domingo, 3 de julio de 2011

DUELO POR UNA ANTIGUA NÉMESIS (9) [Dedicado a CAMINANTE]


DUELO POR UNA ANTIGUA NÉMESIS
(9)

El Padre Brown miraba muy entretenido las caras de su amigo Flambeau y del Inspector Chase, los cuales no dejaban de observar y deleitarse con la adorable visión de la bellísima Artemise North, que seguía declarando sobre el triste caso que les ocupaba. Chase tomó la palabra de nuevo y planteó un asunto que no era agradable de por sí, pero estaba obligado a hacerlo, bien que tratase de ser lo más educado y correcto que fuera posible:

-Señorita North, no alcanzo a entender cómo una mujer soltera como usted y que disfruta de cierto dinero, obtenido con su profesión de periodista, se vea en la tesitura de pedirle dinero a nadie. ¿Por qué Sir Wilfred le prestaba esas cantidades, qué motivaba esa extraña relación entre ustedes?

-Bueno, esperaba no tener que decirlo pero, ya que insiste tanto, no me queda más remedio que contarlo todo: verán ustedes, no soy quien para hablar de mis virtudes, aunque sí puedo hablar de mis defectos. Uno de ellos es el enloquecido apego que le tengo al juego, a muchos tipos de juego: apuestas hípicas (por eso mencioné lo de Ascott), juegos de cartas... Me entusiasma apostar, casi a cualquier juego. Y eso ha hecho que pierda mucho dinero, dinero que no gano con mi trabajo (una periodista como yo ha de trabajar muchas horas para obtener al fin un miserable sueldo) y por ello me vi en la necesidad de acudir a Sir Wilfred. Primero fueron pequeñas sumas, préstamos iniciales que le devolví íntegramente; luego me fueron pudiendo mis veleidades con la ruleta, las apuestas hípicas y demás... y allí estuvo Sir Wilfred, galante y al rescate, para sacarme una y otra vez de mi bancarrota y mi ludopatía. Si él albergaba otra contraprestación más allá de nuestra amistad y mutuo afecto, lo ignoro; ya he señalado que nunca se propasó conmigo, aunque fuera consciente de sus coqueteos. Aún le debo mucho dinero, que habré de pagar a su familia. Y antes de que ustedes me reprochen tener un perfecto motivo para maquinar la muerte de Sir Wilfred, les diré que, en efecto, yo lo tenía pero, al tiempo, he de ser rotunda en esto: ni pensé asesinarle nunca ni me alié con nadie para hacerlo. Nunca le deseé mal, ni a él ni a nadie, y sólo lamento haber asistido a su muerte.

-Nadie la ha acusado de nada -afirmó Chase- pero he de reconocer que se me había pasado por la cabeza y que, al igual que el resto de los familiares e invitados de Woolcott Manor, usted está sin duda entre los sospechosos. El caso ha dado un giro inesperado, señorita North. Antes pensábamos que una persona había sustituido el juego de balas de fogueo por un par de balas auténticas. Pero ahora sabemos que alguien cambió la cajita de madera que contenía las balas con la munición simulada por otra caja idéntica con balas reales. Un ardid genial, que implica que casi cualquiera de los sospechosos pudo hacerse con una cajita como la que Parks compró en la Hook's Armory y ponerla en el lugar de la otra, lo que acusaría inmediatamente al Fiscal, cosa que así ha sucedido. Ese alguien es el responsable último del crimen, por más que la mano que acabase con Woolcott fuera la del Fiscal. Aún no sabemos quién robó esa caja de balas reales de la armería del señor Walter Hook; tampoco sabemos cuándo las cambió por la caja comprada por Parks ni si en esta terrible y macabra historia hay implicadas una o dos personas. Usted, señorita North, nos acaba de decir que no se alió con nadie para maquinar el final de Sir Wilfred pero usted, además de motivos y medios, tuvo suficiente tiempo para cambiar las cajas antes de que Woolcott y los demás fueran al salón de juegos a coger las pistolas y las balas...

-¡Se equivoca! -subrayó, firme en su voz, la señorita Artemise North. -En ese momento yo estaba con el anticuario, ese tal Redvill. Si, como usted acaba de sugerir, yo hubiera cambiado esas cajas, tendría que haber sido mucho antes. Y antes de estar con Redvill, anduve con las demás damas, en una muy animada charla. Y aún antes, en la comida. Todo el tiempo estuve siempre junto a alguna otra persona y, por cierto, durante este fin de semana y en lo que llevo de estancia aquí no he pisado la sala de juegos... aunque es cierto que pudiera haber cambiado las cajas ayer viernes.

-Ha dado usted en varios puntos cruciales del caso -intervino el Padre Brown que aún conservaba su bobalicona mirada de miope-, como por ejemplo su coartada, es decir, el rato ese en que usted y Redvill estuvieron juntos. También el hecho de que Parks trajo la cajita de marras el viernes. Eso me lleva a hacerle, con el permiso del Inspector Chase, dos preguntas: Primera, ¿conocía usted a Redvill o era la primera vez que se veían? Y segunda, ¿el señor Parks les enseñó a ustedes la caja de madera con las balas el viernes o la sacó hoy, cuando mostraron las armas y las balas en la sala de juegos?

Artemise North aún miraba con cierto desdén al Padre Brown, pero no puso ni la más leve objeción a sus preguntas, las cuales respondió puntualmente:

-A lo primero que pregunta he de decir que no, que nunca antes había visto al sr. Redvill, aunque sí había oído hablar de él, ya que Sir Wilfred estaba muy orgulloso de su colección de antigüedades y sé que la mayoría de los objetos que la componen los compró en la tienda de ese anticuario. A lo segundo que plantea respondo que yo no he visto las armas, las balas y las cajas que las contenían hasta hoy, aunque no podría decir si el señor Parks le enseñó antes esa cajita de madera a alguien.

-Sabemos por varias declaraciones -intervino Flambeau- que Redvill conocía de antemano el tipo de armas y de balas que iban a usarse en el infortunado duelo de hoy, así que no es impensable que también supiera por el propio Fiscal Parks dónde había adquirido las balas con la munición simulada. Eso excluye totalmente a la señorita North, ¿no creen?

-Bueno, aprecio mucho su deducción, amigo Flambeau -cortó el Inspector Chase, al cual ya no le quedaba ni el más pequeño cigarrillo que llevarse a la boca, con lo que los echaba de menos y eso le ponía nervioso-, pero tal vez sea mejor que dejemos las conclusiones para el final. De momento, he de creer a Miss North, pero eso no la excluye de nada. Ella dice que no conocía a Redvill y el anticuario diría lo mismo pero -y perdóneme, Miss North, por decir lo que voy a decir- ambos podrían estar mintiendo. Al igual que podría haberse conchabado con otra persona, qué sé yo, con el mismo Parks o con Gallagher o... Y estaríamos ante un crimen en complicidad, algo que, por ahora, no debemos descartar. En fin, Miss North, hay muchas más cosas que me gustaría saber de usted y de sus relaciones con Woolcott y las demás personas aquí invitadas, pero ya habrá tiempo de que haga usted una declaración más completa en Scotland Yard. Una cosa, para finalizar. Hemos encontrado un mensaje en un papel. Ahora no viene al caso saber quién lo escribió o por qué. Véalo. Dice “enemiss”. Está claro que es un anagrama y precisamente “enemiss” fueron las últimas palabras de Sir Wilfred antes de morir. ¿Qué puede comentarnos al respecto?

-Le puedo asegurar -dijo la señorita North con tono firme y resuelto- que es la primera vez que veo semejante papel; que, por supuesto, yo no lo he escrito y que no sé quién, cómo o por qué alguien iba a escribir eso. 
 
-Pero alguien lo hizo -enfatizó Chase- y puede que fuera usted. El Padre Brown dice que es letra de hombre, pero redondeada, como suelen hacerla las mujeres. ¿Le importaría dejar aquí una muestra de su escritura?

La señorita North no tuvo el menor inconveniente. Tomó su pluma azul, le quitó la tapa, estampó su firma, no menos hermosa que ella misma, y se la dio al Inspector, el cual se la pasó al clérigo. El Padre Brown se quitó las gafas, cotejó ambas escrituras y, tras unos instantes de meditación, dijo:

-No, Inspector, creo que las caligrafías no coinciden. Ya dije que no soy un experto en el tema, pero me parece que Miss North no escribió esas letras.

El inspector quiso saber algunas cosas más sobre Miss North, acerca de su relación con Parks, con el Juez Thorpe o con el Capitán Gallagher. Dijo que los conocía a todos, pero ese conocimiento le vino dado por la amistad que le unía con Sir Wilfred y su familia. En cierta ocasión entrevistó al Fiscal Parks para el Star, su diario. Al Capitán Gallagher le tenía mucho aprecio, al igual que a Louise Woolcott y a la esposa del Magistrado. 
 
-Antes de que se vaya, ha de aclararnos su testimonio acerca de lo que vio mientras se ejecutaba el duelo. Dijo usted haber visto salir una mano, la mano de un hombre, de uno de los ventanales que dan a los jardines de la mansión, ¿es correcto? Bien. ¿Podría ampliar esa declaración? ¿Cómo supo que era la mano de un hombre y qué ocurrió?

-Con mucho gusto, Inspector, les contaré lo que vi -asintió Artemise-. En efecto, yo estaba sentada junto a la señora Woolcott y su hija Louise. Detrás de nosotras estaba el sr. Redvill, enfrente estaban los padrinos y el Juez Thorpe y, a cada lado, moviéndose a sus posiciones de disparo, los señores Woolcott y Parks. Desde donde estábamos sentadas se podía ver el duelo perfectamente. Al salir al jardín, me extrañó bastante que el Capitán Gallagher no nos acompañara, pero Louise me confió que el Capitán había vuelto a discutir con su padre, ya que este se negó una y otra vez a concederle la mano de su hija. Todos saben que el Capitán es hombre fuerte y muy diestro en el manejo de las armas. Saben también que esta tarde no iba vestido de uniforme, pero llevaba un traje marrón, muy parecido al de algunos militares. No es que yo sea una mujer muy observadora pero, antes de que los duelistas disparasen, volví la cabeza hacia el ventanal porque me pareció que algo se movía allí. Estaba en lo cierto: vi que una mano, la derecha, abría la ventana y sacaba casi todo el brazo fuera, sosteniendo una pistola negra. Era como si la mano dudara hacia dónde tirar... Al principio creí que iba a disparar contra Sir Wilfred, porque me pareció que se movía en esa dirección, pero luego se desvió hacia donde estábamos nosotros. Enseguida oímos el disparo de Parks, cayó Sir Wilfred al suelo, oí a Louise y a su madre gritando y al mismo tiempo la segunda detonación que nos pasó muy cerca. Fueron instantes caóticos, en los que temí que una de nosotras hubiera sido herida... 
 
-Muchas gracias por darnos todos esos detalles. Ahora me queda más claro el asunto del disparo misterioso. Pero no ignore, señorita North -concluyó Chase-, que aún sigue usted bajo el punto de mira policial. Estamos seguros de que usted no realizó ese disparo pero eso no la elimina como sospechosa de tramar la muerte de Woolcott, tal vez en complicidad con alguna otra persona. No se ofenda por lo que acabo de decir. Debo sospechar de todos, aunque respete su presunción de inocencia. En fin, le ruego no abandone la mansión. Tiene mi permiso para retirarse a descansar...

Pasaban las once y media de la noche cuando la señorita North abandonó el salón donde se desarrollaban los interrogatorios. Flambeau acompañó a Miss North a su cuarto, sin dejar de darle ánimos y expresarle disculpas por lo que juzgaba un exceso de rudeza y suspicacia por parte del Inspector. El coloso francés trató de justificar la conducta del Inspector diciéndole a la dama que esas sospechas eran gajes del oficio detectivesco, rogándole que excusara aquella falta de modales. El gascón la llevó hasta su dormitorio, ya que Artemise estaba muy alterada por las palabras de Chase. Enseguida, fue a llamar a Louise Woolcott, tal y como el Inspector le había pedido.

Una niebla fina fue envolviendo la casa al igual que el guante de un ladrón envuelve la joya que va a robar. A pesar de lo tardío de la hora, en Woolcott Manor nadie parecía tener el más leve atisbo de sueño, salvo el Juez Oliver Thorpe, que dormitaba en un columpio del jardín, plácida y silenciosamente dormido, a pesar del frío de aquella gélida noche de febrero. Tuvo que salir el buen mayordomo Carter, tan estirado como siempre, para despertarle y acompañarle a su dormitorio, pues el pobre viejo no sabía ni dónde estaba. En pocos minutos le ayudó a desvestirse, lo acostó y el adorable y sordo Juez quedó en brazos de Morfeo de forma casi instantánea.

Además de Thorpe, ya se hallaban en sus respectivos cuartos el Fiscal Parks, el anticuario Redvill y la periodista Miss North. En todas las demás personas que habitaban la mansión durante aquel desgraciado fin de semana podían verse rostros de miedo y expectación. Parks, presa de la culpa por haber disparado a Sir Wilfred, no podía dormir. Permanecía confinado en su cuarto y era vigilado por el sargento Carruthers, que ordenaba sus informes una y otra vez para no quedarse dormido. Artemise North se metió en la cama, trató de dormir un poco y, aunque le costara mucho dejar de pensar en las agrias palabras que el Inspector Chase le había dirigido, se quedó dormida una media hora después de acostarse. Por su parte, Redvill tampoco lograba dormir e iba de un lado a otro de su cuarto, ora sentándose a leer un libro o a hacer el crucigrama del periódico, ora a mirar por la ventana, viendo cómo la niebla, primero fina y luego cada vez más densa, se iba espesando con el correr del reloj. Ya sólo quedaban por oír las declaraciones de Louise Woolcott, su madre, el mayordomo Carter y... el Capitán George Gallagher, por supuesto, pero del militar aún no se tenía la menor noticia.

Louise Woolcott, que acababa de hacer una llamada de teléfono, reflejaba todavía en su pálida faz la conmoción por lo que había sucedido. Entró en el salón seguida de Flambeau, tomó asiento y aguardó a que la interrogaran. El Inspector Chase hubo de pedirle al gigante francés uno de sus puros, que encendió sin pedir permiso a la joven Louise. Exhaló el humo a sus anchas, miró sus notas (mientras Louise llegaba, el fornido policía había dibujado dos planos, uno de la casa y otro de los jardines) y, dirigiéndose a la pálida Louise, realmente entristecida y enrabietada, preguntó:

-Usted y el Capitán Gallagher se quieren y desean casarse, ¿no es cierto, señorita Woolcott? Bien. Además está el hecho de la discusión que el citado Gallagher y su padre mantuvieron tras la comida y luego su misteriosa y extraña forma de escapar. Creemos que él pudo ser el autor del segundo disparo, el que pasó muy cerca de donde estaban sentadas ustedes. ¿Qué puede decirnos al respecto de todo esto?

Louise guardó silencio unos segundos, respiró fuertemente y, tras pensarlo un poco, sacó fuerzas de flaqueza y respondió:

-Para que puedan ustedes entenderlo todo, he de remontarme un poco al pasado. El Capitán Gallagher y yo nos conocimos aquí mismo, hace tres años más o menos, en una fiesta que dio mi padre. Por aquel entonces mi padre y el sr. Parks, como bien saben, aún guardaban cierta distancia. Parks había sido el abogado de la familia de Gallagher y fue invitado por mi padre a esa fiesta porque quería tratar de reconciliarse con el Fiscal. No logró nada de eso pero, en cuanto que conocí a George... (me permitirán que le llame por su nombre de pila)... bueno, me enamoré de él. Mi padre no se ha enterado de nuestro noviazgo hasta hace cuatro meses, en que me vi en la obligación de revelárselo, cuando me sorprendió leyendo una carta de George. Desde entonces, mi padre se ha opuesto no sólo a nuestra relación amorosa sino también a nuestra boda. Mi padre, al que al principio le caía muy bien el Capitán, luego le despreció y no dejaba de decirme que rompiera con él, ya que juzgaba que no era más que un cazador de fortunas, un pelagatos que no me quería nada y sólo andaba tras los millones de la familia. Si le invitó aquí en esta ocasión fue porque yo le forcé a ello, amenazándole con irme de casa si no accedía a que George viniera. Ya sé que él es un hombre muy temperamental e impulsivo: es su sangre irlandesa, no puede remediarlo. Por ello sé que discutió muy agriamente con mi padre, que casi llegan a las manos y que él se enfadó y no quiso salir a ver el duelo. Me lo dijo minutos antes de que toda esta desgracia comenzara. Pero tienen que creerme si les digo que él no quería matar a nadie...

-¡Luego admite que él fue quien disparó desde la ventana! -bramó Chase.

-Ya sé lo que les ha contado Miss North. Yo no vi quien disparaba desde la ventana y... ¡me parece una temeridad acusar a George Gallagher solo por el hecho de que haya huido de esta casa! 
 
-Pero ¿cómo explica esa huida? Reconózcalo, señorita Woolcott. -terció el bueno de Flambeau. -No tiene sentido seguir protegiendo a su amigo... Es mejor que nos diga toda la verdad. ¿Sabe usted adónde ha podido huir?

-¡No lo sé! -vociferó Louise, histérica- ¡Y aunque lo supiera no lo diría!

-Eso le honra -intervino el Padre Brown, que acababa de encender su vieja pipa de brezo- pero en nada ayuda al sr. Gallagher ni a usted. Conviene que haga caso al amigo Flambeau y nos diga toda la verdad. ¿Fue Gallagher quién realizó ese disparo o no? ¿Por qué cree usted que disparó, contra quién disparaba, si no era contra su padre? ¿Y dónde ha podido ocultarse? 
 
Louise se emocionó y comenzó a llorar desconsoladamente. Había llegado a la convicción de que era mejor decirlo todo, aunque con ello pudiera ser que perjudicara a su amado Gallagher. Se secó los ojos, se sonó la nariz y, rehaciendo su compostura, reveló:

-Su familia, además de sus propiedades en irlanda, posee una modesta casa en Croydon, aunque no creo que él haya ido allá. La verdad, no sé dónde ha podido esconderse, pero es muy probable que haya cogido su automóvil en dirección a Guildford, en Surrey, a casa de su amigo Fred Martinson. Pero tal vez haya ido a otra parte... En cuanto a si fue él quien disparó, bueno, yo no le vi pero es lo más probable. En la casa sólo estaban él, el mayordomo y los otros miembros del servicio doméstico. Él es un excelente tirador, así que, para qué ocultarlo. Sí, parece debió ser él quien disparó... Pero ignoro por qué lo hizo. No creo que quisiera matar a mi padre. Ya se encargó de ello el tal Arthur Parks, esa víbora falsa y mentirosa. A mi padre le odiaba mucha gente. Muchos de los que estaban aquí le odiaban: creo que Parks, a pesar de que diga que se habían reconciliado, le seguía odiando en secreto; y Redvill le guardaba cierta envidia porque mi padre, a instancias del Fiscal Parks, comenzó a sospechar que algunas de las antigüedades que nos vendía eran falsas; y esa señorita North, esa arpía, esa devorahombres, le debía mucho dinero a mi padre... Como verán, cualquiera de ellos tenía motivos de sobra para querer su muerte y ser el criminal que buscan.

Y aquí cesó de hablar, porque Flambeau la interrumpió, diciendo:

-Se olvida usted, querida señorita Woolcott, de usted misma. Sí, usted y el Capitán tenían un motivo muy sólido. Incluso yo diría que dos motivos: por un lado, librándose de su padre podrían tener vía libre para casarse y, por otro, su muerte les acabaría proporcionando una ingente cantidad de dinero y ya sabemos que las herencias, en estos casos, son móviles muy poderosos.

-¡Retire usted lo que acaba de decir, señor Flambuá! -gritó Louise. 
 
-¡Me llamo Flambeau! Disculpe el ímpetu de mis suposiciones pero sólo deseaba hacer ver que ustedes dos también son sospechosos del crimen...

-Bueno, basta ya -tronó el Inspector Chase. -Es muy tarde y ya todos vamos estando cansados. Disculpe a Monsieur Flambeau. Por una vez no he sido yo el suspicaz... Responda a un par de cosas más, señorita Woolcott, y podrá usted irse a descansar: ¿sabe si Gallagher conocía de antemano las armas que se iban a usar en el duelo?

-Por supuesto que sí. Él admira la colección de mi padre. George es todo un entendido en armas de fuego, pero eso no implica que manipulase las armas o las balas para acabar con la vida de mi padre...

-Ahora sabemos que el criminal (o tal vez criminales) sustituyeron la caja que contenía las balas por otra de igual forma, tamaño y materia. ¿Conoce usted o conocía el sr. Gallagher la armería de Walter Hook, en Londres?

-Yo no la conozco y no puedo hablar por George. Es posible que él sí sepa de su existencia, pero no podría asegurarlo. 
 
-¿Vio usted si alguien tocaba la cajita de las balas en algún momento, ya fuera antes o después de la comida?

-No vi la caja de las balas más que en dos ocasiones: cuando me la mostró el sr. Parks, al llegar a Woolcott Manor, y cuando la sacaron para realizar ese estúpido e infortunado juego del duelo. 
 
-Tras la comida usted estuvo con su madre y la señorita North tomando el té y parece que la citada periodista fue luego a charlar y tomar más té con el anticuario Redvill. ¿Dónde estuvo usted antes de que comenzara el duelo?

-Con mi madre. Seguimos hablando. Hablamos de la discusión que George había mantenido con mi padre en el salón de juegos. No pude hablar con George, aunque hice que le llamaran. Tengo la sensación de que él sabía algo, de que él pudo saber algo y tal vez trató de prevenir a mi padre. Eso quizá explique lo del disparo, no lo sé. Estoy muy confundida, muy cansada, totalmente hundida por la muerte de mi padre... Solamente espero que esta pesadilla termine cuanto antes.
Los tres detectives no quisieron molestar más a la señorita Woolcott. Eran conscientes del esfuerzo que había hecho y de que había demostrado (al menos eso parecía) una franqueza y una sinceridad enormes. Chase le dio las gracias y permitió que se fuera a dormir. 
 
Dieron las doce. El Inspector llamó por teléfono a Scotland Yard, para que dos patrullas fueran movilizadas de inmediato: una, con destino a Croydon y la otra, con rumbo a Guildford. Mientras realizaba estas diligencias, acabó su puro y decidió que era demasiado tarde como para que compareciera la señora Eleanore Woolcott. Mañana a primera hora, tras el desayuno, le tomarían una completa declaración, una vez hubieran descansado. 
 
Entre tanto, Flambeau y el Padre Brown estudiaron los planos que Chase había ido dibujando sobre la marcha, para hacerse una idea de la situación en que todos se hallaban cuando ocurrió el crimen y poder comprender qué había detrás de todo aquello. Al curita católico le inquietaba aún la palabrita de “enemiss” y no dejaba de darle vueltas en su cabeza a combinaciones cada vez más absurdas y enrevesadas. Se dio por vencido y se dijo -según pudo revelarme cuando me contó el caso- que el sueño, ese sacramento natural, le ayudaría a despejar la mente y a ver el problema, insoluble para él en ese punto de la investigación, con ojos más despiertos y penetrantes.

[CONTINUARÁ...]

sábado, 25 de junio de 2011

DUELO POR UNA ANTIGUA NÉMESIS (8) [Dedicado a CAMINANTE]

DUELO POR UNA ANTIGUA NÉMESIS
(8)

Al Inspector Chase la conducta del mozo Bill Barrett le pareció, al principio, un poco sospechosa. Cierto es que llegó a pasársele por la imaginación la idea de que el jovencito pudo coger un trozo de papel de cualquier parte, garabatear las siete letras de esa extraña palabra (“enemiss”) para luego ir tan alegre como descaradamente ante la presencia del Inspector y sus dos amigos, con el propósito de embolsarse las monedas prometidas. Chase, una vez que el mozalbete hubo abandonado el salón principal, no tuvo reparos en acusarle de aquella especie de falsificación, compartiendo su temor y su recelo con los otros:

-¿Quién nos dice que no lo haya hecho por el dinero que le ofrecí? -bramó Grandison Chase, cuyo continuo estado de alerta le hacía dudar hasta de su sombra. -En otras palabras: esos garabatos me parecen obra de un niño...

-¡O de alguien que desea que creamos que un niño o que una persona sin muchos estudios lo hizo! -subrayó el Padre Brown. -Escúchenme: no veo por qué acusar también al chico pelirrojo, por más que tenga cara de travieso, y todos los niños de su edad suelan serlo. El motivo del dinero no me parece suficiente como para que llevara a cabo la comedia que sugiere, querido Chase. Miren el papel: es de aceptable calidad, aunque no esté timbrado ni pueda verse en él marca de agua alguna. Pero lo que me lleva a descartar al mozo Barrett como autor de estas letras es justo lo que a usted le lleva a acusarle. Los niños de su edad están hartos de que en la escuela les manden hacer caligrafía, y él se hubiera esmerado un poco más al realizar los trazos en tinta. Quien fuera parece haber usado una pluma, y no de mala calidad, creo. Observen la tinta y el trazo. Para mí, es letra hecha por mano de hombre, aunque sea redondeada, como la típica letra de mujer, no obstante. ¿Por qué digo hecha “por mano de hombre”? Por la presión con la que marcó los trazos, que han dejado relieve en la otra cara del papel. Una mujer, de manos más suaves y menos fuertes, por lo general, apenas habría dejado huella por el otro lado. Aquí observamos la letra de alguien decidido, alguien -diría incluso- culto, con estudios, que ha querido simular ex professo lo contrario: que lo había escrito un palurdo. Vean las “eses” y la letra “e”: demuestran cierto temperamento artístico, con ese trazo, aparentemente desmañado pero muy cuidadoso, en verdad...


-¡Caray, mon Père! -silbó el colosal detective francés. -No sabía que fuera usted un experto en caligrafía y grafología, eh...

-Oh, Flambeau -suspiró el curita. -¡No lo soy! Usted lo sabe. En el ejercicio de mi vocación he leído muchas cartas y muchos de mis feligreses, gente pobre, sin estudios y ágrafa, me ha pedido que les escriba cartas pidiendo cosas a familiares suyos, por eso conozco muchos tipos de letras. En último término, Flambeau, tan sólo he aplicado la lógica, la razón más elemental, y esta me dice que el autor de ese aparente garabato es alguien muy astuto e inteligente, que se ha tomado muchas molestias para ocultar el hecho de que es persona culta, de estilo y buena vida. En suma, es letra de adulto, y no de niño, letra de una persona incógnita, con dinero y buena educación, que ha querido disimular todo eso, ¿no creen?

El Inspector Chase, el cual miró a Flambeau fijamente, ambos totalmente sorprendidos por los aplastantes argumentos del curita, se dio por vencido, retiró las acusaciones contra el mozo para todo, pidió disculpas, carraspeó para aclararse la garganta y dijo:


-Aún así, continuamos sin saber qué diantres significa “enemiss”, por qué lo escribieron con las dos “eses” malditas (ya que “enemigos”, en inglés, se escribe enemies) y, sobre todo, nada de lo dicho nos revela al autor del mensajito o qué significado tan terrible, tan acusador o aclarativo pudiera tener para que el difunto Woolcott insistiera en ello antes de morir...

-Bueno -habló Flambeau, probando fortuna con aquello tan fácil y ameno de hacer conjeturas-, ¿y si “enemiss” se refiriese a “enemistad”? Tal vez el misterioso y 'tímido' (reía Flambeau) autor del mensaje acusara a alguien de conservar la enemiga del buen Magistrado, es decir, de tener una lejana y rencorosa “enemistad”, contra Woolcott...

-De nuevo, vuelve mi cándido amigo Flambeau -sonrió Brown. -Ni Sir Wilfred era tan bueno como usted supone (¡que Dios se apiade de mi alma, he criticado a un hombre recién asesinado!) ni “enemiss” remite sólo a la idea esa de la enemistad, idea en la que no le falta razón, por otra parte.


-¿A qué se refiere, Mon Père? -inquirió Flambeau.

-Pues al simple hecho de que, por esta vez, estoy también de acuerdo con la opinión del Inspector Chase. En efecto, lo escrito ahí se parece bastante a la forma en que se dice en inglés “enemigos” (enemies), pero todavía hay ahí algo diabólico y oculto que no logro descifrar...

El Inspector se levantó de su sillón y, con una sonrisa de alborozo y los ojos muy abiertos y chispeantes, proclamó haber dado con la clave del enigma:


-¡Eureka! Lo he resuelto: ¡es un anagrama! “Enemiss”... Un anagrama que acusa a una persona a la que estoy deseando interrogar. Pero ¿no lo ven? “Enemiss”, es decir, “Miss Ene” ¡Miss Artemise North, Miss N...! Eso explica el temor de Sir Wilfred, que vio escrito, indirecta y ocultamente, el nombre de la persona que conspiraba contra él. Alguien debía saberlo, un tercero enterado de toda la maquinación que se cocía a espaldas de Woolcott, y ese alguien, mediante este papelito, dejado en el estuche de armas que sabía en posesión del Magistrado y que abriría antes del duelo, trató de advertirle del plan que se forjaba en su contra. ¿Puede usted refutar estas ideas, mi querido Padre Brown, o tal vez he conseguido convencerle y hayamos dado con la piedra de toque del misterio?

Mi amigo Brown era, por esta vez, el admirado por el buen razonamiento y la agudeza del Inspector Grandison Chase, y no opuso entonces ni la más leve objeción, por dos motivos: uno, porque bien pudiera ser correcto todo lo que había dicho el sr. Chase, aunque aquello de “Miss Ene” le pareciese un poco traído por los pelos (pues si alguien trata de advertirnos contra otra persona, conocida nuestra, ¿no escribiría mejor y más claramente “Miss N.” o “Miss A. N.” en lugar de hacerlo con un anagrama tan absurdo?), y segundo, porque no quería volver a contradecir más a sus dos amigos, aunque él me dijo que, si “enemiss” era un anagrama, mejor que referirse a “Miss N.” debía ocultar otra palabra, pero en aquellos momentos aún no sabía qué otra palabra podría ser. Con todo y eso, el sacerdote católico observó el momento de arrebatador triunfo de su amigo, el policía científico y, no sin antes alabarle a Chase y ponderar su astucia e ingenio, guardó silencio, ya que era lo más juicioso y educado que podía y debía hacer en ese instante, en espera de nuevos acontecimientos, de nuevas declaraciones, las cuales se efectuaron en cuanto el Inspector realizó varias diligencias.

Eran ya las once de la noche. A pesar de que se iba haciendo tarde, Chase pidió a Flambeau que convocara a la señorita North, puesto que el sargento Carruthers se hallaba a esa hora de guardia ante el dormitorio del Fiscal Arthur Parks, confinado en su cuarto. Fue aquella una noche singular, una noche de cielo estrellado, de reveladoras pesquisas, de muchas llamadas de teléfono y de varios incidentes iluminadores.


La primera llamada a la casa fue la del forense, el Dr. Thomas Tanner, que se puso en contacto con el Inspector para referirle su informe preliminar sobre la herida, el ángulo de entrada de la bala (trayectoria frontal, recta, no oblicua, de arriba a abajo, lo cual era lógico, pues Parks era algo más alto que Woolcott) y la ausencia de narcóticos o drogas en la sangre del jurista. Eso dejaba claro muchos aspectos, sobre todo en lo que atañía al segundo disparo, el de la sombra de la ventana.

Acabada la conversación con Tanner, el Inspector Grandison Chase, inmerso en el más apabullante de los optimismos, pleno de triunfo e iniciativa, agarró la guía telefónica y, pese a lo tardío de la hora señalada, marcó el número de la Hook's Armory, la célebre armería del citado sr. Walter Hook. Llamó y tuvo suerte porque pudo ponerse en contacto con Hook, que era un experto comerciante especializado en la venta de artículos de caza y armas en general. Hook le refirió al Inspector varios detalles de sumo interés los cuales me fueron relatados puntualmente por mi amigo el Padre Brown, tal y como los había averiguado Grandison Chase. 
 
Hook confirmó que, en efecto, no hacía muchos días que el Fiscal Parks había comprado la cajita de madera con balas de lo que él llamó munición. No hubo nada extraño en aquella compra y, por cierto (sostuvo Hook), Parks sólo compró una cajita.


Lo extraño del caso es que, dos días después de que Arthur Parks comprara la caja de madera labrada con dos balas cargadas con munición simulada, el Sr. Walter Hook notó que le faltaba otra caja idéntica. 
 
Chase le preguntó en entonces si tenía muchas cajas como aquellas dos, a lo que Hook respondió que, además de aquellas dos (la adquirida por Parks y la que desapareció), sólo había otras tres y esas aún estaban en su establecimiento. 
 
Ante el incontrovertible y desafortunado hecho del robo o de “la misteriosa desaparición de la segunda caja” (según la expresión del armero), idéntica en todo a la que el Fiscal Parks había comprado dos días antes, Hook sólo pudo responder que la echó en falta al hacer el inventario semanal, para comprobar las ventas. Ni él ni sus dos empleados sabrían decir quién, cómo o cuándo pudo entrar alguien en la tienda a llevarse la cajita robada. Según afirmó, tienen mucha clientela, al ser de las pocas armerías especializadas que hay en una ciudad tan grande y populosa como Londres, por lo que no era tan raro que les escamoteasen la cajita.


Toda aquella explicación le sonó muy mal al Inspector Chase, demasiado vaga y algo alambicada, puesto que una tienda que vende esa clase de artículos debe cuidar mucho la seguridad. Amonestó a Hook y le conminó a presentarse el lunes siguiente en las oficinas centrales de Scotland Yard para realizar una declaración completa y detallada. 
 
El Inspector Chase sólo le hizo una pregunta más y fue si, de entre los nombres que él le iba citando (y mencionó los del Magistrado, los del Juez Oliver Thorpe, el anticuario Redvill, la señorita North, el Capitán Gallagher, la señorita Louise Woolcott y su madre, Eleanore), alguno o algunos de ellos pasaron por su tienda el día que Parks compró la caja o en los dos días que siguieron a esa compra. 
 
El sr. Hook vaciló unos minutos, le pidió al Inspector Chase que fuera tan amable de aguardar a que mirara el registro de aquella semana, por si una de esas personas se acercó a preguntar o comprar algo y resultó que en el registro no constaba ninguna de ellas. 
 
Sin embargo y, ante la tozuda y certera insistencia del Inspector, Hook interrogó a los empleados de su tienda y... ¡Bingo! Uno de ellos recordaba que un día después de la visita de Parks, apareció un anciano señor que iba, según dijo, a saludar a su amigo Hook, el cual entonces se hallaba ausente, y el empleado dijo que le daría el recado. El anciano dijo llamarse Redvill, afirmó ser buen amigo y, por lo que el propio Hook sabía, tendría que haber sido él. Dado que Hook no estaba ese día, era lógico que no recordara tal aparición. El empleado aseguró que el llamado Redvill sólo estuvo quince minutos en la tienda, que no compró nada ni entró al almacén.


Grandison Chase, pese a todo, insistió mucho en un último punto y preguntó lo siguiente: “¿pudo acceder a la cajita desaparecida, sin que el empleado se diera cuenta o no?”, a lo que Hook, ya visiblemente enfadado y molesto con el inexcusable descuido de su empleado, por lo que se desprendía del tono de su voz, respondió que era perfectamente posible, dado que esas cinco cajitas, todas idénticas y cada una de ellas con dos balas de munición simulada o de fogueo, reposaban en el escaparate de la tienda, al que era muy fácil echar mano desde dentro, pues sólo un cristal bajo separa la tienda del escaparate. 
 
El ladrón, fuera Redvill o aquella persona que dijo llamarse así, bien pudo, en un despiste del empleado, alargar el brazo, tomar la cajita y echársela al bolsillo, sin que fuera echada en falta hasta el día siguiente.

Concluyó la conversación entre Chase y el sr. Hook, no sin antes recordarle que se pasara por Scotland Yard el lunes para completar aquella declaración y que le acompañara el empleado que vio a ese anciano... 
 
Mientras Chase hablaba con Walter Hook, Flambeau había ido a llamar a la señorita North, la cual apareció en la estancia como una auténtica diosa. No en vano, como buen le hizo notar Flambeau al curita (de forma velada y susurrada), la tal señorita North se llamaba Artemise, es decir, como Diana, la diosa de la caza de romanos y griegos.


Desde que llegara a la mansión, mi buen amigo, M. Hércule Flambeau, el detective gascón, andaba enamorado de aquella mujer elegante, seductora, de mediana estatura, ojos castaños, pelo cobrizo, finas cejas, labios ni muy gruesos ni muy finos, maravilloso cutis y manos delicadas, aunque un poco manchadas de tinta, pues a pesar de que ya existieran las primitivas máquinas de escribir, ella aún conservaba la vieja costumbre de anotarlo todo usando una pluma estilográfica. Lo de la pluma no pasó inadvertido al Padre Brown, mientras que Flambeau estaba embobado contemplando la esbelta figura, las piernas y la grácil y aventurera forma de moverse de la joven periodista del Evening Star, la cual acababa de realizar una nueva llamada de teléfono al redactor jefe de su periódico, el sr. Angus Macallan. 
 
Antes de que vosotros, queridos y amables lectores de este folletín policial sobre el extraño misterio de Woolcott Manor, conozcáis los entresijos de la declaración de la bella (e inexplicablemente soltera) Miss Artemise North, habéis de saber que la prensa del domingo ya llevaba negro sobre blanco todo lo referente al Caso Woolcott, debido a que esa misma tarde la citada señorita North había informado a su editor y al redactor jefe, los cuales guardaron la noticia para el día siguiente con todo el celo que pudieron, pero ya se sabe cómo es el mundillo de la prensa: el menor secreto se filtra de la manera más absurda e insospechada y, por culpa de un cajista algo bocazas y bobalicón que le comentó casi todo a un periodista amigo suyo, aunque de la competencia, la noticia de la muerte de Sir Wilfred, del arresto de Parks y algunos, pero no todos, detalles del drama, salieron en bastantes y muy diversos medios de la prensa londinense. 
 
Una vez se hubo sentado frente a la mesa donde Chase anotaba todo lo más destacado del caso, la señorita North se empolvó la nariz, guardó la polvera y dijo estar a disposición de aquellos tres caballeros. Habló el Inspector:


-Miss North es usted periodista. Me consta que fue usted invitada aquí como cronista de sociedad, ante el evento extraordinario de un duelo simulado entre los señores Woolcott y Parks. Nada que objetar a su presencia, pero, antes de que nos diga nada, he de comentarle que, pese a entender el hecho de que haya llamado usted a sus jefes, le ruego que ciertos detalles muy concretos de este caso no sean revelados...

-¿Cómo cuáles? -inquirió Artemise North, con su delicado tono de voz.

-Oh, le ruego que silencie lo más posible y se limiten ustedes a reseñar tan sólo el triste, desgraciado y trágico hecho de la muerte de Sir Wilfred, con la inexcusable reseña de que se trata, sin duda, de un caso de asesinato, de maquinación criminal, pero ofrezcan los menos detalles posibles. Nada sobre las pistolas semiautomáticas, las balas o su calibre ni aspectos que puedan resultar escabrosos...

-¡Pero si esos son, precisamente, los aspectos que más nos suelen demandar los lectores, querido Inspector! -protestó Miss North, no sin razón, y sin dejar de hacer uso de una elegante y cuidadosa dicción. -¿Pretende usted que sólo presentemos un mero esbozo de los hechos, que no demos ni el menor asomo de información? Se nota que desconoce usted el mundo de la prensa. Deben ustedes pasearse un poco por Fleet Street para ver la clase de gente, gentuza y gentecilla canallesca que habita en las redacciones y tabernas de esa zona.


-Haga como le plazca, señorita North -tronó Chase- pero le advierto muy seriamente de que cualquier distorsión o exceso de datos macabros en lo que su diario publique al respecto de este caso, podría constituir un delito. Dicho queda y vayamos a lo práctico. Le ruego sea lo más sincera posible y nos diga todo lo que sepa. Primero: ¿cuándo conoció usted al Magistrado?

-Le conocí en Ascott, en las carreras de caballos, hace pocos años, cuando era una mera aprendiz de periodista. Estaba allí informando de la vida social, con un compañero de redacción del Star que se encargaba entonces de la información estrictamente deportiva. Sir Wilfred estaba allí con su esposa y su hija. Tomamos el almuerzo y, lo que empezó como un simple encuentro casual, se ha fue convirtiendo en franca y amable relación entre el difunto Magistrado, su familia y yo. Desde entonces, me han invitado a veces a pasar algunos fines de semana en esta mansión, se ha fortalecido esa amistad con el Magistrado y, sobre todo, le debo eterna gratitud porque tuvo a bien ayudarme en muchas ocasiones.

-¿Podría ser más concreta? -intervino el curita Brown, por primera vez. -Me refiero a esas ayudas... ¿En qué se traducían y a qué la obligaban a usted?

Artemise North miró al sacerdote, no sin cierto desprecio, aunque no tardó en responder a su demanda. Dijo la encantadora dama que Sir Wilfred le había ayudado prestándole ciertas sumas de dinero y que esos préstamos no la obligaban a nada deshonroso ni embarazoso. Antes bien, nunca tuvo que devolverle al Magistrado ni un solo penique, lo que a los tres caballeros les pareció un tanto extraño, sabedores de que cualquier acción de ese tipo se realiza esperando una contraprestación. Con todo, la señorita North afirmó que nunca tuvo que ceder a ningún tipo de chantaje, ni favor sexual, ni tampoco se vio en la penosa obligación de tapar informaciones periodísticas comprometedoras o peligrosas para la reputación de Sir Wilfred.


-Me crean o no -concluyó Artemise North-, les aseguro que Sir Wilfred nunca se propasó conmigo. Según los ojos que vean una acción, según juzguen esa acción, parecerá honesta o deshonesta, decente o indecente... Y yo puedo decirles que Sir Wilfred nunca pasó de meros coqueteos conmigo, cosa que entiendo, no por mi belleza o por mi profesión, sino porque un hombre de su edad, estado y posición social con frecuencia suele verse a sí mismo como un conquistador y necesita demostrarse o demostrar a todos que aún puede seducir a una mujer, aunque no pretenda llevarla a su alcoba, ¿no les parece?

Los tres guardaron silencio; Flambeau y Chase suspiraron melancólicamente y tal vez el Padre Brown pensara si Miss North podría haber escrito o no aquel endiablado papel con la palabra “enemiss”, usando la famosa pluma estilográfica.

[CONTINUARÁ...]

miércoles, 22 de junio de 2011

DUELO POR UNA ANTIGUA NÉMESIS (7) [Dedicado a CAMINANTE]


DUELO POR UNA ANTIGUA NÉMESIS
(7)

A pesar del gesto de contrariedad del Padre Brown, observado por Flambeau y apenas advertido por el Inspector, este prosiguió con el interrogatorio de Redvill, que no cesaba de bizquear, dejando patente que era cierto el hecho de que padecía problemas de visión y que hubiera sido difícil que él fuese el tirador misterioso de la ventana, cosa que sabían además porque él estuvo junto a las damas que asistieron al duelo sentadas junto al árbol donde se alojó aquella segunda bala que ahora iba camino de la Sección de Balística, pues un agente la había recogido a eso de las diez y media de manos del sargento Carruthers. El Inspector revisó sus notas y volvió los ojos hacia Redvill, mirándole fijamente, e insistiendo en el tema de las armas:

-De manera que, a pesar de que usted colecciona armas antiguas, no sabe montarlas ni conoce sus piezas. Bien, pero ¿seguro que sería usted incapaz de cargar una bala en una Mauser C-96? -vociferó el Inspector Chase, que fumaba un cigarrillo tras otro, con lo que ya le iba escaseando el tabaco.


-Lo único que sé -respondió Redvill, sin el menor asomo de afectación o nerviosismo, salvo el bizqueo de sus ojos- y lo único que hago es distinguir unas armas de otras. Conozco su aspecto porque, pese a mi mala visión, guardo muchos catálogos de ellas, por si algún cliente se interesa en la adquisición o alquiler de alguna. Por cierto, Inspector, poseo ahora algunos revólveres Webley Mk-VI en un magnífico estado de conservación que creo les podrían interesar, al módico precio de...

-No se moleste, sr. Redvill -cortó el Inspector Chase, secamente. -En el Yard nos proporcionan toda clase de armamento. Casi le diría que nos sobra y que, a diferencia de coleccionistas como usted, aborrezco la proliferación de armas. Me evitaría trabajo si hubiera menos, o si la gente las usara de forma sensata y no para eliminar a sus semejantes. Pero su conocimiento de las armas me interesa sobremanera, aunque no las sepa montar ni las haya usado nunca. Carruthers nos dice que la segunda bala, la del árbol, a lo que parece, podría haber servido de munición para una Colt 1911, que lleva balas del calibre .45, y esa podría haber sido la pistola que el misterioso desconocido disparó desde la ventana. Presume el sargento, y me fío de su opinión, que la bala extraída del árbol pertenece a ese calibre. ¿Vio usted si Gallagher tenía una Colt-45 o le comentó si la llevaba encima?

Redvill pensó un minuto antes de contestar, como si rumiara las palabras de su respuesta, y luego, con la misma cachaza de siempre, dijo:

-No, no recuerdo haberle visto llevar ningún arma de esa clase, ni de otra, aunque sé que los del Cuerpo de Infantería usan a veces las Webley y otras las Colt, o ambas, indistintamente. Los revólveres Webley son los oficiales del servicio estándar de nuestras Fuerzas Armadas. Se usan aquí, y también en nuestro Imperio y en la Commonwealth desde 1887, si no recuerdo mal. Hay oficiales, y singularmente los de Infantería, que también llevan pistolas Colt, que son magníficas, por cierto, y de las que les puedo ofrecer...


-Veo -cortó suavemente el Padre Brown- que es usted todo un entendido en la materia, lo cual, en efecto, no quiere decir que, pese a conocer tan bien esas armas (artefactos del Diablo, sin duda), sepa usted usarlas o las haya manipulado aquí. Pero prosiga, Inspector, y disculpe mi intromisión... 
 
-Agradecido por su cortesía, Padre Brown -dijo el Inspector, dirigiendo la mirada, sin embargo, hacia Redvill. -Dejemos las armas, por ahora, y mejor volvamos al caso que nos ocupa, ¿les parece? El detective, sr. Flambeau, y el Padre Brown, aquí presentes, me han comentado que, durante el tiempo que todos estuvieron en esa extraña sala de juegos, hubo discusiones entre varias personas: entre Sir Wilfred y el Capitán irlandés que, como usted sabe, ha huido, y otras disputas. He sabido también que el sr. Parks lanzó ciertas insinuaciones sobre usted, a cuento de no sé qué colección de antigüedades. ¿Podría aclararnos ese particular?

Aquí Redvill bizqueaba más que nunca. Se tomó un nuevo respiro, antes de contestar a aquella cuestión. Resopló unos segundos y, al fin, declaró:


-Todo empezó cuando Parks y yo pujamos por una suntuosa y abundante colección, de incalculable valor. Me refiero a la magnífica Colección Craven, que dejó el ya hace años difunto Lord Craven. Esto ocurrió hará unos diez o quince años, ya no lo recuerdo bien. En cualquier caso, no he olvidado que esa lujosa colección, hoy propiedad del Fiscal Parks, contaba con muchos objetos de inestimable valor: cuadros de famosos pintores, joyas y muebles antiguos. Un tesoro de lo más apetitoso para cualquier coleccionista que a veces, por desgracia, cae en manos de ricachones ignorantes e incapaces de valorar esas piezas en su justa medida. La subasta tuvo lugar en la célebre casa Christie's de Londres... Parks se presentó tarde, pero comenzó a pujar alto. Al final, aunque hice un fuerte envite, una cuantiosa suma de casi toda la modesta pero sólida fortuna que poseía entonces, Parks, mucho más adinerado que yo, subió mi oferta y se quedó con la Colección Craven. No ocultaré que eso me disgustó mucho y estuve varias semanas sin hablarme con él, pero luego pasó aquello. Volvimos a vernos y hoy casi le agradezco que subiera la oferta. Yo hubiera gozado de los tesoros de Lord Craven, pero casi me habría arruinado. Sí, caballeros, hubiera tenido que vender muchas antigüedades para compensar aquel enorme desembolso...

Antes de que Redvill siguiera, el Padre Brown recordó ciertas palabras que Parks había dicho en la sala de juegos, y quiso preguntarle por ellas al viejo y ceremonioso anticuario:

-Ahora me han venido a la mente unas palabras que el sr. Arthurs Parks dijo al respecto de todo aquel asunto de la colección y la subasta. Habló de que le había sermoneado a usted varias veces por sus “mezquinas pretensiones” y usó, si la memoria no me falla, esas palabras exactamente. ¿A qué podía referirse con eso de sus “mezquinas pretensiones”?


El sr. Redvill no lograba mirar de frente al Padre Brown, y no sólo porque casi siempre bizqueara, sino por cierto azoramiento suyo:

-Olvidé que Parks me había dicho eso. Vaya, pues fue muy desconsiderado y locuaz, por cierto. Esa pregunta deberían hacérsela al mismo Parks, que...

El Inspector Grandison Chase le interrumpió, diciendo:


-Se la haremos al Fiscal, no lo dude. Está previsto que declare de nuevo, en cuanto repose un poco, porque le hemos visto muy nervioso e impresionado por la muerte de su amigo, el Magistrado. Pero ahora no se escabulla usted, Redvill, y conteste a la pregunta del Padre Brown.

El anticuario no pudo negarse y contestó de forma contundente:

-No tenía pensado revelar lo que ahora voy a decir. Incluso pensaba que ya lo sabrían, tal vez por boca del propio Fiscal Parks, pero me veo obligado a confiarles algo que pudo haber mermado el prestigio de mi firma y de mí mismo, como anticuario reconocido y respetado. Bien, no veo motivo para ocultarlo. ¡Él me acusó en petit comité de vender objetos falsos, de vender antigüedades falsas y querer lucrarme con ello, al poner precio exorbitado a lo que apenas valía nada! ¡Se burlaba de mí, aunque decía que eran buenas imitaciones! Afirmo que todos los objetos que he vendido y vendo poseen certificados de calidad que atestiguan y aseguran la legitimidad y el valor de cada antigüedad. Es al revés de lo que él dice: a veces me veo obligado a desprenderme de cosas por cifras inferiores, porque no les doy salida. Esas eran, me figuro que dirá Parks cuando declare de nuevo, mis “mezquinas pretensiones”: que deseaba hacerme rico con la venta de objetos falsos y de escaso valor. Niego rotundamente que haya vendido nada que no fuese de calidad, realmente antiguo o de legítimo origen. Eso es todo...


-Comprobaremos toda su historia y, por cierto, Redvill, aunque sabemos de su pasada desavenencia con Parks...

-¡Desavenencia ya superada, no lo olvide! -cortó el anticuario.

-¡No me interrumpa! Iba a decirle que, no obstante lo que ha declarado sobre Parks, no sabemos si tenía usted algo contra Sir Wilfred. ¿Este conocía la acusación del Fiscal sobre los objetos antiguos que usted vendía? ¿Hubo algún tipo de enemistad entre usted y Sir Wilfred?

-A la pregunta de si Sir Wilfred conocía las insinuaciones de Parks sobre mis objetos, le diré que no, que Sir Wilfred no sabía nada, aunque una vez tuve que enseñarle varias garantías de que lo que me compraba era original. Y a la segunda pregunta, contesto que tampoco tuve grandes discusiones con el difunto Magistrado. Nuestra relación siempre fue cordial. Fue una relación, más que de proveedor a cliente, de amigo a amigo, y le hice muy buenas ofertas por algunas de las joyas y muebles que pueden ver aquí...


-Otro asunto me inquieta -masculló el Inspector Chase. -¿Por qué le invitó Sir Wilfred a este duelo? 
 
-Bueno, ya le he dicho que nos unía una vieja amistad y...

-¿Sabía usted de antemano que en el duelo se iban a usar las Mauser que le vendió al Magistrado? -Chase no le había dejado terminar y lanzó una fina pregunta con mucha carga de malicia.


-Por supuesto que lo sabía, pero eso no me convierte en sospechoso, creo yo. Tenía ese dato porque me lo confió Sir Wilfred, cuando me mandó una carta, invitándome a asistir. Ya le he dicho que yo tengo varias armas de coleccionista, y entre ellas hay alguna Mauser C-96, pero no dispongo de ningún tipo de bala o munición que les sirva...

-Un instante, no se vaya aún. Ya casi hemos terminado. Al igual que sabía usted que usarían las Mauser, ¿conocía el dato de que sería Parks quien trajera las balas y el tipo de balas que eran?

-Pude hablar de ello con el sr. Parks, unos días antes. Me lo dijo sin que yo se lo pidiera, muy orgulloso porque ya se las había comprado a un conocido mío, el sr. Walter Hook, de la Hook's Armory. No se extrañe, Inspector. Llevo tantos años en esto que conozco a casi todos los merchantes y vendedores de ese mundillo. El sr. Walter Hook es, al igual que yo, de los más viejos en el negocio de la venta de armas y artículos de esa especie...

-Una cosa más antes de concluir su declaración, al menos por ahora: ¿dónde estuvo usted antes de que se celebrara el famoso duelo?


El anticuario sonrió, sin dejar de bizquear, ahuecó la voz y afirmó:

-Nada más dejar la sala de juegos, me fui arriba a echar una siesta. Luego, una media hora o cuarenta minutos después, todo lo más, tras despertarme, asearme y bajar, estuve tomando té con esa periodista, la señorita Artemise North. Hablamos mucho tiempo. Ella podrá confirmarles lo que digo...

-Y, cuando terminaron de tomar ese té, ¿dónde fue usted, Redvill? ¿No iría a la sala de juegos, verdad?


-No, no. Acompañé a la señorita North todo el rato. Cuando acabamos el té, fuimos los dos juntos hacia los jardines para ver el duelo porque ya eran casi las seis... Antes de salir al exterior, observé que mis amigos Woolcott y Parks ya estaban en la sala de juegos, preparando las armas, así que no pude meterme allí a manipular nada, si eso es lo que insinúa, Inspector.

Chase dio por finalizado el interrogatorio del sr. Henry J. Redvill y le dejó que se marchara por donde había venido. Entonces el Inspector y Flambeau se fijaron en la carita del buen Padre Brown, que mostraba cierto aire de decepción y de derrota. Nada dijeron ni uno ni otro pero tuvieron la certeza de que las últimas palabras de Redvill le habían afectado en parte. De ellas se deducía que tenía una coartada para la hora en que sospechaban que se había producido el cambio de balas. Con todo, el curita se sobrepuso y, tan aparentemente distraído como siempre, sugirió si no sería bueno que ahora volviera a declarar Parks:
-Lo había pensado -secundó el Inspector Chase. -Antes de que llamemos a Miss Artemise North y a las otras dos damas intervinientes en la tragedia de hoy, debemos completar lo ya conocido con una nueva declaración de Parks.

Cuando Chase estaba a punto de pedirle a Flambeau que llamase de nuevo al Fiscal, pues el Sargento Carruthers seguía con la rutina de sus informes y con la vigilancia de los moradores de la casa, al Padre Brown se le iluminó el rostro y se le ocurrió que habían descuidado un detalle: el extraño papel con la palabra “enemiss”, que había sido mencionado por el muerto antes de expirar. El Inspector estuvo de acuerdo en que ya era hora de buscarlo. El detective francés, animoso y jovial como era su costumbre, propuso ir a buscarlo él mismo y sostuvo que lo más probable es que estuviera en la sala de juegos. Aunque todo eso le pareció muy bien al Inspector Chase, al final le encomendó a Flambeau la tarea de llamar al Fiscal Parks y que el asunto de buscar el papelito se lo encomendase a ese jovencito que habían visto al llegar, al mozo para todo, ese tal Barrett.


Al cabo de unos pocos minutos, y mientras Flambeau iba en busca de Parks, apareció en el umbral de la puerta la cara inocente y pecosa del mozo Barrett, cuyo cabello pelirrojo y sonrisa bonachona inundaron la estancia de alegría y candidez:

-“Discurpe, Inspestor”. “M'ha” dicho er gigantón que venga “p'aquí” -dijo el joven Barrett, mostrando unos dientes caballunos y algo verdosos.

-¡Muy bien, mozalbete! Ah, y al gigantón has de llamarle sr. Flambeau, que es su nombre. Haznos el favor. Buscamos un diminuto papel que lleva escrita la palabra “enemiss”. Mira bien en la sala de juegos, en las mesas, por todas partes. No sabemos dónde está. Mira pero no toques demasiado ninguno de los objetos. Presta especial atención a un estuche para pistolas, que verás vacío, y a una cajita pequeña, vacía también, preparada para contener dos balas. Podría estar en esos dos sitios. Si no lo encuentras, ven igualmente. ¡Corre, jovencito! Si logras hallar el papel, estas tres Guineas serán para ti...


El mozo Barrett apenas vio que el Inspector le enseñaba las tres relucientes monedas, equivalentes cada una a 21 chelines, puesto que ya había salido corriendo como una exhalación camino de la sala de juegos. Casi tropezó con Flambeau y el Fiscal Parks, los cuales entraron de nuevo. Se acomodó el Fiscal, más calmado que antes, en una butaca y, sin más ceremonia o preámbulo, el Inspector volvió a asediarle con nuevas cuestiones. En efecto, a Parks ya no se le veía tan tenso como en el primer interrogatorio, aunque conservaba cierto envaramiento y en su forma de hablar aún se apreciaban balbuceos, tal vez fruto de las vacilaciones a las que a veces nos somete nuestra frágil memoria. El Inspector comenzó:

-¿Adónde fue cuando Sir Wilfred y usted acabaron de enseñar las armas del duelo? El Padre Brown sostiene que les vio salir juntos hacia los jardines, ¿es cierto? -dijo el Inspector, a lo que Parks asintió sin hablar. Entonces Chase le preguntó:

-¿De verdad espera usted que creamos que durante esas casi tres horas estuvieron paseando por los jardines los dos juntos o fue usted solo a alguna otra parte?

-De ningún modo. Si hubiéramos paseado juntos ese largo rato -contestó el Fiscal Parks, con un asomo de mueca burlona en sus labios-, ¿no cree que habría sido una caminata demasiado larga? No, Inspector Chase. Mientras ultimábamos los detalles del duelo, anduvimos por el jardín. Eso duró unos veinte o treinta minutos. Luego regresamos a la casa, aunque no puedo decirle con exactitud a qué hora. Tal vez fueran las cuatro menos diez, no lo recuerdo. A las cinco subí a mi habitación y estuve allí cosa de una hora o más, tratando de relajar mis nervios. Lo del duelo me tenía muy nervioso y excitado. Creo que no volví a bajar hasta eso de las cinco y media, porque se nos echaba la hora encima, y había que preparar las armas, cargarlas (y ciertamente, no es fácil hacerlo) y disponerlo todo. Bajé, vi a Sir Wilfred en el salón tomando café y departiendo alegremente con su esposa. Se le veía tan feliz y tan lleno de vida, a pesar de la edad...

-¿Así que hay una hora, o más, en la que no estuvo usted con nadie ni nadie puede probar que le viera en su cuarto? -Interrogó el Inspector, a lo que Parks no pudo más que asentir, viéndose ya en un futuro y tortuoso juicio por todo lo sucedido en aquel desgraciado suceso. -Todo esto le deja a usted sin coartada, en una posición muy comprometida. Se han encontrado sus huellas en los cartuchos de bala. Solamente las suyas, así que no parece que nadie más que usted las haya tocado, a no ser que usara guantes. Eso unido al hecho que acabamos de conocer sobre sus movimientos antes de la hora del duelo, le colocan como principal sospechoso en esta maquinación. Pero no se inquiete, que tiene en nuestro amigo, el Padre Brown, un buen Ángel de la Guarda. Permita unas preguntas más: ¿Cómo eran sus relaciones con Redvill? ¿Es cierto eso de que usted le acusó de vender antigüedades falsas, haciéndolas pasar por originales?


-Es verdad que le acusé de vender objetos falsificados, pero el viejo me demostró que yo estaba equivocado. Al menos, me enseñó certificados de autenticidad que refutaban mi acusación. Siempre me ha quedado la duda de si esos certificados no podrían ser también una falsedad más. En cuanto a mis relaciones con Redvill, les diré que se enfadó mucho conmigo a cuenta de la subasta en la que adquirí la fastuosa Colección Craven. Estuvo mucho tiempo sin hablarme. En fin, tal vez me haya burlado varias veces de ese pobre carcamal y de su avariciosa y mezquina forma de comportarse, pero ya no tengo nada que reprocharle, igual que espero que nada me reproche él ni guarde resquemores contra mí. 
 
El Padre Brown vio cómo Parks cruzaba las piernas y volvió a fijarse en que llevaba un calcetín de un color (marrón oscuro) y otro distinto (amarillo). En ese momento, recordó que ya había visto al Fiscal con dos calcetines de colores diferentes, lo que le llevó a pensar, según me reveló, de esta forma: “Una vez puede ser por distracción, pero ¡dos! Eso debe atribuirse a otra cosa, por más que parezca ser hombre distraído. Tiene que haber otra razón que explique esa curiosa y atrabiliaria mezcla de colores en un hombre que, por lo demás, va tan pulcra y cuidadosamente vestido...” Y fue en aquel entonces cuando el Padre Brown, interrumpiendo la encuesta, dijo:

-Sr. Parks, permítame hacerle una pregunta un tanto personal. -El Fiscal asintió con la cabeza, dándole permiso al Padre Brown para que expresara su inquietud: -Es la segunda vez que le veo llevar dos calcetines de distinto color, y eso ha excitado mi curiosidad sobre si no será usted daltónico...


Parks desarrugó por una vez su sempiterno ceño fruncido, abrió mucho los ojos, se alzó un poco las perneras de los pantalones de fina lana y emitió un leve suspiro, que entonces no supieron si era de sorpresa o de admiración ante la sagacidad del Padre Brown. Flambeau y el Inspector Chase estaban con la boca abierta, porque ni uno ni otro se habían percatado del detalle. Al poco, el Fiscal Parks habló de esta manera:

-¡Lo ha descubierto usted! En efecto, padezco cierto tipo de daltonismo, no muy severo (al menos distingo algún color, ya que me han dicho que ciertos daltónicos sólo ven en blanco y negro), pero que hace que me confunda con algunos colores: el verde, el rojo, el marrón... Con los trajes no tengo el menor problema, porque cada pieza del traje la guardo siempre junta, pero sí me equivoco casi siempre con los calcetines. 
 
-Oiga, Parks -intervino el Inspector Chase-, eso puede ser relevante para el episodio de las balas. ¿Sir Wilfred o alguien de aquí sabía lo del daltonismo y, respecto a reconocer y distinguir las balas reales de las de fogueo o para poder disparar con puntería, ese defecto visual le afectaba a usted o no?


-Verá, Inspector, yo guardaba muy celosamente esa afección, es decir, que nadie de los presentes sabía lo de mi daltonismo. Por otra parte, acabo de decirles que el mío es un daltonismo poco acusado y para nada me impide diferenciar objetos como balas, que suelen ser de colores claros, metálicos o plateados, ni tampoco me impide ser un tirador mediano, aunque no tan bueno como el Capitán Gallagher, por supuesto.

-Yendo a esos disparos y, sabido lo de su defecto visual -habló Flambeau por primera vez-, me gustaría que aclarase algo. Como saben todos, conozco y admiro el ritual de los duelos y usted también, me consta. Por ello sabrá, al igual que lo sé yo, que en ese tipo de retos con arma de fuego, puede muy bien dispararse al aire, en señal de reconocimiento de una falta o culpa, o también como ventaja al adversario. Ya que el daltonismo no impedía que usted distinguiera a esa hora y con esa luz la figura del difunto Magistrado y ya que no era más que una competición donde lo único que se sustanciaba era la rapidez de cada tirador, ¿por qué disparó usted directamente contra el cuerpo de Woolcott y no tiró usted con su pistola al aire? Eso es algo que no puedo entender...

-Ahora que lo comenta, Monsieur Flambeau -comenzó Parks, en tono triste y quejumbroso-, les diré que eso es precisamente lo que me ha atormentado desde esta tarde. Yo bien pudiera haber disparado al aire, o haber esperado a que fuera mi amigo quien lo hiciera. Le vi como paralizado, sorprendido muy probablemente por la figura que vio salir de la ventana, no sé. En ese instante no pensé nada: reaccioné disparando contra él porque creía que las armas estaban cargadas con balas de fogueo. ¡Juro por lo más sagrado que no le hubiera disparado al cuerpo de saber que nuestras armas contenían cartuchos de verdad! Tienen que creerme... Ese disparo es lo que prueba, en realidad, que yo confiaba en estar participando en un mero juego. ¿De verdad creen que un hombre como yo sería capaz de asesinar a alguien de esa forma, ante testigos y con toda sangre fría?


Y tras decir esas palabras, Parks bajó el mentón contra su pecho y se hundió a tal punto en su ánimo, desplomándose al suelo, y los otros temieron que se hubiera desmayado. Fue sólo un vahído. El Inspector no quiso continuar con el interrogatorio, aunque aún le bullían en el cerebro más preguntas que le hubiera gustado formularle a Parks. Con todo, una vez que Parks recobró el dominio de sí mismo, le lanzó estos argumentos:

-Señor Parks, a pesar de su testimonio, a pesar del hecho de su daltonismo, que en nada impide que hubiera usted premeditado todo el crimen, a pesar de su teatral desmayo de ahora, me veo en la obligación de dictar contra usted una orden de arresto, o si quiere, para evitarnos el engorroso trámite de la detención más severa, queda usted confinado en sus habitaciones hasta nueva orden y bajo custodia policial. No podrá salir de ellas, salvo para comer o asearse. El sargento Carruthers se encargará de vigilarle ante la puerta de su dormitorio. Vaya usted con él sin rechistar lo más mínimo y, mientras se aclara todo (no es usted el único sospechoso, también tenemos de habérnoslas con ese Gallagher y alguna persona más), permanezca en su cuarto, hasta que le indiquemos otra cosa. Por favor...

Parks se levantó en el más absoluto silencio, sorprendido porque, desde su punto de vista, era tan inocente como un pajarillo del campo, pero en ningún momento protestó, consciente de que eso podría empeorar su ya precaria situación. Salió del salón, casi cruzándose con el joven Barrett, que regresaba de la sala de juegos, alborozado y con los mofletes henchidos de alegría y rubor. Sin anunciarse ni pedir permiso para entrar, se acercó a la mesa del Inspector, depositó en ella un papel muy pequeño y exclamó:

-¡Mis tres Guineas, “señó Inspestor”! Aquí les dejo er papelito ese de “messis”...


En efecto, parecía el papel al que el difunto Magistrado se había referido antes de morir. En él podía leerse, escrita en burdos caracteres, casi como si de un garabato juvenil se tratara, esta palabra: “enemiss”. El Inspector le dio al mozo Barrett sus tres Guineas pero, antes de que se marchara, dijo:

-Espero que tú no tengas nada que ver con esto ni sea una broma tuya. Por cierto, ¿dónde lo has encontrado?

-En “er estushe” de las armas, como “usté m'había disho”...


El mozo se marchó, radiante de felicidad y exhibiendo sus tres monedas sin dejar de enseñar sus dientes caballunos. El Inspector, una vez más, comentó que tal vez fue una torpeza suya decirle a Barrett la palabra que llevaba escrita el papel, ya que ahora recelaba que, con tal de llevarse el premio de las Guineas, el jovencito hubiera podido improvisar un duplicado. Menos mal que el Padre Brown demostraría también en ese aspecto tangencial, la correcta y adecuada conducta de otra persona inocente.

[CONTINUARÁ...]