellas errantes, "sobre el cielo de zafiro" [...] era "de plata"; que en Los pecados del Príncipe Saradine [...] era "de limón" y "oro pálido", aquí [...] es "de hielo", "bola de nieve", y a su fulgor se "refrescan" los recuerdos". Es innegable la maestría de Chesterton en la construcción de las descripciones de cada elemento que articula sus historias. En todos ellos supo poner su talento como pintor al servicio de cada narración.

En una idea que recoge en parte lo expresado por Thomas De Quincey en su célebre Del asesinato considerado como una de las bellas artes, Chesterton nos asegura que "el criminal es el artista creador; el detective es solo el crítico". De igual modo, podemos imaginar al autor como el sagaz y literario compilador de esas críticas a los artísticos bocetos criminales que aparecen en estas narraciones. En fin, podríamos seguir acumulando detalles de su admirable destreza narrativa, pero tampoco es cuestión de agotar el tema. Es preferible que el lector los descubra por sí mismo, aunque no dudo en que nos dará la razón en lo que a este punto se refiere. 

Antes de finalizar, consignaremos algunas de las opiniones de otros autores y críticos literarios que inspiraron estos magníficos relatos de Chesterton. Por supuesto, no están todas, ni se aspira a ello, pero sí he recogido algunas que me parecen relevantes o de interés, por distintas razones.

Así, el célebre crítico y escritor inglés Julian Symons, autor él mismo de algunas novelas policiacas, dejó escrito en su Historia del relato policial (1982) que "para Chesterton, el escritor de novelas detectivescas debería ser considerado como el poeta de la ciudad, mientras que el detective sería como un protagonista romántico, el protector de la civilización". Symons concluye: "Una lectura de Chesterton avala aquella verdad según la cual las mejores historias detectivescas están escritas por mano de artistas, no de artesanos". 

Por otra parte, el profesor Alberto del Monte asevera que "crimen y misterio son para él efectos de la acción diabólica: resolver un enigma significa restituir al mundo, trastornado por el demonio, el orden primero en el que se refleja la paz de Dios".

Y Jorge Luis Borges, en su Introducción a la Literatura inglesa (1965), escrita en colaboración con María Esther Vázquez, tras afirmar el singular hecho de que "hubiera podido ser un Edgar Allan Poe o un Kafka; prefirió -debemos agradecérselo- ser Chesterton", señala su admiración por la amable narrativa chestertoniana y asegura que "su obra más famosa la constituyen los cuentos del Padre Brown. Cada uno de ellos sugiere un hecho fantástico, que luego se resuelve racionalmente".  

Y en otro lugar, el propio Borges escribe: "Cada una de las piezas de la saga del Padre Brown presenta un misterio, propone explicaciones de tipo demoníaco o mágico y las remplaza, al fin, con otras que son de este mundo. La maestría no agota la virtud de esas breves ficciones".

Podríamos acumular muchas más opiniones sobre el autor y su obra, pero insisto en que no es conveniente agotar al lector con ellas. Bastante ha hecho si ha llegado hasta este punto. En mi caso, baste decir que admiro profundamente todas estas historias, aunque si hubiera de quedarme con las tres que más me asombran y me deleitan, elegiría estas: "La honradez de Israel Gow", "El ojo de Apolo" y "La muestra de la espada rota". Siendo todas maravillosas, creo que estas tres ejemplifican singularmente la inspiración poética de su autor, su talento literario, su ingenio en la construcción de ficciones y su poder evocador y plástico.

Espero que el lector que tenga la fortuna de no haberlas leído aún, se acerque a ellas y las disfrute. Estoy seguro de que no le defraudarán. Al contrario, es muy probable que sienta el deseo de leer otras escritas por Chesterton, y de las que trataremos aquí, si Dios quiere, en un futuro.

Hasta ese momento, que Dios os bendiga a todos y Nuestra Señora os proteja siempre y en todo lugar. 

Hasta pronto. Que seáis felices, amigos.

miércoles, 4 de abril de 2012

ORACIONES TRADICIONALES (16): EL REGINA COELI

Hace tanto tiempo que no actualizo el blog que casi se me había olvidado cómo se entraba a la página. Siento no haber podido estar con vosotros. Me consta que algunos amigos han requerido la actualización, pero mi trabajo oficial y otras varias ocupaciones me han tenido apartado de esta página. Hoy regreso a ella para, aprovechando la Semana Santa, dejar una nueva entrega de las "oraciones tradicionales".

En este caso se trata del Regina Coeli, o Regina Caeli, que también se dice así. La oración "Reina del Cielo" se refiere, evidentemente, a María y se reza a modo de felicitación a Nuestra Señora por la Resurrección de su Hijo. Es, por tanto, una oración perfecta para este tiempo pascual. Parece que esta oración data del siglo XII y, pese a que desconocemos su autor, se ha atribuido con frecuencia a San Gregorio Magno. La tradición dice que él escuchó los primeros versos de este canto de voces de los propios ángeles y luego él lo completó, con un verso más.

Como siempre, os ofrezco aquí el texto original latino y la versión castellana, con un vídeo donde se canta la oración. Espero que os guste. Sin más, os deseo una feliz Semana Santa, llena de fe y de bendiciones para todos vosotros. Que la vivamos con intensidad. Que Dios os bendiga y Nuestra Señora os proteja siempre. Hasta pronto, amigos.

REGINA COELI (Original latino)

V/
Regina caeli, laetare, alleluia.
R/
Quia quem meruisti portare, alleluia.
V/
Resurrexit, sicut dixit, alleluia.
R/
Ora pro nobis Deum, alleluia.
V/
Gaude et laetare Virgo María, alleluia.
R/
Quia surrexit Dominus vere, alleluia.
V/
Oremus:
Deus, qui per resurrectionem Filii tui, Domini nostri Iesu Christi, mundum laetificare dignatus es: praesta, quaesumus; ut, per eius Genetricem Virginem Mariam, perpetuae capiamus gaudia vitae. Per eundem Christum Dominum nostrum. Amen.


REGINA COELI (Versión castellana)

V/
Alégrate, reina del cielo, aleluya.
R/
Porque el que mereciste llevar en tu seno; aleluya.
V/
Ha resucitado, según predijo; aleluya.
R/
Ruega por nosotros a Dios; aleluya.
V/
Gózate y alégrate, Virgen María; aleluya.
R/
Porque ha resucitado verdaderamente el Señor; aleluya.
V/
Oremos.
Oh Dios, que por la resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, te has dignado dar la alegría al mundo, concédenos que por su Madre, la Virgen María, alcancemos el goce de la vida eterna. Por el mismo Cristo Nuestro Señor. Amén.



lunes, 6 de febrero de 2012

GILBERT K. CHESTERTON: EL CANDOR DEL PADRE BROWN (3)

Proseguimos nuestro viaje al universo del Padre Brown, de la mano de Chesterton. En esta nueva entrega nos ocuparemos de los otros seis relatos que componen El candor del Padre Brown. La última entrada la reservaremos para tratar sobre el estilo del autor, las opiniones acerca del personaje y otros asuntos variados. Lo cierto es que no me cansaría de hablar de este personaje, pues creo que resulta uno de los detectives más originales de toda la narrativa policial.

El séptimo relato es "La forma equívoca" (The Wrong Shape) y en él asistimos a una nueva aventura de Flambeau y el curita de cara de luna. En esta ocasión encontramos a los dos detectives aficionados en la casa del estrafalario poeta y novelista Leonard Quinton, quien aparece asesinado en su habitación, junto a una nota enigmática en la que se puede leer estas lúgubres palabras: "Muero por mi propia mano pero muero asesinado".

En la casa de Quinton solamente están su mujer, un extraño y siniestro criado indio y el Dr. Erskine Harris. ¿Quién habrá asesinado al poeta y por qué? ¿O tal vez se suicidó, como parecía sugerir la nota dejada en su lecho de muerte? Esta aventura rezuma ingenio y demuestra que las formas, sean las de un pequeño papel recortado o sean las de la conducta humana, pueden resultar muy equívocas. 

La maestría de Chesterton estriba en que no se ocupa de dejarnos claras las pistas que conducen al asesino, sino en dejarnos clara la psicología del criminal y sus motivos. Al leer sus cuentos no importa tanto averiguar al autor del hecho como comprender qué le ha motivado a obrar fuera del camino del bien y de la rectitud.

En la octava historia, "Los pecados del príncipe Saradine" (The Sins of Prince Saradine), asistimos a una atmósfera de cuento de hadas, algo que era muy querido por el autor de estas aventuras. De nuevo encontramos a Flambeau y al Padre Brown, esta vez embarcados en un bote, para tomar unos días de asueto cuando, de pronto, surge lo inesperado. Arriban a la Isla Roja y llegan a la Casa Roja, en Norfolk, que es donde reside el príncipe Saradine, que amablemente ha invitado a Flambeau.

Flambeau y Brown asisten a un peculiar duelo entre Stephen Saradine, capitán y príncipe de Saradine, y un tal Antonelli, que desea vengarse del príncipe porque este había asesinado a su padre y robado a su madre. En la Casa Roja, donde viven también Mistress Anthony y Paul, el mayordomo de los hermanos Saradine, tiene lugar el duelo a muerte. Fallece el joven Stephen Saradine y todo podría haber quedado en un simple crimen pasional, en una venganza vulgar de no ser porque el Padre Brown advierte que hay ago más detrás de la oscura historia de los hermanos Saradine.

El lector tendrá que leer esta narración para llegar a saber a qué nos referimos. Baste decir que todo se basa en una sutil estratagema, tan fina como la estocada del más fino esgrimista. La atmósfera de cuento de hadas termina siendo atrozmente desvanecida por las revelaciones del sacerdote, que acaba huyendo despavorido de la isla, junto con su inseparable amigo Flambeau.

En la novena narración, "El martillo de Dios" (The Hammer of God), encontramos al bueno del Padre Brown -esta vez sin Flambeau- en el pueblecito de Bohun Beacon, donde el coronel Norman Bohun aparece asesinado. Alguien le acaba de asestar un formidable martillazo en la cabeza. Todos sospechan de Barnes, el herrero; e incluso sospechan de un tal John, el loco del pueblo. El Padre Brown logra demostrar que ni uno ni otro pudieron cometer el crimen.

En esta historia queda claro que las apariencias engañan y que las personas no son tan transparentes como parecen a simple vista. Hay personas llenas de respetabilidad y de honorabilidad que ocultan instintos asesinos; otras, en cambio, de aspecto más rudo (el herrero) o más lunático (el tonto del pueblo) son tan inocentes como las amapolas del campo.

En esta historia el Padre Brown revela su astucia, no solo al adivinar el nombre del autor del crimen, sino al tratar de que el culpable lo confiese. El asesino pregunta: "¿Cómo sabe usted todo eso? ¿Es usted el diablo?", a lo que el Padre Brown responde: "Soy un hombre; en consecuencia, todos los diablos residen en mi corazón". Una muestra perfecta de a enorme capacidad del curita para resolver crímenes: los averigua porque conoce el corazón humano.

En la décima aventura, titulada "El ojo de Apolo" (The Eye of Apollo), el sacerdote visita las oficinas que Flambeau posee en Westminster. Allí conoce al impresionante Kalón, el jefe de una nueva secta religiosa de adoradores del dios Sol, el cual parece haber embaucado a las hermanas Pauline y Joan Stacey para que le entreguen dinero a fin de sufragar el nuevo credo.

La joven Pauline Stacey aparece muerta en el hueco del ascensor. Todos sospechan de Kalón pero he aquí que cuando la joven cayó por el hueco el profeta de la fe solar se encontraba en el balcón, saludando al dios Sol y, por tanto, no pudo cometer el crimen, como puede atestiguar cualquiera que le viese desde la calle. En este relato el Padre Brown parece que va a ser vencido por el poderoso enemigo representado en Kalón y, sin embargo, logra salir airoso y triunfante de esta aventura.

Es esta una de las mejores narraciones del libro, en la que no importa tanto saber quién o cómo cometió el crimen, sino darse cuenta de hasta qué punto hay maldad en la mente humana como para engañar a un ser bondadoso como la pobre Pauline Stacey y ser capaz de ocultarlo. El relato encierra instantes preciosos, como el alegato de defensa de Kalón y la resolución del caso, por parte del curita, gracias a que advierte que la clave de todo estaba en los ojos de la difunta Pauline Stacey.
La undécima narración, "La muestra de la espada rota" (The Sign of the Broken Sword), es una de las obras maestras no ya solo de esta colección de cuentos sino de toda la narrativa chestertoniana. No en vano, inspiró a Jorge Luis Borges su célebre relato del "Tema del traidor y del héroe". En esta ocasión, el Padre Brown y Flambeau andan vagabundeando en busca de una palabra, una palabra que aclare el misterio de la muerte del general Sir Arthur Saint Clare y de sus compañeros de armas, en especial del capitán Keith, del coronel Clancy y otros. 
Saint Clare había muerto en batalla de forma heroica pero quedaba dudas respecto a su muerte y a la de los otros soldados. El Padre Brown se erige aquí, por primera vez, en narrador de la historia y lo que cuenta, la verdad que descubre, desalentaría a cualquiera que confiase en las palabras 'honor' y 'heroísmo'. Flambeau asisste intrigado a las pesquisas del sacerdote y no acierta a comprender toda a historia hasta la revelación final.
En este cuento se sugiere la idea de que el Padre Brown y Flambeau deambulan por el infierno como si se tratase de Dante y Virgilio, recorriendo el noveno círculo, el de los traidores. Precisamente en la traición está la clave de toda la historia. En la traición y en la falsa imagen que a veces nos creamos acerca de todos aquellos que consideramos héroes cuando no son otra cosa que traidores disfrazados de héroes.

La narración duodécima, "Los tres instrumentos de la muerte" (The Three Tools of Death), que cierra el volumen y pone el broche de oro a la colección de cuentos, plantea un singular enigma. En la casa de Sir Aaron Armstrong, el jovial filántropo y optimista consumado asistimos al drama de la muerte del propio Armstrong y a la tristeza que eso crea en su familia. Aparecen varios personajes sospechosos, como Magnus, el criado, o el joven Patrick Royce... 

La policía está desconcertada. Nadie se explica cómo o por qué alguien ha podido asesinar a un viejecito tan adorable, a un hombre tan alegre y encantador. Nadie se lo explica, excepto el Padre Brown, que descubre la verdad sobre Sir Aaron y sobre su familia, desvelando que aquellos en ciertas ocasiones quienes más parecen afanarse en el bien común ocultan una doble personalidad, triste y mezquina.

Estas son las doce historias que componen El candor del Padre Brown, a cual más bella, sutil, ingeniosa y artística. El agudo lector ya habrá advertido que algunas de ellas me gustan más que otras pero todas me parecen meritorias, muy bien escritas y llenas de temas, personajes e incidentes de indudable interés. Son ya clásicos de la narrativa breve de corte policial y, como tales, pueden leerse una y cien veces y seguir pareciéndonos maravillosas.

Que Dios os bendiga a todos y Nuestra Señora os proteja siempre y en todo lugar. 

Hasta la próxima entrada. Cuidaos mucho, amigos.

jueves, 19 de enero de 2012

GILBERT K. CHESTERTON: EL CANDOR DEL PADRE BROWN (2)

Continuamos nuestro leve viaje al mundo del Padre Brown, en concreto a su primera (y posiblemente más brillante) remesa de aventuras. En esta ocasión, nos centraremos en las seis primeras historias que componen El candor del Padre Brown y dejaremos para una tercera entrada las seis restantes, así como para una cuarta y final nuestra valoración crítica sobre el libro y el personaje creado por Chesterton

Este libro se compone de doce historias, a cual más aguda, ingeniosa, humorística y sutil. No hace falta que diga que a mí me encantan las doce, aunque sienta especial preferencia por tres o cuatro de ellas. Dejaré para una próxima entrada el apunte razonado acerca de los relatos que más me gustan y vamos, pues, con la breve reseña de las seis iniciales. 

La primera de todas, que abre el libro y fue el primer relato que Gilbert K. Chesterton escribió con el Padre Brown como protagonista, se llama "La cruz azul" (The Blue Cross) y en ella aparece también por vez primera el personaje de Flambeau, el gigantesco francés, ladrón de guante blanco, el cual caerá en las redes del Padre Brown y, con el correr del tiempo, dejará de ser ladrón para convertirse en detective privado y fiel compañero de aventuras del curita inglés. En esta primera y entrañable historia, la narración se centra al principio en el superpolicía Aristide Valentin, que llega a Inglaterra, donde se celebra un Congreso Eucarístico, para proceder a la captura de Flambeau, el sensacional ladrón que ha atemorizado y asombrado a media Europa con sus hazañas. 

La descripción de la persecución a la que Valentin somete a dos sacerdotes, uno de ellos sospechoso de ser Flambeau, un maestro del disfraz, está trufada de ingenio, humorismo y encanto. Pero no es Valentin quien desenmascara al coloso Flambeau, sino el pequeño y en apariencia anodino curita que le acompaña: el Padre Brown, quien custodia un valioso objeto sacro -la cruz azul-, que Flambeau, amante del arte, codicia. 

El Padre Brown logra engañar al experimentado criminal con su astucia y su hondo conocimiento del mal y del alma humana. Ante el asombro de Flambeau, el sacerdote conoce las más horrendas formas del crimen y, tras poner a buen recaudo la preciada reliquia, a salvo de las garras de Flambeau ("siempre hay que salvar la cruz", dirá el curita en el relato), confiesa cómo ha sido capaz de descubrir al impostor: "Atacó usted a la razón; y eso es de mala teología". Chesterton demuestra estar influido por el neotomismo que entonces estaba de moda en algunas universidades inglesas.

El final del cuento representa, como ya señalé, una suerte de alegoría en que el sacerdote es Cristo entre los dos ladrones: el buen ladrón (Flambeau) y el mal ladrón (Valentin). Para entenderla, el lector deberá acudir al propio relato y al siguiente, en que se explica por qué Valentin representa al mal ladrón. Un relato delicioso, lleno de suave humorismo y belleza literaria.

La siguiente aventura se llama "El jardín secreto" (The Secret Garden) y en ella encontramos el primer cadáver al que tendrá que enfrentarse el Padre Brown. Reaparece aquí el personaje del detective oficial, Valentin, quien ha invitado a su casa de París a varias personalidades, entre ellas al millonario estadounidense Julius K. Brayne. No sabemos bien cómo pero el Padre Brown se halla en París, también entre los invitados a la casa de Valentin. 

El hecho de que el curita de Essex aparezca en los lugares más insospechados, allá donde se comete un crimen, aunque a veces en relación con su ministerio sacerdotal, ya llamó en su día la atención de la famosa escritora Agatha Christie, quien no dejó de admirar al personaje chestertoniano. En realidad, que en el lugar de un crimen aparezca como por arte de magia un detective aficionado es casi una convención del género. 

Sea como fuere, en este relato el Padre Brown debe enfrentarse a la misteriosa muerte del sr. Brayne, el cual aparece decapitado en el jardín de la casa de Valentin. Los lectores que no hayan leído estas historias me permitirán que silencie la resolución del enigma, tan sorprendente como ingeniosa, y el inesperado final del cuento. Por último, cabría decir que el hecho de que el asesinado fuera un plutócrata es una constante en Chesterton, quien no disimulaba su aversión hacia los millonarios.

La tercera narración, "Las pisadas misteriosas" (The Queer Feet), transcurre en el Vernon Hotel, donde el selecto club de Los Doce Pescadores Legítimos se congrega para celebrar una de sus reuniones anuales. El relato explica el hecho extraño y singularísimo de que los miembros del club acudan vestidos con un traje verde, en lugar del chaqué negro habitual. 

El Padre Brown se encuentra allí para redactar una carta y, mientras lo hace, metido en un cuarto y casi oculto para que la presencia de un sacerdote papista no llame la atención, escucha unas pisadas anómalas que le llevarán a resolver el misterio de la desaparición de una valiosa cubertería, posesión del club de Pescadores. 

La trama es tan sencilla como encantadora. Y es que, según Chesterton, una de las claves de un buen relato policial, es que parta de un hecho tan sencillo que, por su pura sencillez, cree la confusión y el misterio, pasando inadvertido a todos. A todos, menos al curita detective. El lector no dejará de sorprenderse ante esta ingeniosa historia, la cual esconde también una crítica sobre los convencionalismos sociales y la idea de que a veces es fácil confundir a todo un caballero con un criado, y viceversa.

Esta narración encierra una de las citas más hermosas de Chesterton, que en su día usara el autor inglés Evelyn Waugh, muy influido por Chesterton y que se convirtió al catolicismo en 1930. Parte de la cita figura en su novela Retorno a Brideshead (1945). Consiste en que, refiriéndose a Flambeau, dice el Padre Brown: "Yo lo he pescado con anzuelo invisible y con hilo que nadie ve, y que es lo bastante largo para permitirle errar por los términos del mundo, sin que por eso se liberte". El Padre Brown es, pues, también un 'pescador de hombres'.

La cuarta historia, titulada "Las estrellas errantes" (The Flying Stars), es una de las más bellas y supone la definitiva conversión de Flambeau, de su estado de ladrón y criminal hacia el lado del bien, al que el Padre Brown le reclama. Una de las grandes diferencias del Padre Brown respecto a otros detectives de ficción estriba precisamente en el hecho de que él no se limita a atrapar a un culpable: él busca la salvación de su alma, su conversión al bien, como hace con su amigo Hércule Flambeau. 

Esta narración ("El más hermoso crimen que he conocido", nos dice el propio Flambeau, al inicio del relato) tiene lugar en Nochebuena, momento propicio para esa conversión de la que hablaba antes. "Mi último crimen", comenta un melancólico Flambeau, narrador inicial de esta historia, "fue un crimen de Navidad [...]; un crimen género Charles Dickens". En efecto, en una casa del barrio de Putney, perteneciente al periodista señor Crook, se reúnen amigos y familiares para festejar la Nochebuena. Todo parece ir bien hasta que, sin saber de qué modo, desaparecen los diamantes africanos "Las estrellas errantes", propiedad del magnate Sir Leopold Fischer. Será el Padre Brown quien los recupere, y hará algo más importante: recuperar el alma de Flambeau. Dejo en la oscuridad la forma en que el curita descubre el delito y logra disuadir al criminal de su mala acción.

El relato, lleno de divertidísimos y cómicos momentos, como los de la parodia de la Commedia dell'Arte, contiene una ingeniosa confusión, demuestra la audacia de Flambeau y el poder de persuasión del Padre Brown, al lograr convencerle de que devuelva los diamantes robados y abandone su vida delictiva, antes de que se abisme más y más en el mal. Al final de la narración, las 'estrellas errantes' son estrellas voladoras, tal como figura en el título original.

El quinto relato, "El hombre invisible" (The Invisible Man), de nuevo pone de relieve la agudeza de Chesterton para crear una historia policial que parta de un hecho sencillo hasta el extremo, pero que pasa fácilmente inadvertido para todos. Existen en la sociedad hombres y mujeres 'invisibles': están ahí, pero no los vemos. Esa es la base de esta encantadora y terrible historia.

Es la historia de Laura, del robusto y bizco Welkin y de John Angus, buen amigo de Flambeau, y del pequeño señor Smythe, el cual es asesinado y nadie se explica cómo ha podido entrar y salir de su casa el asesino, máxime teniendo en cuenta que un portero y varias personas estaban en la entrada de la casa. El hecho es que el diminuto sr. Smythe aparece asesinado y serán el Padre Brown y Flambeau (ahora ya flamante detective) a quienes les tocará resolver el enigma.


Esta aventura es destacable por la atmósfera creada por el autor, su poder de descripción y la pintura de personajes entrañables, como Angus y Laura. Se percibe bien cómo el autor inglés era un maestro en la creación de esos ambientes y hasta qué punto se hallaba influido por su amor al arte. De hecho, la idea de que el crimen puede ser considerado como un arte, según Thomas de Quincey, está presente en varias narraciones del libro.


El sexto cuento lleva por título "La honradez de Israel Gow" (The Honour of Israel Gow) y es una de las mejores historias del libro. Conjuga un ambiente de misterio y casi de novela de terror con la historia de un hombre extremadamente honrado. En este relato, el Padre Brown, su amigo Flambeau y el inspector Craven, de Scotland Yard, deben desvelar qué ha ocurrido con el conde de Glengyle, desaparecido sin dejar ni rastro.


El relato alcanza su punto álgido cuando en el cementerio anejo al castillo de Glengyle desentierran el supuesto ataúd del conde y descubren un cuerpo sin cabeza. En ese puzzle sin sentido las sospechas recaen sobre Israel Gow, el anciano criado escocés del conde, quien tal vez le haya asesinado para quedarse con sus riquezas. El Padre Brown, tras una noche entre el miedo y la confusión, descubrirá que Gow es, contra las sospechas de sus amigos, un hombre tan excesivamente honrado que solo tomó lo justo, aquello que le fue prometido por su señor. El cura llega a la conclusión de que Gow es un avaro, sí, pero un avaro justo y honrado.


Como en los relatos anteriores, la atmósfera de misterio está notablemente lograda, si bien en esta narración se añaden elementos no muy lejanos de la novela gótica, como el castillo medieval o el frío cementerio. Es esta una de las mejores historias del Padre Brown y, al igual que en las anteriores, el hecho de partida para el misterio se funda en una idea tan sencilla como brillante.  

Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares seleccionaron este relato para su segunda colección de Los mejores cuentos policiales, publicada por Emecé, lo cual dice todo acerca de su calidad y sus virtudes como cuento clásico del género. Estoy convencido de que esta y las otras historias de El candor del Padre Brown harán las delicias de los amantes del género policial e incluso a quienes no les guste disfrutarán con ellas por su altísima calidad literaria y su hondura moral.


Que Dios os bendiga a todos y Nuestra Señora os proteja siempre y en todo lugar. 

Hasta la próxima entrada del blog. Cuidaos mucho, amigos.