jueves, 7 de julio de 2011

DUELO POR UNA ANTIGUA NÉMESIS (10) [Dedicado a CAMINANTE]


DUELO POR UNA ANTIGUA NÉMESIS

(10)

El Padre Brown alabó mucho los planos que el Inspector Chase había hecho. Por ellos, y gracias al testimonio de Miss Artemise North, pudieron observar claramente que el autor del segundo disparo, aunque hubiera dudado hacia dónde tirar, al final disparó contra donde estaban las damas.




Según creía el detective Hércule Flambeau aquello dejaba abiertas tres posibilidades: 1ª) que el tirador apuntase a una de las damas y fallara: el problema de esta opción es que abría nuevas preguntas: ¿por qué disparar contra una de las tres damas asistentes al duelo?; 2ª) que el tirador disparase contra Redvill y fallara, lo que igualmente implicaba la pregunta de por qué deseaba herir o matar al viejo anticuario; y 3ª) que el tirador hubiera realizado ese disparo con el propósito de despistar a los duelistas o de interrumpir el duelo, apuntando al árbol de forma premeditada y para evitar herir a ninguna de las personas que estaban en el jardín.

Aquellos razonamientos del gascón le gustaron mucho al Padre Brown y al Inspector Chase, que dieron por bueno que una de esas tres posibilidades era la correcta. Chase sugirió que hasta que no capturasen a Gallagher -el autor, casi con toda probabilidad, de aquel disparo entonces inexplicable- no podrían interrogarle para saber el porqué de su extraño proceder.

Aunque ya era muy tarde (pasaban de las doce y media) y habían decidido no proceder al interrogatorio de la señora Eleanore Woolcott (esta ya se había ido a dormir, con el permiso del Inspector), antes de subir a sus respectivas habitaciones, hablaron unos minutos con Carter, el mayordomo, para averiguar si él sabía algo sobre el misterio del segundo disparo:

-No, queridos caballeros. -respondió, siempre flemático, el mayordomo. -No pude ver a la persona que tiró desde ese cuarto. Yo estaba en la cocina, con las cocineras y una de las chicas del servicio doméstico. Los cuatro oímos con mucha claridad las detonaciones, aunque mejor la segunda, dado que la persona que disparó estaba más cerca de la cocina. Al oír ese disparo pensé que los dos duelistas habrían coincidido pero luego, prestando más atención al sonido, comprendí que solo uno había llegado a disparar. Salí corriendo a ver de dónde venía el otro ruido y entonces llegué al invernadero, desde cuyo ventanal se realizó el disparo. No había nadie pero en esa estancia se notaba mucho el olor... Hmmm, no sabría describirlo. Es ese olor que deja un arma cuando ha sido disparada. Los jardines también se ven desde la cocina y allí estaban todos, menos uno de los invitados. Supe entonces que debió ser Gallagher quien disparó e incluso me pareció verle correr. Al poco, oí el motor de un coche. Fui a la puerta de la entrada principal y vi que el coche del Capitán se alejaba...

-Su testimonio -afirmó el Inspector Chase, escondiendo un bostezo con la mano y tapándose también su bigote de morsa, casi rubio de tanto fumar- me parece definitivo en lo que al segundo disparo se refiere. Parece que Parks no es el único sospechoso importante. Seguimos sin saber por qué y contra quién tiró nuestro amigo el huidizo irlandés, pero es muy posible que mañana le hallamos echado el guante y pueda contárnoslo todo. En fin, amigos. ¡Hasta mañana! Voy a ver a Carruthers. Iré a relevarle a las cuatro o las cinco de la madrugada, ya que él también necesitará dormir. Les veré en el desyuno.

El Inspector Grandison Chase subió al primer piso, habló con el sargento y quedaron en turnarse para vigilar y custodiar al Fiscal. El pobre y sufrido Carruthers, visiblemente somnoliento, le comunicó que el sr. Parks no había salido de su habitación, lo que Chase aprobó. Dicho lo cual, se retiró, no sin antes despedirse de sus amigos, que estaban alojados en el segundo piso.

-¿Qué le parece todo esto, Mon Père? -musitó Flambeau, también cansado.

-Sigo dándole vueltas a la dichosa palabrita. Y también a todas las cosas que hemos ido descubriendo. Le ruego que esta noche permanezca muy atento. El Inspector casi siempre ha enfocado el asunto partiendo de la base de que el asesinado era el objetivo, pero yo creo que hay otras posibilidades, entre ellas son muy sugestivas la de que Parks pudiera ser la víctima y otra que no hemos considerado: la de que el propio Sir Wilfred lo hubiera tramado todo para deshacerse de Parks. Puede parecer descabellada, pero tal vez pudo haber cometido el error de confundir las armas, sellando su destino, o quizá incluso fuera un suicida enloquecido que lo preparara todo para que Paks le asesinara y dejarle cargar con la culpa. Este asunto se vuelva cada vez más y más enrevesado, así que le ruego esté ojo avizor y descanse mucho, que mañana será un día muy duró.

Un reloj carillón que había en el pasillo del segundo piso dio la una. Todo estaba en silencio y aparentemente todos dormían en Woolcott Manor, con la excepción del sargento Carruthers, el cual dio una o dos cabezadas, pero llegó incluso a pellizcarse para evitar caerse dormido de puro cansancio. A las tres de la mañana se oyeron unas pisadas en el segundo piso. Carruthers escuchó cómo alguien bajaba silenciosamente. Sacó su revólver y se puso en pie. Vio cómo una pequeña sombra se acercaba hasta donde él estaba. Por unos instantes, el sargento tuvo miedo a ser agredido por un misterioso atacante. Resultó, en fin, que la sombra no era otra persona que el Padre Brown, el cual iba en bata y, rogando que le disculpase por aquel susto tan intempestivo, le susurró al oficial:
 
-He estado pensando que, cuando el Inspector Chase venga a relevarle, debe usted sacar al sr. Parks de la casa. Llévelo a Scotland Yard...

-¿Por qué razón, Padre Brown? ¿Quiere decir que por fin lo ha descubierto todo y Parks es el responsable de este embrollo? 

-El sargento quedó atónito ante la mirada del cura y ante su extravagante sugerencia.

-No es hora de charla, Carruthers. ¡Háganme caso! Dígale a Chase que me haga el favor de llevarse al Fiscal Parks. Usted mismo puede conducirle a la central del Yard a primera hora de la mañana. He meditado más de media hora sobre todo lo sucedido y he llegado a esa conclusión. Creo que puede dar resultado. Créanme si les digo que podemos salvar una vida, o tal vez dos... Mañana les explicaré el porqué de todo esto, sargento.

Y con estas palabras, el buen curita católico se alejó, subió de nuevo a su dormitorio y, esta vez sí, entró en un plácido y profundo sueño. El sargento Carruthers no daba crédito a la aparición cuasi fantasmal del sacerdote ni mucho menos a las palabras que le había dirigido. Pasó el tiempo, como lágrima que cae irreparable y rápidamente por la mejilla de una doncella, y a eso de las cuatro y media de la mañana, bostezante y somnoliento, salió de entre la oscuridad el Inspector Chase, que descubrió a su ayudante a punto de quedarse dormido:

-¡Atento, Carruthers! Ahora podrá descansar... ¿Alguna novedad? ¿Qué tal se ha portado nuestro amigo Parks?

-Oh, Inspector -musitó el sargento-, el Fiscal muy bien (creo que ha estado durmiendo casi todo el tiempo), pero el que me preocupa es ese cura, ese Padre Brown. Hace más de una hora se presentó aquí, dándome un susto de muerte y rogándome que conduzcamos a Parks a la central de Scotland Yard mañana a primera hora. No me pregunte nada: sólo dijo que con esa acción podríamos salvar una vida, o quizá dos. Personalmente, no entiendo nada pero parecía muy serio al decirlo. No quiso explicarme por qué pide que nos llevemos detenido a Parks. ¿Cree usted que ha dado con la clave del enigma y, al final, ha deducido que este señor es el autor de todo?

El Inspector Chase, aún invadido por el sopor del sueño, se hallaba perplejo y tardó un minuto en responder a su subordinado. Meditó un poco más y, sin pensarlo dos veces, aceptó la sugerencia del sacerdote, ya que pudiera ser que estuviese en lo cierto. Ordenó a Carruthers que se retirara a reposar un poco, pues bien se había ganado aquel descanso, y le dijo que a eso de las ocho u ocho y media volviera a su presencia, dispuesto para sacar a Parks de Woolcott Manor camino de la central de Policía. El sargento, asombrado y medio dormido, no quiso discutir las órdenes del Inspector y le dejó allí, ante la puerta del dormitorio del Fiscal, rezongando y mascullando ciertas palabras que no supo entender y que, si las hubiera comprendido, tal vez no fuera bueno que las reprodujéramos aquí.

A la mañana siguiente despertó un hermoso día. Alboreaba en la lejanía, los pájaros cantaban en su latín matutino y todo parecía en calma y en paz. El rocío cubría el césped de los jardines de Woolcott Manor y una suave brisa azotó los tejados de la mansión, llenando el ambiente de frescura. Huyó la niebla a los abismos de los que había salido y, poco a poco, los moradores de la finca se fueron despertando.

A primera hora de la mañana, sin afeitar y no demasiado arreglado, el buen sargento Carruthers se presentó ante su superior, el cual estaba leyendo y releyendo sus notas, con los ojos vidriosos y enrojecidos. El resto de aquella noche la había pasado dándole vueltas al asunto sin llegar a conclusiones definitivas.

Antes de que despertaran a Parks, apareció de nuevo el Padre Brown, tan fresco como una rosa. A su edad ya no necesitaba muchas horas de sueño. Saludó a los dos oficiales de la Ley y le comentó al Inspector su idea de que el Fiscal fuera trasladado a Scotland Yard.

Fuera porque Chase estaba cansado, fuera por las persuasivas palabras que usó mi amigo Brown, el caso es que accedió plenamente a su petición. Llamaron a la puerta del dormitorio de Parks, el cual la abrió bostezando y embutido en pijama azul. Le comunicaron que iba a ser llevado a la central londinense de la Policía y, aunque oyó a la perfección lo que le dijeron, quiso protestar pero enseguida dio su brazo a torcer, entró de nuevo en su cuarto para vestirse y salió sin rechistar.

-Padre Brown, entiendo el porqué de su insistencia en que llevemos al Fiscal Parks a la Central de Scotland Yard. Creo que usted se ha dado cuenta de su error de ayer al defender al Fiscal, se ha dado por vencido, al fin, y admite la culpabilidad de Parks, o al menos su clarísima implicación en el caso.

-Ni mucho menos, Chase. Usted conoce la verdadera razón por la que creo que Parks debe abandonar la casa cuanto antes... No he tirado la toalla ni me he dado por vencido. Verá usted si yo tenía razón o no. Por cierto, ¿se sabe algo del Capitán Gallagher? Sería bueno, en cambio, que él estuviera en esta casa y compareciera para satisfacer nuestras preguntas, ¿no cree?

-¿Sospecha usted de Gallagher? -dijo Chase, enarcando las cejas.

-Sospecho de su fuga: al huir cometió un error, fruto del nerviosismo y la fatalidad. Su forma de comportarse, su discusión, su actitud infantil y su huida fueron todo acciones precipitadas e irreflexivas, impropias del tipo de criminal que aquí y para este caso estamos buscando, ¿no cree?

-No sé si estamos buscando a uno o dos criminales, aunque me parece que tanto usted, como yo, como el buen Flambeau tenemos cada uno nuestro sospechoso o sospechosos favoritos. En fin, cuando las patrullas que fueron a Croydon y Guildford nos llamen, sabremos si han dado con Gallagher. En cuanto lo detengan, daré orden de que lo traigan a Woolcott Manor...

-Y no olvide una cosa, Inspector -dijo el Padre Brown. -Si alguien cambió la caja con las balas de fogueo por otra con balas reales, esa cajita, la que trajo Parks, debe estar en alguna parte. Tiene usted que registrar los cuartos y las pertenencias de todas las personas que han participado en este drama. Tal vez haya suerte y la encontremos, aunque temo que el criminal haya podido deshacerse de ella...

-¡No dude que la buscaremos, Padre Brown! Si no la han destruido, debe estar por ahí, tal vez en el cuarto de Gallagher, en el de Redvill o en el de la señorita North, o en el de Parks o puede que en cualquier otro sitio. Me veré obligado a pedir una orden de registro. Luego llamaré a Londres...

Así de decidido y contundente se mostró el Inspector Grandison Chase al hablar con el Padre Brown. Como no muy lejos del cuarto de Parks estaban los de Redvill y de la señorita Artemise North, estos dos pudieron oír las voces de los cuatro hombres y no dudaron en salir a ver qué pasaba. Redvill tenía el pelo revuelto. Asomó su delgado cuello de tortuga por la puerta, preguntando al Inspector a que se debía aquella agitación.

Por su parte, la señorita Artemise North, en salto de cama, apareció como si fuera un ángel hermoso e intrépido que acude a saludar al peregrino de una larga caminata. El Inspector les informó de que el Fiscal abandonaría la mansión, con destino a Scotland Yard. Ambos se interesaron por los motivos de aquella decisión tan repentina, pero ni Chase ni Brown, ni mucho menos el sargento, les dieron más información que lo ya comentado.

El Inspector les rogó que volvieran a sus habitaciones y bajasen a desayunar cuando estuvieran listos. Tal vez ese mismo día -según acababa de decir el Padre Brown de forma solemne y sincera- el misterio de Woolcott Manor quedaría resuelto. Ante las palabras del cura con cara de topo, la señorita North puso cara de incredulidad y Henry Redvill torció el gesto, bizqueando de nuevo y con el esbozo de una sonrisa de compromiso. Poco rato después, la periodista y el anticuario bajaron a desayunar.

El sargento Carruthers condujo al Fiscal Parks al coche de la policía en el que el Inspector y sus ayudantes llegaron el día anterior. Parks iba taciturno y con su sempiterno ceño fruncido. No dijo nada a nadie, salvo los saludos que imponen las normas de cortesía y educación. Carter acompañó a los dos a la salida. El Inspector había tenido cuidado de que el Fiscal no tuviera que pasar la vergüenza de verse esposado delante de aquellas personas, algunas de ellas de la alta sociedad. Salieron de la casa, camino del coche y de la ciudad de Londres. Mientras tanto, todos terminaron su desayuno.

El Inspector Chase comentó que esa mañana debían quedar a disposición de la Policía, por si era necesario que les llamase de nuevo a declarar, pero que podían dedicarse a hacer cualquier cosa que gustasen, con tal de que no abandonaran la casa ni se alejasen de ella. Dicho esto, cada uno de los invitados, moradores de la casa y personal del servicio doméstico dio inicio a una actividad diferente: mientras el mayordomo recogía la mesa del desayuno, la señorita Artemise North comenzó a charlar con la joven Loiuse Woolcott; por su parte, el Juez Oliver Thorpe se puso a discutir de política con el anticuario Henry J. Redvill, que apenas le hacía caso, porque estaba enfrascado en la resolución del crucigrama que había dejado sin hacer la noche anterior. La señora Eleanore Woolcott fue a hablar con el Inspector y dijo estar lista para hacer su declaración, mostrándose muy interesada en que aquello terminase y los tres investigadores pusieran algo de luz en el caso de la desafortunada muerte de su esposo.

La señora Woolcott, tras ser acompañada por Flambeau y el Padre Brown, tomó asiento frente a la mesa de despacho en que el Inspector tomaba notas. Aunque en su cabello asomara alguna cana por aquí y por allá, era una mujer que conservaba la mayor parte de su pelo de un color muy oscuro.

Llamaban la atención sus ojos azabache, penetrantes e inquisitivos. Iba muy bien vestida, con lujosos pendientes, un collar de perlas, una pulsera de oro, anillos... Su forma de moverse y su dicción denotaban un cuidado estilo, una distinción y un porte señorial.

A la vista de todos resultaba una mujer segura de sí misma pero debió quedar muy impresionada por la forma en que su marido había pasado a mejor vida. Eleanore parecía una mujer fuerte, al menos eso demostraba su firmeza y aplomo. Al fin, Chase comenzó a interrogarla diciendo:

-Siento mucho la muerte del Magistrado, señora Woolcott. Mi obligación como policía es descubrir quién o quiénes fueron responsables de la muerte de su esposo. Sabemos que quien le disparó fue el sr. Park pero ha quedado demostrado que cualquier persona pudo ser responsable de que en las armas no hubiera balas de fogueo o munición simulada, sino balas reales. Es decir, que Parks puede ser culpable o no (es lo que debemos determinar). Lo que sabemos es que el Fiscal fue la mano que disparó contra su esposo pero eso no quiere decir que él cambiase unas balas por otras o, mejor dicho, que cambiase la caja de madera con las balas que él compró por otra con balas de verdad. Ya sabemos bastante sobre las relaciones que hubo entre su esposo y Parks. No obstante, le agradeceríamos que, para empezar, nos diera su propia visión sobre la amistad de su marido con el Fiscal...

-Le agradezco la expresión de sus sentimientos y su trabajo -comenzó la señora Woolcott, con voz segura y calmada- que no dudo ayudará a resolver la muerte de mi esposo y a capturar al responsable. Ahí creo que podré serle de muy poca utilidad pues, aunque me precio de ser observadora y de estar al tanto de todo, no acierto a adivinar qué persona haya podido urdir un plan para asesinar a mi esposo. Parece que no fue un accidente, según me han dicho. Ni fue un descuido de Parks ni una imprudencia. Bueno, creo que fue una imprudencia de mi marido sugerir ese juego infernal. En última instancia, mi esposo es el responsable de que todo esto haya ocurrido. Nunca me gustó la idea del duelo pero yo le dejaba hacer cuanto quería ya que era muy caprichoso y yo prefería que estuviera a sus anchas. Voy al meollo de su pregunta. Ya saben que Parks y él tuvieron muchas diferencias en el pasado. Creo que mi esposo fue a veces injusto con el Fiscal. Le tenía aprecio, pero cuando aquel pleito por las tierras y la finca de Oxford, en que el Fiscal era persona interesada, mi marido fue demasiado duro. Falló lo que debía fallar, sin duda, pero eso agrió una amistad ya de por sí frágil. Se conocían desde su juventud y, aunque siempre rivalizaron por todo, al fin y al cabo existía el respeto, incluso la admiración, diría. En fin, estuvieron mucho tiempo sin hablarse. Mi marido quería reconciliarse con él porque, pienso yo, se sentía mal por aquella situación. Por eso le alegró mucho que el Fiscal volviera a dirigirle la palabra. Hablaron un día en la Supreme Court y al poco tiempo, hace unos dos meses, mi marido le invitó aquí. Al poco, decidieron muy ilusionados lo de batirse en duelo. El resto ya lo saben...

-El Fiscal llegó el viernes a la casa. ¿Le enseñó a usted la cajita con las balas y que sabemos compró en la Hook's Armory? -preguntó Chase.

-No, a mí no me la enseñó. Sé que a mi marido sí, y tal vez a mi hija. No sabría decirles si la vio alguien más pero... ¿eso es importante?

-De suma importancia -remarcó el Inspector. -Creemos que alguien que ya sabía de antemano las armas y las balas que se iban a usar pudo hacerse con una caja igual a la de Parks y sustituirla aquí, tal vez el viernes o tal vez ayer sábado. Deje eso de nuestra cuenta. ¿Cree usted que Parks fue sincero y se reconcilió de verdad o tramaba una venganza contra su marido?

-Presumo de juzgar bien a los hombres y puedo decirles que, al menos a mí, me pareció sincero, aunque una nunca sabe bien cuándo le están diciendo la verdad o le están mintiendo. Conozco a Parks desde hace años y, aunque pueda ser petulante, presumido o altivo, siempre le he tenido por hombre de palabra, sincero y honorable... No, creo que su deseo de reconciliarse era incluso mayor que el que pudo demostrar mi esposo. En cuanto a si tenía motivos para maquinar una venganza contra Wilfred, pues sí, eso es verdad, aunque yo confío en que él no haya tenido nada que ver en este desgraciado asunto. Ya he visto que se lo han llevado detenido. Bastante mal lo debe estar pasando. Su prestigio como Fiscal quedará muy resentido con todo el caso. He leído la prensa de hoy y el periódico de la señorita North poco menos que insinúa que Parks estaba detrás de todo. Espero que, si se demuestra su inocencia, sean ustedes tan caballerosos como para lavar su buen nombre.

-Usted y su marido llevaban muchos años casados, tienen una hija y han vivido una buena vida -cambió de tema el Inspector. -Su esposo posee una considerable fortuna, tanto en dinero como en arte y en otras propiedades. Permita que le diga que eso es, ya de por sí, un aliciente para cualquiera que caiga en la tentación de cometer un crimen. No quiero insinuar que fuera usted quien lo planeara todo para quedarse con ese cúmulo de tesoros pero reconozca que esa posibilidad existe. Usted dice que no vio la caja de balas que trajo el Fiscal, pero su hija sí la vio, y bien pudieron ponerse de acuerdo. No es descabellado pensar esto y es mi deber barajar todas las opciones posibles. Creo, señora, que usted nada tuvo que ver en el asunto pero eso no la descarta de la lista de sospechosos, al menso todavía. Haga el favor de hablarnos sobre las otras personas invitadas aquí. Empiece por la señorita North...

-La verdad -comenzó Eleanore, sin dejar de mirar al Inspector- es que la señorita North me cae antipática, ¿para qué ocultarlo? Ya sabrán ustedes que ha venido aquí como cronista de sociedad, cosa que detesto. Y sabrán también que mi marido le ha venido prestando mucho dinero... Dinero que no ha devuelto y que no me importa recuperar, una vez que mi esposo ha fallecido. No es que quede saldada su deuda pero yo no se la voy a reclamar ni quiero volver a saber de ella. No sé qué les habrá dicho ella pero Wilfred no solo le prestaba dinero, le prestaba gran parte de tiempo, iba con ella a las casas de apuestas, la llevaba en nuestro coche... En fin, no hay que ser una mujer demasiado lista para darse cuenta de que estaba enamorado de ella, de que la perseguía y buscaba cualquier pretexto para verse con ella. Si están ustedes pensando en si llegaron a tener una relación amorosa les diré que ni lo sé ni me importó nunca. La señorita North no fue la primera ni la única mujer objeto de los galanteos de mi marido. Les extrañará que una señora como yo no se moleste por una actitud como la de su marido, que le dejase tanta libertad y todo eso. Al principio me incomodó que se interesara por mujeres más jóvenes que yo, es cierto y no puedo ocultarlo, pero llegó un momento en que todo me dio igual con tal de proteger a mi hija, de salvaguardar nuestro buen nombre y de olvidarlo todo. Quise a mi Wilfred durante mucho tiempo e iniciar los trámites de divorcio, con todo el escándalo consiguiente, era algo que me repelía. Veo que ya deben estar pensando que yo, además de poder desear el dinero de mi marido, tal vez pude idear toda esta pesadilla, tal vez pude tramar la muerte de Wilfred para vengarme por sus veleidades amorosas y por sus continuos flirteos e infidelidades. Se equivocan si piensan así. Nunca quise saber nada de lo que hacía mi marido, nunca contraté a un detective para que le vigilase, nunca le amenacé con divorciarnos ni romper con muchos años de matrimonio... Lo hice por mi hija, por mí misma, por él. Juzguen ustedes mi dolor y mi actitud como les parezca, pero les digo que yo aún le quería y que sufría mucho al verle degradarse de esa forma, cayendo en las garras de cualquier jovencita alegre, bella y despreocupada. Y esa North fue de las peores, por su incurable manía de los juegos. A Wilfred pude perdonarle todo, con tal de mantener el equilibrio familiar, pero a esas arpías no les debo ni el más mínimo asomo de compasión o comprensión. Creo que me he explicado con claridad y sinceridad. Eso es lo que opino sobre la señorita North.

-Con franqueza -dijo Flambeau-, creo que ha sido usted injusta con ella. Si es verdad lo que dice, nuestra joven amiga nos ha mentido, pero entiendo que lo hiciera. ¿Quién iba a confesar semejante relación y mas estando en esta casa y delante de extraños como nosotros? De todas formas, creo que esto juega en su contra, señora Woolcott, y añade un nuevo motivo al ya citado de tomar los millones de mi buen amigo. No la veo a usted capaz de organizar una venganza pasional de este tipo. Yo de usted callaría, porque en nada le beneficia lo que ha dicho. Por cierto, ¿qué opinaba usted de las relaciones entre su hija y ese irlandés, el Capitán Gallagher?

-A diferencia de Wilfred, yo no veía nada malo en que mi hija se relacionara con quien quisiera. Nunca me opuse a esa relación y mi esposo lo sabía, pero era él quien mandaba. Yo nada podía hacer, salvo animar a mi hija y ser su confidente y amiga. Ella sufría mucho la cerrazón de su padre. Pero, un momento, ¿no creerán ustedes que George Gallagher haya tenido que ver algo en la muerte de Wilfred...?

-¡Eso es lo que opino yo, Madame! -afirmó Flambeau, atusándose el bigote, mientras el Padre Brown observaba el rostro sereno de la señora Eleanore Woolcott, sin dejar de pensar en todo cuanto ella había dicho.

[CONTINUARÁ...]

domingo, 3 de julio de 2011

DUELO POR UNA ANTIGUA NÉMESIS (9) [Dedicado a CAMINANTE]


DUELO POR UNA ANTIGUA NÉMESIS
(9)

El Padre Brown miraba muy entretenido las caras de su amigo Flambeau y del Inspector Chase, los cuales no dejaban de observar y deleitarse con la adorable visión de la bellísima Artemise North, que seguía declarando sobre el triste caso que les ocupaba. Chase tomó la palabra de nuevo y planteó un asunto que no era agradable de por sí, pero estaba obligado a hacerlo, bien que tratase de ser lo más educado y correcto que fuera posible:

-Señorita North, no alcanzo a entender cómo una mujer soltera como usted y que disfruta de cierto dinero, obtenido con su profesión de periodista, se vea en la tesitura de pedirle dinero a nadie. ¿Por qué Sir Wilfred le prestaba esas cantidades, qué motivaba esa extraña relación entre ustedes?

-Bueno, esperaba no tener que decirlo pero, ya que insiste tanto, no me queda más remedio que contarlo todo: verán ustedes, no soy quien para hablar de mis virtudes, aunque sí puedo hablar de mis defectos. Uno de ellos es el enloquecido apego que le tengo al juego, a muchos tipos de juego: apuestas hípicas (por eso mencioné lo de Ascott), juegos de cartas... Me entusiasma apostar, casi a cualquier juego. Y eso ha hecho que pierda mucho dinero, dinero que no gano con mi trabajo (una periodista como yo ha de trabajar muchas horas para obtener al fin un miserable sueldo) y por ello me vi en la necesidad de acudir a Sir Wilfred. Primero fueron pequeñas sumas, préstamos iniciales que le devolví íntegramente; luego me fueron pudiendo mis veleidades con la ruleta, las apuestas hípicas y demás... y allí estuvo Sir Wilfred, galante y al rescate, para sacarme una y otra vez de mi bancarrota y mi ludopatía. Si él albergaba otra contraprestación más allá de nuestra amistad y mutuo afecto, lo ignoro; ya he señalado que nunca se propasó conmigo, aunque fuera consciente de sus coqueteos. Aún le debo mucho dinero, que habré de pagar a su familia. Y antes de que ustedes me reprochen tener un perfecto motivo para maquinar la muerte de Sir Wilfred, les diré que, en efecto, yo lo tenía pero, al tiempo, he de ser rotunda en esto: ni pensé asesinarle nunca ni me alié con nadie para hacerlo. Nunca le deseé mal, ni a él ni a nadie, y sólo lamento haber asistido a su muerte.

-Nadie la ha acusado de nada -afirmó Chase- pero he de reconocer que se me había pasado por la cabeza y que, al igual que el resto de los familiares e invitados de Woolcott Manor, usted está sin duda entre los sospechosos. El caso ha dado un giro inesperado, señorita North. Antes pensábamos que una persona había sustituido el juego de balas de fogueo por un par de balas auténticas. Pero ahora sabemos que alguien cambió la cajita de madera que contenía las balas con la munición simulada por otra caja idéntica con balas reales. Un ardid genial, que implica que casi cualquiera de los sospechosos pudo hacerse con una cajita como la que Parks compró en la Hook's Armory y ponerla en el lugar de la otra, lo que acusaría inmediatamente al Fiscal, cosa que así ha sucedido. Ese alguien es el responsable último del crimen, por más que la mano que acabase con Woolcott fuera la del Fiscal. Aún no sabemos quién robó esa caja de balas reales de la armería del señor Walter Hook; tampoco sabemos cuándo las cambió por la caja comprada por Parks ni si en esta terrible y macabra historia hay implicadas una o dos personas. Usted, señorita North, nos acaba de decir que no se alió con nadie para maquinar el final de Sir Wilfred pero usted, además de motivos y medios, tuvo suficiente tiempo para cambiar las cajas antes de que Woolcott y los demás fueran al salón de juegos a coger las pistolas y las balas...

-¡Se equivoca! -subrayó, firme en su voz, la señorita Artemise North. -En ese momento yo estaba con el anticuario, ese tal Redvill. Si, como usted acaba de sugerir, yo hubiera cambiado esas cajas, tendría que haber sido mucho antes. Y antes de estar con Redvill, anduve con las demás damas, en una muy animada charla. Y aún antes, en la comida. Todo el tiempo estuve siempre junto a alguna otra persona y, por cierto, durante este fin de semana y en lo que llevo de estancia aquí no he pisado la sala de juegos... aunque es cierto que pudiera haber cambiado las cajas ayer viernes.

-Ha dado usted en varios puntos cruciales del caso -intervino el Padre Brown que aún conservaba su bobalicona mirada de miope-, como por ejemplo su coartada, es decir, el rato ese en que usted y Redvill estuvieron juntos. También el hecho de que Parks trajo la cajita de marras el viernes. Eso me lleva a hacerle, con el permiso del Inspector Chase, dos preguntas: Primera, ¿conocía usted a Redvill o era la primera vez que se veían? Y segunda, ¿el señor Parks les enseñó a ustedes la caja de madera con las balas el viernes o la sacó hoy, cuando mostraron las armas y las balas en la sala de juegos?

Artemise North aún miraba con cierto desdén al Padre Brown, pero no puso ni la más leve objeción a sus preguntas, las cuales respondió puntualmente:

-A lo primero que pregunta he de decir que no, que nunca antes había visto al sr. Redvill, aunque sí había oído hablar de él, ya que Sir Wilfred estaba muy orgulloso de su colección de antigüedades y sé que la mayoría de los objetos que la componen los compró en la tienda de ese anticuario. A lo segundo que plantea respondo que yo no he visto las armas, las balas y las cajas que las contenían hasta hoy, aunque no podría decir si el señor Parks le enseñó antes esa cajita de madera a alguien.

-Sabemos por varias declaraciones -intervino Flambeau- que Redvill conocía de antemano el tipo de armas y de balas que iban a usarse en el infortunado duelo de hoy, así que no es impensable que también supiera por el propio Fiscal Parks dónde había adquirido las balas con la munición simulada. Eso excluye totalmente a la señorita North, ¿no creen?

-Bueno, aprecio mucho su deducción, amigo Flambeau -cortó el Inspector Chase, al cual ya no le quedaba ni el más pequeño cigarrillo que llevarse a la boca, con lo que los echaba de menos y eso le ponía nervioso-, pero tal vez sea mejor que dejemos las conclusiones para el final. De momento, he de creer a Miss North, pero eso no la excluye de nada. Ella dice que no conocía a Redvill y el anticuario diría lo mismo pero -y perdóneme, Miss North, por decir lo que voy a decir- ambos podrían estar mintiendo. Al igual que podría haberse conchabado con otra persona, qué sé yo, con el mismo Parks o con Gallagher o... Y estaríamos ante un crimen en complicidad, algo que, por ahora, no debemos descartar. En fin, Miss North, hay muchas más cosas que me gustaría saber de usted y de sus relaciones con Woolcott y las demás personas aquí invitadas, pero ya habrá tiempo de que haga usted una declaración más completa en Scotland Yard. Una cosa, para finalizar. Hemos encontrado un mensaje en un papel. Ahora no viene al caso saber quién lo escribió o por qué. Véalo. Dice “enemiss”. Está claro que es un anagrama y precisamente “enemiss” fueron las últimas palabras de Sir Wilfred antes de morir. ¿Qué puede comentarnos al respecto?

-Le puedo asegurar -dijo la señorita North con tono firme y resuelto- que es la primera vez que veo semejante papel; que, por supuesto, yo no lo he escrito y que no sé quién, cómo o por qué alguien iba a escribir eso. 
 
-Pero alguien lo hizo -enfatizó Chase- y puede que fuera usted. El Padre Brown dice que es letra de hombre, pero redondeada, como suelen hacerla las mujeres. ¿Le importaría dejar aquí una muestra de su escritura?

La señorita North no tuvo el menor inconveniente. Tomó su pluma azul, le quitó la tapa, estampó su firma, no menos hermosa que ella misma, y se la dio al Inspector, el cual se la pasó al clérigo. El Padre Brown se quitó las gafas, cotejó ambas escrituras y, tras unos instantes de meditación, dijo:

-No, Inspector, creo que las caligrafías no coinciden. Ya dije que no soy un experto en el tema, pero me parece que Miss North no escribió esas letras.

El inspector quiso saber algunas cosas más sobre Miss North, acerca de su relación con Parks, con el Juez Thorpe o con el Capitán Gallagher. Dijo que los conocía a todos, pero ese conocimiento le vino dado por la amistad que le unía con Sir Wilfred y su familia. En cierta ocasión entrevistó al Fiscal Parks para el Star, su diario. Al Capitán Gallagher le tenía mucho aprecio, al igual que a Louise Woolcott y a la esposa del Magistrado. 
 
-Antes de que se vaya, ha de aclararnos su testimonio acerca de lo que vio mientras se ejecutaba el duelo. Dijo usted haber visto salir una mano, la mano de un hombre, de uno de los ventanales que dan a los jardines de la mansión, ¿es correcto? Bien. ¿Podría ampliar esa declaración? ¿Cómo supo que era la mano de un hombre y qué ocurrió?

-Con mucho gusto, Inspector, les contaré lo que vi -asintió Artemise-. En efecto, yo estaba sentada junto a la señora Woolcott y su hija Louise. Detrás de nosotras estaba el sr. Redvill, enfrente estaban los padrinos y el Juez Thorpe y, a cada lado, moviéndose a sus posiciones de disparo, los señores Woolcott y Parks. Desde donde estábamos sentadas se podía ver el duelo perfectamente. Al salir al jardín, me extrañó bastante que el Capitán Gallagher no nos acompañara, pero Louise me confió que el Capitán había vuelto a discutir con su padre, ya que este se negó una y otra vez a concederle la mano de su hija. Todos saben que el Capitán es hombre fuerte y muy diestro en el manejo de las armas. Saben también que esta tarde no iba vestido de uniforme, pero llevaba un traje marrón, muy parecido al de algunos militares. No es que yo sea una mujer muy observadora pero, antes de que los duelistas disparasen, volví la cabeza hacia el ventanal porque me pareció que algo se movía allí. Estaba en lo cierto: vi que una mano, la derecha, abría la ventana y sacaba casi todo el brazo fuera, sosteniendo una pistola negra. Era como si la mano dudara hacia dónde tirar... Al principio creí que iba a disparar contra Sir Wilfred, porque me pareció que se movía en esa dirección, pero luego se desvió hacia donde estábamos nosotros. Enseguida oímos el disparo de Parks, cayó Sir Wilfred al suelo, oí a Louise y a su madre gritando y al mismo tiempo la segunda detonación que nos pasó muy cerca. Fueron instantes caóticos, en los que temí que una de nosotras hubiera sido herida... 
 
-Muchas gracias por darnos todos esos detalles. Ahora me queda más claro el asunto del disparo misterioso. Pero no ignore, señorita North -concluyó Chase-, que aún sigue usted bajo el punto de mira policial. Estamos seguros de que usted no realizó ese disparo pero eso no la elimina como sospechosa de tramar la muerte de Woolcott, tal vez en complicidad con alguna otra persona. No se ofenda por lo que acabo de decir. Debo sospechar de todos, aunque respete su presunción de inocencia. En fin, le ruego no abandone la mansión. Tiene mi permiso para retirarse a descansar...

Pasaban las once y media de la noche cuando la señorita North abandonó el salón donde se desarrollaban los interrogatorios. Flambeau acompañó a Miss North a su cuarto, sin dejar de darle ánimos y expresarle disculpas por lo que juzgaba un exceso de rudeza y suspicacia por parte del Inspector. El coloso francés trató de justificar la conducta del Inspector diciéndole a la dama que esas sospechas eran gajes del oficio detectivesco, rogándole que excusara aquella falta de modales. El gascón la llevó hasta su dormitorio, ya que Artemise estaba muy alterada por las palabras de Chase. Enseguida, fue a llamar a Louise Woolcott, tal y como el Inspector le había pedido.

Una niebla fina fue envolviendo la casa al igual que el guante de un ladrón envuelve la joya que va a robar. A pesar de lo tardío de la hora, en Woolcott Manor nadie parecía tener el más leve atisbo de sueño, salvo el Juez Oliver Thorpe, que dormitaba en un columpio del jardín, plácida y silenciosamente dormido, a pesar del frío de aquella gélida noche de febrero. Tuvo que salir el buen mayordomo Carter, tan estirado como siempre, para despertarle y acompañarle a su dormitorio, pues el pobre viejo no sabía ni dónde estaba. En pocos minutos le ayudó a desvestirse, lo acostó y el adorable y sordo Juez quedó en brazos de Morfeo de forma casi instantánea.

Además de Thorpe, ya se hallaban en sus respectivos cuartos el Fiscal Parks, el anticuario Redvill y la periodista Miss North. En todas las demás personas que habitaban la mansión durante aquel desgraciado fin de semana podían verse rostros de miedo y expectación. Parks, presa de la culpa por haber disparado a Sir Wilfred, no podía dormir. Permanecía confinado en su cuarto y era vigilado por el sargento Carruthers, que ordenaba sus informes una y otra vez para no quedarse dormido. Artemise North se metió en la cama, trató de dormir un poco y, aunque le costara mucho dejar de pensar en las agrias palabras que el Inspector Chase le había dirigido, se quedó dormida una media hora después de acostarse. Por su parte, Redvill tampoco lograba dormir e iba de un lado a otro de su cuarto, ora sentándose a leer un libro o a hacer el crucigrama del periódico, ora a mirar por la ventana, viendo cómo la niebla, primero fina y luego cada vez más densa, se iba espesando con el correr del reloj. Ya sólo quedaban por oír las declaraciones de Louise Woolcott, su madre, el mayordomo Carter y... el Capitán George Gallagher, por supuesto, pero del militar aún no se tenía la menor noticia.

Louise Woolcott, que acababa de hacer una llamada de teléfono, reflejaba todavía en su pálida faz la conmoción por lo que había sucedido. Entró en el salón seguida de Flambeau, tomó asiento y aguardó a que la interrogaran. El Inspector Chase hubo de pedirle al gigante francés uno de sus puros, que encendió sin pedir permiso a la joven Louise. Exhaló el humo a sus anchas, miró sus notas (mientras Louise llegaba, el fornido policía había dibujado dos planos, uno de la casa y otro de los jardines) y, dirigiéndose a la pálida Louise, realmente entristecida y enrabietada, preguntó:

-Usted y el Capitán Gallagher se quieren y desean casarse, ¿no es cierto, señorita Woolcott? Bien. Además está el hecho de la discusión que el citado Gallagher y su padre mantuvieron tras la comida y luego su misteriosa y extraña forma de escapar. Creemos que él pudo ser el autor del segundo disparo, el que pasó muy cerca de donde estaban sentadas ustedes. ¿Qué puede decirnos al respecto de todo esto?

Louise guardó silencio unos segundos, respiró fuertemente y, tras pensarlo un poco, sacó fuerzas de flaqueza y respondió:

-Para que puedan ustedes entenderlo todo, he de remontarme un poco al pasado. El Capitán Gallagher y yo nos conocimos aquí mismo, hace tres años más o menos, en una fiesta que dio mi padre. Por aquel entonces mi padre y el sr. Parks, como bien saben, aún guardaban cierta distancia. Parks había sido el abogado de la familia de Gallagher y fue invitado por mi padre a esa fiesta porque quería tratar de reconciliarse con el Fiscal. No logró nada de eso pero, en cuanto que conocí a George... (me permitirán que le llame por su nombre de pila)... bueno, me enamoré de él. Mi padre no se ha enterado de nuestro noviazgo hasta hace cuatro meses, en que me vi en la obligación de revelárselo, cuando me sorprendió leyendo una carta de George. Desde entonces, mi padre se ha opuesto no sólo a nuestra relación amorosa sino también a nuestra boda. Mi padre, al que al principio le caía muy bien el Capitán, luego le despreció y no dejaba de decirme que rompiera con él, ya que juzgaba que no era más que un cazador de fortunas, un pelagatos que no me quería nada y sólo andaba tras los millones de la familia. Si le invitó aquí en esta ocasión fue porque yo le forcé a ello, amenazándole con irme de casa si no accedía a que George viniera. Ya sé que él es un hombre muy temperamental e impulsivo: es su sangre irlandesa, no puede remediarlo. Por ello sé que discutió muy agriamente con mi padre, que casi llegan a las manos y que él se enfadó y no quiso salir a ver el duelo. Me lo dijo minutos antes de que toda esta desgracia comenzara. Pero tienen que creerme si les digo que él no quería matar a nadie...

-¡Luego admite que él fue quien disparó desde la ventana! -bramó Chase.

-Ya sé lo que les ha contado Miss North. Yo no vi quien disparaba desde la ventana y... ¡me parece una temeridad acusar a George Gallagher solo por el hecho de que haya huido de esta casa! 
 
-Pero ¿cómo explica esa huida? Reconózcalo, señorita Woolcott. -terció el bueno de Flambeau. -No tiene sentido seguir protegiendo a su amigo... Es mejor que nos diga toda la verdad. ¿Sabe usted adónde ha podido huir?

-¡No lo sé! -vociferó Louise, histérica- ¡Y aunque lo supiera no lo diría!

-Eso le honra -intervino el Padre Brown, que acababa de encender su vieja pipa de brezo- pero en nada ayuda al sr. Gallagher ni a usted. Conviene que haga caso al amigo Flambeau y nos diga toda la verdad. ¿Fue Gallagher quién realizó ese disparo o no? ¿Por qué cree usted que disparó, contra quién disparaba, si no era contra su padre? ¿Y dónde ha podido ocultarse? 
 
Louise se emocionó y comenzó a llorar desconsoladamente. Había llegado a la convicción de que era mejor decirlo todo, aunque con ello pudiera ser que perjudicara a su amado Gallagher. Se secó los ojos, se sonó la nariz y, rehaciendo su compostura, reveló:

-Su familia, además de sus propiedades en irlanda, posee una modesta casa en Croydon, aunque no creo que él haya ido allá. La verdad, no sé dónde ha podido esconderse, pero es muy probable que haya cogido su automóvil en dirección a Guildford, en Surrey, a casa de su amigo Fred Martinson. Pero tal vez haya ido a otra parte... En cuanto a si fue él quien disparó, bueno, yo no le vi pero es lo más probable. En la casa sólo estaban él, el mayordomo y los otros miembros del servicio doméstico. Él es un excelente tirador, así que, para qué ocultarlo. Sí, parece debió ser él quien disparó... Pero ignoro por qué lo hizo. No creo que quisiera matar a mi padre. Ya se encargó de ello el tal Arthur Parks, esa víbora falsa y mentirosa. A mi padre le odiaba mucha gente. Muchos de los que estaban aquí le odiaban: creo que Parks, a pesar de que diga que se habían reconciliado, le seguía odiando en secreto; y Redvill le guardaba cierta envidia porque mi padre, a instancias del Fiscal Parks, comenzó a sospechar que algunas de las antigüedades que nos vendía eran falsas; y esa señorita North, esa arpía, esa devorahombres, le debía mucho dinero a mi padre... Como verán, cualquiera de ellos tenía motivos de sobra para querer su muerte y ser el criminal que buscan.

Y aquí cesó de hablar, porque Flambeau la interrumpió, diciendo:

-Se olvida usted, querida señorita Woolcott, de usted misma. Sí, usted y el Capitán tenían un motivo muy sólido. Incluso yo diría que dos motivos: por un lado, librándose de su padre podrían tener vía libre para casarse y, por otro, su muerte les acabaría proporcionando una ingente cantidad de dinero y ya sabemos que las herencias, en estos casos, son móviles muy poderosos.

-¡Retire usted lo que acaba de decir, señor Flambuá! -gritó Louise. 
 
-¡Me llamo Flambeau! Disculpe el ímpetu de mis suposiciones pero sólo deseaba hacer ver que ustedes dos también son sospechosos del crimen...

-Bueno, basta ya -tronó el Inspector Chase. -Es muy tarde y ya todos vamos estando cansados. Disculpe a Monsieur Flambeau. Por una vez no he sido yo el suspicaz... Responda a un par de cosas más, señorita Woolcott, y podrá usted irse a descansar: ¿sabe si Gallagher conocía de antemano las armas que se iban a usar en el duelo?

-Por supuesto que sí. Él admira la colección de mi padre. George es todo un entendido en armas de fuego, pero eso no implica que manipulase las armas o las balas para acabar con la vida de mi padre...

-Ahora sabemos que el criminal (o tal vez criminales) sustituyeron la caja que contenía las balas por otra de igual forma, tamaño y materia. ¿Conoce usted o conocía el sr. Gallagher la armería de Walter Hook, en Londres?

-Yo no la conozco y no puedo hablar por George. Es posible que él sí sepa de su existencia, pero no podría asegurarlo. 
 
-¿Vio usted si alguien tocaba la cajita de las balas en algún momento, ya fuera antes o después de la comida?

-No vi la caja de las balas más que en dos ocasiones: cuando me la mostró el sr. Parks, al llegar a Woolcott Manor, y cuando la sacaron para realizar ese estúpido e infortunado juego del duelo. 
 
-Tras la comida usted estuvo con su madre y la señorita North tomando el té y parece que la citada periodista fue luego a charlar y tomar más té con el anticuario Redvill. ¿Dónde estuvo usted antes de que comenzara el duelo?

-Con mi madre. Seguimos hablando. Hablamos de la discusión que George había mantenido con mi padre en el salón de juegos. No pude hablar con George, aunque hice que le llamaran. Tengo la sensación de que él sabía algo, de que él pudo saber algo y tal vez trató de prevenir a mi padre. Eso quizá explique lo del disparo, no lo sé. Estoy muy confundida, muy cansada, totalmente hundida por la muerte de mi padre... Solamente espero que esta pesadilla termine cuanto antes.
Los tres detectives no quisieron molestar más a la señorita Woolcott. Eran conscientes del esfuerzo que había hecho y de que había demostrado (al menos eso parecía) una franqueza y una sinceridad enormes. Chase le dio las gracias y permitió que se fuera a dormir. 
 
Dieron las doce. El Inspector llamó por teléfono a Scotland Yard, para que dos patrullas fueran movilizadas de inmediato: una, con destino a Croydon y la otra, con rumbo a Guildford. Mientras realizaba estas diligencias, acabó su puro y decidió que era demasiado tarde como para que compareciera la señora Eleanore Woolcott. Mañana a primera hora, tras el desayuno, le tomarían una completa declaración, una vez hubieran descansado. 
 
Entre tanto, Flambeau y el Padre Brown estudiaron los planos que Chase había ido dibujando sobre la marcha, para hacerse una idea de la situación en que todos se hallaban cuando ocurrió el crimen y poder comprender qué había detrás de todo aquello. Al curita católico le inquietaba aún la palabrita de “enemiss” y no dejaba de darle vueltas en su cabeza a combinaciones cada vez más absurdas y enrevesadas. Se dio por vencido y se dijo -según pudo revelarme cuando me contó el caso- que el sueño, ese sacramento natural, le ayudaría a despejar la mente y a ver el problema, insoluble para él en ese punto de la investigación, con ojos más despiertos y penetrantes.

[CONTINUARÁ...]

sábado, 25 de junio de 2011

DUELO POR UNA ANTIGUA NÉMESIS (8) [Dedicado a CAMINANTE]

DUELO POR UNA ANTIGUA NÉMESIS
(8)

Al Inspector Chase la conducta del mozo Bill Barrett le pareció, al principio, un poco sospechosa. Cierto es que llegó a pasársele por la imaginación la idea de que el jovencito pudo coger un trozo de papel de cualquier parte, garabatear las siete letras de esa extraña palabra (“enemiss”) para luego ir tan alegre como descaradamente ante la presencia del Inspector y sus dos amigos, con el propósito de embolsarse las monedas prometidas. Chase, una vez que el mozalbete hubo abandonado el salón principal, no tuvo reparos en acusarle de aquella especie de falsificación, compartiendo su temor y su recelo con los otros:

-¿Quién nos dice que no lo haya hecho por el dinero que le ofrecí? -bramó Grandison Chase, cuyo continuo estado de alerta le hacía dudar hasta de su sombra. -En otras palabras: esos garabatos me parecen obra de un niño...

-¡O de alguien que desea que creamos que un niño o que una persona sin muchos estudios lo hizo! -subrayó el Padre Brown. -Escúchenme: no veo por qué acusar también al chico pelirrojo, por más que tenga cara de travieso, y todos los niños de su edad suelan serlo. El motivo del dinero no me parece suficiente como para que llevara a cabo la comedia que sugiere, querido Chase. Miren el papel: es de aceptable calidad, aunque no esté timbrado ni pueda verse en él marca de agua alguna. Pero lo que me lleva a descartar al mozo Barrett como autor de estas letras es justo lo que a usted le lleva a acusarle. Los niños de su edad están hartos de que en la escuela les manden hacer caligrafía, y él se hubiera esmerado un poco más al realizar los trazos en tinta. Quien fuera parece haber usado una pluma, y no de mala calidad, creo. Observen la tinta y el trazo. Para mí, es letra hecha por mano de hombre, aunque sea redondeada, como la típica letra de mujer, no obstante. ¿Por qué digo hecha “por mano de hombre”? Por la presión con la que marcó los trazos, que han dejado relieve en la otra cara del papel. Una mujer, de manos más suaves y menos fuertes, por lo general, apenas habría dejado huella por el otro lado. Aquí observamos la letra de alguien decidido, alguien -diría incluso- culto, con estudios, que ha querido simular ex professo lo contrario: que lo había escrito un palurdo. Vean las “eses” y la letra “e”: demuestran cierto temperamento artístico, con ese trazo, aparentemente desmañado pero muy cuidadoso, en verdad...


-¡Caray, mon Père! -silbó el colosal detective francés. -No sabía que fuera usted un experto en caligrafía y grafología, eh...

-Oh, Flambeau -suspiró el curita. -¡No lo soy! Usted lo sabe. En el ejercicio de mi vocación he leído muchas cartas y muchos de mis feligreses, gente pobre, sin estudios y ágrafa, me ha pedido que les escriba cartas pidiendo cosas a familiares suyos, por eso conozco muchos tipos de letras. En último término, Flambeau, tan sólo he aplicado la lógica, la razón más elemental, y esta me dice que el autor de ese aparente garabato es alguien muy astuto e inteligente, que se ha tomado muchas molestias para ocultar el hecho de que es persona culta, de estilo y buena vida. En suma, es letra de adulto, y no de niño, letra de una persona incógnita, con dinero y buena educación, que ha querido disimular todo eso, ¿no creen?

El Inspector Chase, el cual miró a Flambeau fijamente, ambos totalmente sorprendidos por los aplastantes argumentos del curita, se dio por vencido, retiró las acusaciones contra el mozo para todo, pidió disculpas, carraspeó para aclararse la garganta y dijo:


-Aún así, continuamos sin saber qué diantres significa “enemiss”, por qué lo escribieron con las dos “eses” malditas (ya que “enemigos”, en inglés, se escribe enemies) y, sobre todo, nada de lo dicho nos revela al autor del mensajito o qué significado tan terrible, tan acusador o aclarativo pudiera tener para que el difunto Woolcott insistiera en ello antes de morir...

-Bueno -habló Flambeau, probando fortuna con aquello tan fácil y ameno de hacer conjeturas-, ¿y si “enemiss” se refiriese a “enemistad”? Tal vez el misterioso y 'tímido' (reía Flambeau) autor del mensaje acusara a alguien de conservar la enemiga del buen Magistrado, es decir, de tener una lejana y rencorosa “enemistad”, contra Woolcott...

-De nuevo, vuelve mi cándido amigo Flambeau -sonrió Brown. -Ni Sir Wilfred era tan bueno como usted supone (¡que Dios se apiade de mi alma, he criticado a un hombre recién asesinado!) ni “enemiss” remite sólo a la idea esa de la enemistad, idea en la que no le falta razón, por otra parte.


-¿A qué se refiere, Mon Père? -inquirió Flambeau.

-Pues al simple hecho de que, por esta vez, estoy también de acuerdo con la opinión del Inspector Chase. En efecto, lo escrito ahí se parece bastante a la forma en que se dice en inglés “enemigos” (enemies), pero todavía hay ahí algo diabólico y oculto que no logro descifrar...

El Inspector se levantó de su sillón y, con una sonrisa de alborozo y los ojos muy abiertos y chispeantes, proclamó haber dado con la clave del enigma:


-¡Eureka! Lo he resuelto: ¡es un anagrama! “Enemiss”... Un anagrama que acusa a una persona a la que estoy deseando interrogar. Pero ¿no lo ven? “Enemiss”, es decir, “Miss Ene” ¡Miss Artemise North, Miss N...! Eso explica el temor de Sir Wilfred, que vio escrito, indirecta y ocultamente, el nombre de la persona que conspiraba contra él. Alguien debía saberlo, un tercero enterado de toda la maquinación que se cocía a espaldas de Woolcott, y ese alguien, mediante este papelito, dejado en el estuche de armas que sabía en posesión del Magistrado y que abriría antes del duelo, trató de advertirle del plan que se forjaba en su contra. ¿Puede usted refutar estas ideas, mi querido Padre Brown, o tal vez he conseguido convencerle y hayamos dado con la piedra de toque del misterio?

Mi amigo Brown era, por esta vez, el admirado por el buen razonamiento y la agudeza del Inspector Grandison Chase, y no opuso entonces ni la más leve objeción, por dos motivos: uno, porque bien pudiera ser correcto todo lo que había dicho el sr. Chase, aunque aquello de “Miss Ene” le pareciese un poco traído por los pelos (pues si alguien trata de advertirnos contra otra persona, conocida nuestra, ¿no escribiría mejor y más claramente “Miss N.” o “Miss A. N.” en lugar de hacerlo con un anagrama tan absurdo?), y segundo, porque no quería volver a contradecir más a sus dos amigos, aunque él me dijo que, si “enemiss” era un anagrama, mejor que referirse a “Miss N.” debía ocultar otra palabra, pero en aquellos momentos aún no sabía qué otra palabra podría ser. Con todo y eso, el sacerdote católico observó el momento de arrebatador triunfo de su amigo, el policía científico y, no sin antes alabarle a Chase y ponderar su astucia e ingenio, guardó silencio, ya que era lo más juicioso y educado que podía y debía hacer en ese instante, en espera de nuevos acontecimientos, de nuevas declaraciones, las cuales se efectuaron en cuanto el Inspector realizó varias diligencias.

Eran ya las once de la noche. A pesar de que se iba haciendo tarde, Chase pidió a Flambeau que convocara a la señorita North, puesto que el sargento Carruthers se hallaba a esa hora de guardia ante el dormitorio del Fiscal Arthur Parks, confinado en su cuarto. Fue aquella una noche singular, una noche de cielo estrellado, de reveladoras pesquisas, de muchas llamadas de teléfono y de varios incidentes iluminadores.


La primera llamada a la casa fue la del forense, el Dr. Thomas Tanner, que se puso en contacto con el Inspector para referirle su informe preliminar sobre la herida, el ángulo de entrada de la bala (trayectoria frontal, recta, no oblicua, de arriba a abajo, lo cual era lógico, pues Parks era algo más alto que Woolcott) y la ausencia de narcóticos o drogas en la sangre del jurista. Eso dejaba claro muchos aspectos, sobre todo en lo que atañía al segundo disparo, el de la sombra de la ventana.

Acabada la conversación con Tanner, el Inspector Grandison Chase, inmerso en el más apabullante de los optimismos, pleno de triunfo e iniciativa, agarró la guía telefónica y, pese a lo tardío de la hora señalada, marcó el número de la Hook's Armory, la célebre armería del citado sr. Walter Hook. Llamó y tuvo suerte porque pudo ponerse en contacto con Hook, que era un experto comerciante especializado en la venta de artículos de caza y armas en general. Hook le refirió al Inspector varios detalles de sumo interés los cuales me fueron relatados puntualmente por mi amigo el Padre Brown, tal y como los había averiguado Grandison Chase. 
 
Hook confirmó que, en efecto, no hacía muchos días que el Fiscal Parks había comprado la cajita de madera con balas de lo que él llamó munición. No hubo nada extraño en aquella compra y, por cierto (sostuvo Hook), Parks sólo compró una cajita.


Lo extraño del caso es que, dos días después de que Arthur Parks comprara la caja de madera labrada con dos balas cargadas con munición simulada, el Sr. Walter Hook notó que le faltaba otra caja idéntica. 
 
Chase le preguntó en entonces si tenía muchas cajas como aquellas dos, a lo que Hook respondió que, además de aquellas dos (la adquirida por Parks y la que desapareció), sólo había otras tres y esas aún estaban en su establecimiento. 
 
Ante el incontrovertible y desafortunado hecho del robo o de “la misteriosa desaparición de la segunda caja” (según la expresión del armero), idéntica en todo a la que el Fiscal Parks había comprado dos días antes, Hook sólo pudo responder que la echó en falta al hacer el inventario semanal, para comprobar las ventas. Ni él ni sus dos empleados sabrían decir quién, cómo o cuándo pudo entrar alguien en la tienda a llevarse la cajita robada. Según afirmó, tienen mucha clientela, al ser de las pocas armerías especializadas que hay en una ciudad tan grande y populosa como Londres, por lo que no era tan raro que les escamoteasen la cajita.


Toda aquella explicación le sonó muy mal al Inspector Chase, demasiado vaga y algo alambicada, puesto que una tienda que vende esa clase de artículos debe cuidar mucho la seguridad. Amonestó a Hook y le conminó a presentarse el lunes siguiente en las oficinas centrales de Scotland Yard para realizar una declaración completa y detallada. 
 
El Inspector Chase sólo le hizo una pregunta más y fue si, de entre los nombres que él le iba citando (y mencionó los del Magistrado, los del Juez Oliver Thorpe, el anticuario Redvill, la señorita North, el Capitán Gallagher, la señorita Louise Woolcott y su madre, Eleanore), alguno o algunos de ellos pasaron por su tienda el día que Parks compró la caja o en los dos días que siguieron a esa compra. 
 
El sr. Hook vaciló unos minutos, le pidió al Inspector Chase que fuera tan amable de aguardar a que mirara el registro de aquella semana, por si una de esas personas se acercó a preguntar o comprar algo y resultó que en el registro no constaba ninguna de ellas. 
 
Sin embargo y, ante la tozuda y certera insistencia del Inspector, Hook interrogó a los empleados de su tienda y... ¡Bingo! Uno de ellos recordaba que un día después de la visita de Parks, apareció un anciano señor que iba, según dijo, a saludar a su amigo Hook, el cual entonces se hallaba ausente, y el empleado dijo que le daría el recado. El anciano dijo llamarse Redvill, afirmó ser buen amigo y, por lo que el propio Hook sabía, tendría que haber sido él. Dado que Hook no estaba ese día, era lógico que no recordara tal aparición. El empleado aseguró que el llamado Redvill sólo estuvo quince minutos en la tienda, que no compró nada ni entró al almacén.


Grandison Chase, pese a todo, insistió mucho en un último punto y preguntó lo siguiente: “¿pudo acceder a la cajita desaparecida, sin que el empleado se diera cuenta o no?”, a lo que Hook, ya visiblemente enfadado y molesto con el inexcusable descuido de su empleado, por lo que se desprendía del tono de su voz, respondió que era perfectamente posible, dado que esas cinco cajitas, todas idénticas y cada una de ellas con dos balas de munición simulada o de fogueo, reposaban en el escaparate de la tienda, al que era muy fácil echar mano desde dentro, pues sólo un cristal bajo separa la tienda del escaparate. 
 
El ladrón, fuera Redvill o aquella persona que dijo llamarse así, bien pudo, en un despiste del empleado, alargar el brazo, tomar la cajita y echársela al bolsillo, sin que fuera echada en falta hasta el día siguiente.

Concluyó la conversación entre Chase y el sr. Hook, no sin antes recordarle que se pasara por Scotland Yard el lunes para completar aquella declaración y que le acompañara el empleado que vio a ese anciano... 
 
Mientras Chase hablaba con Walter Hook, Flambeau había ido a llamar a la señorita North, la cual apareció en la estancia como una auténtica diosa. No en vano, como buen le hizo notar Flambeau al curita (de forma velada y susurrada), la tal señorita North se llamaba Artemise, es decir, como Diana, la diosa de la caza de romanos y griegos.


Desde que llegara a la mansión, mi buen amigo, M. Hércule Flambeau, el detective gascón, andaba enamorado de aquella mujer elegante, seductora, de mediana estatura, ojos castaños, pelo cobrizo, finas cejas, labios ni muy gruesos ni muy finos, maravilloso cutis y manos delicadas, aunque un poco manchadas de tinta, pues a pesar de que ya existieran las primitivas máquinas de escribir, ella aún conservaba la vieja costumbre de anotarlo todo usando una pluma estilográfica. Lo de la pluma no pasó inadvertido al Padre Brown, mientras que Flambeau estaba embobado contemplando la esbelta figura, las piernas y la grácil y aventurera forma de moverse de la joven periodista del Evening Star, la cual acababa de realizar una nueva llamada de teléfono al redactor jefe de su periódico, el sr. Angus Macallan. 
 
Antes de que vosotros, queridos y amables lectores de este folletín policial sobre el extraño misterio de Woolcott Manor, conozcáis los entresijos de la declaración de la bella (e inexplicablemente soltera) Miss Artemise North, habéis de saber que la prensa del domingo ya llevaba negro sobre blanco todo lo referente al Caso Woolcott, debido a que esa misma tarde la citada señorita North había informado a su editor y al redactor jefe, los cuales guardaron la noticia para el día siguiente con todo el celo que pudieron, pero ya se sabe cómo es el mundillo de la prensa: el menor secreto se filtra de la manera más absurda e insospechada y, por culpa de un cajista algo bocazas y bobalicón que le comentó casi todo a un periodista amigo suyo, aunque de la competencia, la noticia de la muerte de Sir Wilfred, del arresto de Parks y algunos, pero no todos, detalles del drama, salieron en bastantes y muy diversos medios de la prensa londinense. 
 
Una vez se hubo sentado frente a la mesa donde Chase anotaba todo lo más destacado del caso, la señorita North se empolvó la nariz, guardó la polvera y dijo estar a disposición de aquellos tres caballeros. Habló el Inspector:


-Miss North es usted periodista. Me consta que fue usted invitada aquí como cronista de sociedad, ante el evento extraordinario de un duelo simulado entre los señores Woolcott y Parks. Nada que objetar a su presencia, pero, antes de que nos diga nada, he de comentarle que, pese a entender el hecho de que haya llamado usted a sus jefes, le ruego que ciertos detalles muy concretos de este caso no sean revelados...

-¿Cómo cuáles? -inquirió Artemise North, con su delicado tono de voz.

-Oh, le ruego que silencie lo más posible y se limiten ustedes a reseñar tan sólo el triste, desgraciado y trágico hecho de la muerte de Sir Wilfred, con la inexcusable reseña de que se trata, sin duda, de un caso de asesinato, de maquinación criminal, pero ofrezcan los menos detalles posibles. Nada sobre las pistolas semiautomáticas, las balas o su calibre ni aspectos que puedan resultar escabrosos...

-¡Pero si esos son, precisamente, los aspectos que más nos suelen demandar los lectores, querido Inspector! -protestó Miss North, no sin razón, y sin dejar de hacer uso de una elegante y cuidadosa dicción. -¿Pretende usted que sólo presentemos un mero esbozo de los hechos, que no demos ni el menor asomo de información? Se nota que desconoce usted el mundo de la prensa. Deben ustedes pasearse un poco por Fleet Street para ver la clase de gente, gentuza y gentecilla canallesca que habita en las redacciones y tabernas de esa zona.


-Haga como le plazca, señorita North -tronó Chase- pero le advierto muy seriamente de que cualquier distorsión o exceso de datos macabros en lo que su diario publique al respecto de este caso, podría constituir un delito. Dicho queda y vayamos a lo práctico. Le ruego sea lo más sincera posible y nos diga todo lo que sepa. Primero: ¿cuándo conoció usted al Magistrado?

-Le conocí en Ascott, en las carreras de caballos, hace pocos años, cuando era una mera aprendiz de periodista. Estaba allí informando de la vida social, con un compañero de redacción del Star que se encargaba entonces de la información estrictamente deportiva. Sir Wilfred estaba allí con su esposa y su hija. Tomamos el almuerzo y, lo que empezó como un simple encuentro casual, se ha fue convirtiendo en franca y amable relación entre el difunto Magistrado, su familia y yo. Desde entonces, me han invitado a veces a pasar algunos fines de semana en esta mansión, se ha fortalecido esa amistad con el Magistrado y, sobre todo, le debo eterna gratitud porque tuvo a bien ayudarme en muchas ocasiones.

-¿Podría ser más concreta? -intervino el curita Brown, por primera vez. -Me refiero a esas ayudas... ¿En qué se traducían y a qué la obligaban a usted?

Artemise North miró al sacerdote, no sin cierto desprecio, aunque no tardó en responder a su demanda. Dijo la encantadora dama que Sir Wilfred le había ayudado prestándole ciertas sumas de dinero y que esos préstamos no la obligaban a nada deshonroso ni embarazoso. Antes bien, nunca tuvo que devolverle al Magistrado ni un solo penique, lo que a los tres caballeros les pareció un tanto extraño, sabedores de que cualquier acción de ese tipo se realiza esperando una contraprestación. Con todo, la señorita North afirmó que nunca tuvo que ceder a ningún tipo de chantaje, ni favor sexual, ni tampoco se vio en la penosa obligación de tapar informaciones periodísticas comprometedoras o peligrosas para la reputación de Sir Wilfred.


-Me crean o no -concluyó Artemise North-, les aseguro que Sir Wilfred nunca se propasó conmigo. Según los ojos que vean una acción, según juzguen esa acción, parecerá honesta o deshonesta, decente o indecente... Y yo puedo decirles que Sir Wilfred nunca pasó de meros coqueteos conmigo, cosa que entiendo, no por mi belleza o por mi profesión, sino porque un hombre de su edad, estado y posición social con frecuencia suele verse a sí mismo como un conquistador y necesita demostrarse o demostrar a todos que aún puede seducir a una mujer, aunque no pretenda llevarla a su alcoba, ¿no les parece?

Los tres guardaron silencio; Flambeau y Chase suspiraron melancólicamente y tal vez el Padre Brown pensara si Miss North podría haber escrito o no aquel endiablado papel con la palabra “enemiss”, usando la famosa pluma estilográfica.

[CONTINUARÁ...]