lunes, 20 de junio de 2011

DUELO POR UNA ANTIGUA NÉMESIS (6) [Dedicado a CAMINANTE]

DUELO POR UNA ANTIGUA NÉMESIS
(6)

Flambeau dejó al Inspector Chase y a su amigo el curita conversando, en tanto que él se adentraba en los largos y oscuros pasillos de Woolcott Manor en busca del sargento Carruthers y del Juez Thorpe. Vio a Carruthers al poco rato. Acababa el buen oficial de policía de tomarle las huellas a todo aquel que se hallaba en la planta baja, incluido el propio Juez, más sordo y despistado que nunca. Ya sólo le faltaba por examinar las dos Mauser C-96, puesto que del arma que aquella mano misteriosa disparó desde la ventana no se sabía nada, había desaparecido, puesto que, como era lógico por otra parte, el autor de ese disparo se la llevó consigo. Carruthers iba a ponerse enseguida a la tarea de examinar las Mauser, para ver si había en ellas alguna impresión digital y, caso de haberla, si coincidía con las huellas de alguno de los invitados.

Precisamente fue Carruthers quien comunicó a Flambeau que aún no había novedad sobre el Capitán Gallagher. A eso de las nueve de la noche llegó la ambulancia y el coche del juzgado que iban a llevarse los restos mortales del Magistrado Sir Wilfred Woolcott. Flambeau les indicó la dirección de los jardines, donde estaban ya dos médicos: el Dr. Tanner y el médico rural del pueblecito más cercano, que apenas ha hecho aparición en esta historia pero que, en honor a la verdad, diremos que se llamaba William Beck y que era un competente médico de la localidad vecina.


Ambos, Tanner y Beck, certificaron la muerte de Sir Wilfred, recibieron a los enfermeros y auxiliaron al Juez de guardia que iba a levantar el cadáver. Antes de marcharse, el Dr. Tanner asomó la cabeza por la puerta de la sala donde vociferaba el Inspector Chase y dijo:

-Inspector, vamos a traslador los restos mortales de Sir Wilfred a la Morgue. Estaré allí si me necesita. Esta noche le daré por teléfono un informe preliminar...

El sargento Carruthers se unió al Dr. Tanner y casi se empujaron el uno al otro ante la puerta, dando lugar a un cómico dúo, los dos en busca de la atención de Grandison Chase, su superior:

-¡...Inspector Chase -gritó Carruthers, presa del nerviosismo-, en las armas sólo están las huellas de Sir Wilfred y de Parks, y en las balas únicamente las huellas de...! ¡Las huellas de Parks! Como llevaban guantes en el duelo, es obvio deducir que las impresiones de las armas se hicieron en el momento en que todos las vieron en el salón de juegos. Las huellas en las balas no dejan lugar a dudas... ¡son las de Parks! Y dado que no hay otras, cabe pensar que las dejó justo antes de iniciarse el duelo, cuando cargó los cartuchos en las armas. Si alguien las manipuló (y lo dudo, por su complejo mecanismo de carga), debió usar guantes...


El Inspector dio las gracias a sus dos colaboradores. Despidió a Tanner, el cual se marchó con la ambulancia, el Juez y el otro médico, el cual dejó en la casa algunos calmantes para las señoras, tan afectadas por la tragedia. Al poco, una sirena de sonido fúnebre y chillón proclamó por todo el contorno que el célebre “León de la Magistratura”, Sir Wilfred Woolcott, realizaba su postrer viaje, camino de la Morgue. En cambio, Grandison Chase pidió al sargento Carruthers que volviera a vigilar a los invitados y que, cuando viera todo despejado, tratase de ir al árbol que les había enseñado el Padre Brown antes y procurara extraer de él la bala disparada por la otra arma, poniendo mucho cuidado en no dañarla o deteriorarla.

El Dr. Tanner realizó esa misma noche la autopsia, la cual determinó que el disparo del arma de Parks le había entrado en el pecho, muy cerca del corazón, dejándole al herido tan sólo unos minutos de vida, los justos para que pudiera susurrar sus últimas palabras sobre aquel papel extraño y aquella aún más extraña palabra de “enemiss”.

En efecto, a las once de aquella noche, Tanner comunicó por teléfono al Inspector Grandison Chase su informe preliminar pero aún debieron esperar al día siguiente para tener los resultados de las vísceras del pobre jurista. Parece ser, y eso no llegó a publicarlo la prensa, que en ellas, además de la comida y el alcohol, no se encontró droga alguna que pudiera haber usado alguien para hacer que Sir Wilfred estuviera más torpe o fuera más lento al efectuar su tiro en el duelo, disparo que no se produjo.


Pero antes de que ocurriera todo eso, Flambeau condujo al sargento y al Juez Óliver Thorpe ante la presencia del Inspector y del sacerdote. Estos dos discutían a cuenta del interrogatorio a Parks. Chase insistía en sus dudas acerca del Fiscal, mientras Brown le defendía:

-¿Lo ha oído usted? ¡En las balas sólo se han encontrado las huellas de Parks! Es nuestro hombre, sin duda. Y usted casi no me ha dejado interrogarle... ¿Acaso le está usted protegiendo?

-...Aunque fuera por mi culpa que usted no pudiese terminar de interrogar al Fiscal -decía Brown, en tono suave y discreto- eso no le da derecho a decir que estoy protegiendo al principal sospechoso del crimen. No niego que sea sospechoso pero él no lo hizo...

-Usted me pidió permiso para que el Fiscal fuera a descansar y yo se lo di, pero se me quedaron muchas preguntas en el tintero. Por ejemplo, ¿qué hizo Parks entre la sobremesa y el comienzo del duelo, dónde estuvo, tiene coartada o no? -vociferó el Inspector Chase, más enfadado que nunca.


-Le repito que el propio Parks le enseñó a Sir Wilfred y a todos nosotros esas dos balas de fogueo. Eran como dos cartuchos normales pero, según creo, no llevan bala, es decir, estaban vacíos... O eso creímos todos.

-¡Dice usted bien! -bramó Chase- ¡Eso creyeron todos, eso fue lo que Parks quería que creyeran todos!

El Padre Brown continuó con sus razonamientos:

-Las huellas en los cartuchos supuestamente de fogueo confirman que Parks colocó las balas en las Mauser C-96 y, en ese sentido, nadie puede negar que es el máximo sospechoso, pero aquí ha habido alguien muy astuto, alguien sibilino que ha movido los hilos entre bastidores para que nadie advirtiera su presencia. En fin, amigo Chase, no se inquiete: luego tendrá ocasión de preguntarle a Parks dónde estuvo en el lapso de tiempo que medió entre la sobremesa, cuando Sir Wilfred nos mostró las armas semiautomáticas y hubo varias discusiones, y el momento en que llegaron de nuevo al salón de juegos para cargarlas. Por cierto que, respecto a lo que hizo el Fiscal entre una cosa y otra, ya le he dicho antes, querido Inspector, que me parece haber visto a Parks y a Woolcott dando un paseo por los jardines. ¿Eso le valdría como coartada o no?


-¡No me vale, amigo Brown! Parks pudo cambiarlas antes, no lo olvide... O poner otros cartuchos distintos a los que había enseñado, ¿no cree? Y los cartuchos no debían estar vacíos, aunque fueran de fogueo. Llevaría una munición simulada. Tendrían dentro el fulminante y la bala, en sí. Pero ese es un extremo que nos confirmará la Sección de Balística. De momento, habrá que entender que eran dos balas, con sus cartuchos normales y para mí Parks debió cambiar los de fogueo que les había mostrado a ustedes antes por otras balas auténticas, muy semejantes, por no decir idénticas, a las primeras. Ahí estuvo su genialidad, así que ahora que no se haga pasar por inocente, ni usted le crea en su falsedad y simulación, mi querido y cándido Padre Brown.

En ese momento, Flambeau, Carruthers, de nuevo, y el Juez Thorpe se vieron en la penosa obligación de interrumpir aquellas disquisiciones, pues se hacía tarde y Carter no dejaba de aparecer por el salón y, de cuando en cuando, asomaba la cabeza por la puerta para recordar a los caballeros que la cena estaría lista en cualquier instante, pero que le avisaran, por favor, que debía preparar la mesa, etc.

-¿Otra vez usted, Carruthers? Por fin me libro de este persistente clérigo -y eso lo dijo el Inspector en tono humorístico y para nada desdeñoso.


-Señor Inspector, aquí está el Juez Thorpe -habló Carruthers, con su voz de novato. -He de informarle de que aún no hay noticias del huido, el Capitán Gallagher. Por mi parte, he ido de nuevo a los jardines y he extraído la bala del otro disparo. Contando con su permiso, he dispuesto que alguien venga a recogerla para que la analice la Sección de Balística. No podría asegurarlo pero creo que el cartucho, aunque abollado, es un calibre .45 ACP, el que se usaría para una Colt 1911. Tal vez alguno de los invitados o, en la colección del propio Sir Wilfred, hubiera una pistola de esa clase. Seguiré esperando a que vengan a recoger esa bala, Inspector. Si usted no ordena nada más...

-Bien, Carruthers. -interrumpió Chase, fumando otro cigarrillo. -Vuelva a su puesto y no deje que nadie salga de la casa sin mi permiso, ¿entendido?

Carruthers asintió obedientemente y desapareció por donde habían entrado. Flambeau ofreció al anciano Juez una silla frente a la mesa del Inspector y comenzó al interrogatorio, del cual sólo recogeremos aquí lo más relevante para el caso, dado que el pobre y viejo Juez casi no se enteró de la mitad de lo que le preguntaban, tal sordera sufría...

-Juez Thorpe, usted era el padrino de Parks, ¿no? ¿Cuándo le ofreció serlo?


-¿Parks? No, hace un buen rato que no le he visto... -la voz del Juez sonaba como salida de una sima. Una voz rasposa y aflautada, aunque conservaba cierto aire de autoridad. El Inspector volvió a repetirle la pregunta. A la tercera, el Juez le entendió:

-¡Ah, sí! Pues hará unos diez o quince días que el Fiscal Parks me propuso para ser su padrino en el duelo. Accedí encantado, aunque vista la desgracia me temo que hubiera estado mejor pescando en mi casita de Bristol.

-¿Vio algo sospechoso durante el duelo? -inquirió el Inspector, pensando para sus adentros que no podía preguntarle si oyó algo sospechoso porque apenas si podía oír lo que le estaban diciendo.


-No vi nada. Bueno, me fijé en la forma de caer de Sir Wilfred y en que al tiempo alguien se movió en el lugar donde estaban las damas contemplando todo el desafío. Me han dicho que hubo dos disparos, y que uno de ellos vino de la casa. ¿Quién querría hacerle daño al pobre Sir Wilfred? ¿Contra quién dispararon desde la casa? Carter dice que ustedes piensan que el autor de ese disparo fue Gallagher... ¡Si cojo a ese pirata, lo meto entre rejas!

-¡Carter se precipita, aunque todo parece apuntar en esa dirección! Y no se preocupe por Gallagher, señor Juez. Lo detendremos nosotros, si es que tiene algo que ver con este asunto -bramó Chase. -Usted estuvo en el salón de juegos cuando Sir Wilfred enseñó las armas, y Parks mostró a todos las balas de fogueo. Me dicen que luego, cuando abandonaron el salón, usted se quedó allí dormido hasta que más tarde, antes de celebrarse el duelo, fueron Woolcott y Parks a recoger las armas, cargarlas y demás. Entre un hecho y otro, ¿estuvo usted todo el tiempo durmiendo o despertó y vio algo sospechoso? En suma, ¿vio si alguien manipulaba las armas o las balas?

El Juez puso esa cara idiotizada del que no comprende nada de lo que le dicen, acercó su oído a la mesa del Inspector y dijo, carraspeando:


-¿Podría repetirme la pregunta? No le he entendido nada...

Flambeau no dejaba de sonreír y hasta de reír en todo lo que duró aquella escena de la declaración del Juez. El Padre Brown se levantó de nuevo, se acercó al Juez y le repitió al oído la misma pregunta que Grandison Chase le había hecho antes. El Juez lo comprendió esta vez. Se acarició el mentón, cerró los ojos, chasqueó la lengua y en con su aflautada vocecilla dijo:

-¡Ah, oh, sí, es cierto...! Me quedé dormido, sí... ¡Peste de alcohol, eh! Ya no aguanta uno lo mismo que cuando joven... Eh, pues no, señor Inspector, no vi nada. Disfruté de un plácido sueño, del que desperté cuando llegaron mis dos colegas del foro. Si hubiera estado despierto, ahora sabría quién es el responsable del crimen, ¿verdad?

-Probablemente -arguyó el Inspector, a quien se le llevaban los demonios, del enfado que tenía. -O puede que fuera usted quien se hiciera el dormido. Sí, puede que usted, que conocía de antemano los detalles del reto, llevara dos balas idénticas a las que Parks había mostrado. En ausencia de todos, las cambió, volvió a fingirse dormido y...


Thorpe no comprendía nada de lo que Grandison Chase había dicho y eso tal vez le salvara de ser amonestado por ofender la autoridad de un Juez tan notable como él, aunque fuera entonces tan notablemente sordo y dado a los licores y la somnolencia. El Padre Brown, contrariado por la manía de Chase de ver sospechosos por todas partes, le reconvino así:

-Aunque Parks tuviera motivos para asesinar a Woolcott, no creo que el Juez tenga el más leve asomo de móvil en este caso. Es una desgracia que no nos sirva como testigo, Inspector, pero ¿por qué acharcarle que él manipulara las armas? Fue una broma suya, ¿verdad?

El Inspector enarcó las cejas, dándose por vencido. El Juez, era evidente, no tenía móvil conocido que le hubiera empujado a llevar a cabo un plan tan siniestro como aquel. Chase se lamentó de que un hombre como Thorpe no les sirviera de testigo ocular, maldijo su mala suerte y la fortuna del autor del crimen, al que todo parecía sonreírle, al menos de momento.


Salió el honorable Juez Thorpe trastabillándose contra las sillas y muebles del salón. Flambeau sonreía como un colegial que acaba de asistir a una obra de teatro y nunca olvidó que aquel fue el interrogatorio más divertido que había visto en su vida. Un poco más tarde, volvió a asomarse por allí Carter, el mayordomo, diciendo que algunos invitados iban a tomar un leve refrigerio e invitando al Inspector y sus acompañantes al mismo. Grandison Chase accedió a interrumpir momentáneamente la sesión de declaraciones y acompañó al mayordomo, mientras era seguido por el pequeño curita inglés y el corpulento detective francés.

A eso de las diez, recuperadas las fuerzas, los interrogadores volvieron a su tarea de recopilar datos, constantes en su búsqueda de la verdad, como tres jinetes infatigables en pos de la esquiva causa que motivó todo aquel misterio de fin de semana. Al poco, el señor Henry John Redvill, el veterano anticuario amigo de Sir Wilfred y de Parks, fue llamado a declarar. Entró en la estancia con la parsimonia que en él era acostumbrada, con andar lento y la misma mirada bizqueante y nerviosa. Se sentó, aclaró su voz y se dispuso a recibir las andanadas del Inspector Chase, que dudaba de todo y de todos. Incluso el curita Brown le hubiera parecido sospechoso de no ser porque sabía a ciencia cierta que no habría matado ni a una mosca.

-Señor Redvill, es usted anticuario, ¿verdad?
Redvill asintió, sin dejar de bizquear mientras emitía un leve gruñido.


-Me informan de que era usted amigo de los señores Woolcott y Parks, que les vendía colecciones de arte, de armas y demás antiguallas. Dicen que fue usted quien suministró al Magistrado las dos Mauser con que se efectuó la absurda competición de esta tarde. ¿Todo eso es cierto?

-¡Muy cierto, sr. Chase! -subrayó aquel hombre extraño, con piel tan rugosa como la de una tortuga. -Lamento haber sido quien le vendiera a Woolcott las Mauser C-96 pero espero que eso no sea un crimen en sí mismo. Hace más de treinta años que me dedico al negocio de las “antiguallas”, como dice usted, con tanta sorna. Y hace veinte o más que conocía al sr. Woolcott y al sr. Parks, aunque cuando trabé amistad con ellos ni uno era Magistrado ni el otro Fiscal. También, como ellos, soy amante de las antigüedades, de las colecciones de objetos vetustos y valiosos, hechos a la vieja usanza. Fui yo quien le vendió al pobre Woolcott esas dos armas infernales, sí, pero yo mismo no sabría usarlas. Por si no lo sabe, sufro de problemas de visión y no pude cumplir con mi patria: no realicé el servicio militar. En suma, nunca he disparado un arma y, pese a que guardo en mi tienda muchas de ellas, sería incapaz de utilizarlas. Ni siquiera conozco sus partes ni sé cómo se montan. Sólo las colecciono, las admiro y me deleito con ellas, nada más.

El Inspector, el cual iba apuntando en una libreta todas las declaraciones de cada uno de los invitados, anotó los datos que Redvill, el anticuario, había compartido con ellos. El curita puso cara de contrariedad, tal vez porque, como luego él mismo me confesó, las declaraciones del Juez, del anticuario y de otros, que en apariencia les iban exculpando como responsables del crimen, irremisiblemente iban acercando al Fiscal Parks, poco a poco, al nudo de la horca.


Flambeau notó aquella cara de preocupación en su amigo y, como días más tarde me refirió también, pensó en aquel momento si su amigo el curita no se habría obstinado demasiado en la defensa del Fiscal Parks, cegado en su inocencia y tal vez empeñado en demostrarla, contra toda evidencia. Pues a ojos del Inspector y de Flambeau, en aquel momento consideraban a Parks como el presunto autor del crimen.

Muchos indicios apuntaban a ello (las huellas habían sido el último dardo en la diana) y, aunque luego hubieron de modificar sus opiniones, tanto al Inspector como a él se les fue formando en sus mentes la imagen de un Fiscal astuto y perverso, un ser capaz de mentir y de preparar aquella farsa con tal de cumplir su pérfida venganza. Luego continuarían el interrogatorio a Redvill, que seguía bizqueando. A Flambeau le dejó muy impresionado la cara de abatimiento del Padre Brown ante aquel montón de pistas e indicios que se iban acumulando contra Parks y se clavaban en su cerebro como los clavos que cierran la madera de un ataúd.

[CONTINUARÁ...]

viernes, 17 de junio de 2011

DUELO POR UNA ANTIGUA NÉMESIS (5) [Dedicado a CAMINANTE]


DUELO POR UNA ANTIGUA NÉMESIS
(5)

Cuando el Padre Brown hubo terminado de hacer las preguntas que él consideraba serían cruciales para resolver el misterio de la muerte de Sir Wilfred, el Inspector Chase miró al sacerdote, se quitó el sombrero por respeto al difunto Magistrado y dijo:

-Querido Padre, acabo de llegar y ya me acribilla usted a preguntas. Espere a que me sitúe en el escenario del crimen. Y, hablando de eso, le presento al Dr. Thomas Tanner, uno de los forenses más jóvenes y prometedores de Scotland Yard. Seguro que nos será de mucha ayuda en este caso...


-Eso espero, Inspector. -comentó Tanner, con su delicada y juvenil voz.

Luego, el Inspector Chase sacó su tabaquera, encendió un pitillo y, tras la primera calada, exhaló un humo azulado que fue formando extrañas volutas en el aire, y continuó dando las órdenes que juzgó pertinentes:

-Dr. Tanner, mientras usted examina el cadáver de Sir Wilfred hasta que venga la ambulancia y el Juez, yo cogeré las dos pistolas semiautomáticas para que las revise Carruthers. Aquí no hacemos ya nada, amigos. Volvamos a la casa. Cuando termine, Tanner, no se vaya aún. Espere a que lleguen los del juzgado y, una vez se hayan hecho cargo del cuerpo, regrese a la casa.

Quedó el doctor examinando el cadáver, el cual estaba inmóvil y retorcido en el espeso charco de sangre, en tanto los otros tres marchaban hacia la casa. Por el camino, Grandison Chase fue escuchando los detalles del caso de boca del Padre Brown, con algún apunte de Flambeau. Los dos, el curita y el gigantón, estaban bastante perplejos por aquel extraño y aterrador suceso y no acertaban a dar con la clave del enigma. Chase se interesó por la vida de los invitados y, en especial, por las de Parks y Gallagher, a los que consideraba como los máximos sospechosos de haber cometido el crimen.


-Convendrán conmigo -dijo el Inspector Chase, dando la última calada a su cigarrillo- en que ha sido un asesinato fríamente premeditado. La cuestión más importante será determinar quién y cuándo entró en el salón de juegos, cogió las balas de fogueo y las cambió por las de verdad, si es que eso es lo que ha sucedido. Es un caso endiablado porque no creo que haya ningún testigo, con lo que demostrar quién manipuló las armas será casi imposible.

-No lo sé -intervino el sacerdote. -En cualquier caso, no olvide que tenemos que encontrar el papel con la famosa palabrita, ver quién pudo dejarlo y por qué motivo. Tal vez sea una pista falsa, pero me inclino a pensar que las cosas que uno hace, sea testigo, víctima o asesino, las hace por algo. Y en esa palabra, “enemiss”, hay algo más que todavía no logro ver...

-Puede que no tenga relación con el caso -terció Flambeau-, aunque, como fueron las últimas palabras de Sir Wilfred, debían tener mucho valor para él. Para vengar la muerte de mi amigo, me encargaré de hallar ese papelito y, con la ayuda de ustedes, descubriremos su significado oculto.


Serían casi las ocho cuando atravesaron la puerta de hierro que comunicaba los jardines con la mansión. Todos aguardaban inquietos y taciturnos en el salón principal, salvo Eleanore Woolcott y su hija, que se encontraban en sus habitaciones en tal estado de excitación mental y física que al Inspector no le importó aquella ausencia. Ya las llamaría a declarar más tarde. El fornido policía habló un momento por teléfono, interesándose por si habían tenido éxito las patrullas de agentes que andaban a la busca y captura del Capitán Gallagher. Por sus palabras y su expresiva preocupación, vieron que, de momento, la búsqueda del huido estaba siendo infructuosa.

El Inspector Grandison Chase dispuso todo con el sargento Carruthers para dar comienzo a los interrogatorios cuanto antes. ¿Para qué esperar? Nadie tenía hambre. Pese a que el mayordomo había insistido en ofrecer la cena, tanto la señora de la casa como su hija y los otros comensales manifestaron su falta de apetito. Quizá cuando las declaraciones acabasen alguno tuviera el deseo de cenar cualquier cosa, de ahí que el mayordomo Carter y las cocineras debían estar preparados para esa eventualidad y aquella noche tuvieron que acostarse más tarde de lo habitual.

El Inspector, una vez hubo solicitado a todos los invitados, excepto al Fiscal, que salieran del salón a la espera de que fueran llamados a declarar, le pidió a éste que se sentara y, antes de interrogarlo, mandó a Carruthers que saliera fuera a vigilar que nadie escapase. El señor Arthur Parks, el cual era presa de un ataque de nervios. Si antes se había mostrado tenso, tal vez por la emoción del duelo, ahora balbuceaba y movía las manos nerviosa y febrilmente, como si quisiera agarrar el aire. El Inspector tomó asiento en un mullido sillón de terciopelo rojo que estaba tras una de las mesas de escritorio que adornaban el salón. Desde esa mesa podía dirigirse a sus interlocutores y tomar nota de lo más relevante de cada declaración. Volvió a sacar su tabaquera, encendió otro cigarrillo de forma parsimoniosa pero resuelta y, mirando fijamente a los ojos de Parks, preguntó:


-¿De quién fue la idea de celebrar ese “duelo falso”? Permítame decirle, antes de que hable, que me resulta un juego absurdo y peligroso, como ha quedado demostrado. Ustedes dos ya eran mayorcitos para andarse con esas bobadas, ¿no le parece?

Parks miró al Inspector con su sempiterno ceño fruncido y contestó:

-Puede que a usted, Inspector, le parezca un estupidez pero para mi pobre amigo Woolcott y para mí era una sencilla e ingeniosa forma de dar por zanjadas nuestras rencillas... Fue a él a quien se le ocurrió lo del duelo. La idea la tuvo hace quince días, más o menos, cuando me invitó a pasar en esta finca un fin de semana. Charlábamos sobre unos sables antiguos y sobre los duelos cuando se le ocurrió lo de batirnos, como una manera alegre y deportiva de encontrarnos en el campo del honor. Nada más...

-Sí, pero el duelo fue a pistola. -subrayó Chase. -Lo de las pistolas, el uso de esas pistolas semiautomáticas precisamente, ¿también fue idea del señor Woolcott o lo propuso usted?


-También él propuso eso. Y no sabe cómo lamento haber sido yo quien haya ganado este duelo... No dejo de repetirme lo estúpido que fui al acceder a celebrarlo. Además, sé que, si mi amigo hubiera disparado en primer lugar, el herido habría sido yo. Tal vez hubiera muerto también. No puedo dejar de pensar en que he matado a un hombre y en que yo mismo podría haber muerto. Comprenderá entonces que ahora sea incapaz de dar coherencia a ningún razonamiento. Estoy desolado y me veo impotente ante este cúmulo de calamidades. Estoy roto, por dentro y por fuera...

-Volvamos a las armas, señor Parks. Según me han dicho los amigos Brown y Flambeau, fue usted quien trajo las balas y las cargó, ¿no es cierto?

Arthur Parks asintió, sin dejar de mover las manos, muy nervioso.


-Correcto -masculló el Inspector Chase. -¿Eran balas de fogueo?

-Así es. Las compré hace poco, en una tienda especializada, absolutamente legal. Está en Londres... Creo que se llama Hook's Armory... Debo tener el recibo de compra en casa. Si quiere, puedo buscarlo. Sé que esas balas eran de fogueo, que Sir Wilfred las comprobó y vio que eran inofensivas. Estoy casi seguro de que fueron las mismas balas que cargué en el tambor de cada pistola. Al menos, su aspecto era el mismo. ¡No entiendo cómo o cuándo las cambiaron! Ni siquiera entiendo por qué harían semejante atrocidad. Sin duda, alguien deseaba la muerte de mi amigo Woolcott...

-¡O la suya, señor Parks! -intervino el Padre Brown, en voz tan baja como firme y contundente, lo cual dejó sorprendidos a los otros tres.


El Inspector cambió de tema y, de pronto, le soltó a Parks:

-Tengo entendido que hubo un tiempo en que usted y el docto Magistrado Woolcott eran enemigos, educados y correctos si quiere, pero enemigos al fin y al cabo. No hace falta que le diga que no está usted bajo juramento, ya que conoce todo el proceso en un caso criminal, pero le ruego que sea lo más sincero que pueda y nos concrete cuáles fueron las principales causas de que hubiera esa enemistad entre Woolcott y usted...

-Es de todos conocido -comenzó por decir el azorado señor Parks- que hubo varias ocasiones en las que mi vida tropezó con la de Woolcott. Primero, en nuestros iniciales escarceos en el mundo de la judicatura inglesa, ya que ambos éramos dos jóvenes ambiciosos, aunque entonces mucho más bisoños y mucho menos experimentados que ahora. Cuando aspiramos al puesto de Magistrado de la Supreme Court, entre otros tantos, Woolcott nos ganó en buena lid, pero lo que había sido una mera rivalidad en el mundillo legal, se tornó en franca envidia, lo digo con total sinceridad y conocimiento de mí mismo. Esa envidia aumentó y a ella se le añadió mi enfado cuando, siendo yo parte interesada en la disputa de la propiedad de unos terrenos en las inmediaciones de Oxford, mi amigo, por aquel entonces ya Magistrado de muy reconocido prestigio, falló en favor de la parte contraria. Ese fue el punto culminante de nuestra peculiar guerra de odios, aunque creo que él, en realidad, nunca llegó a odiarme, igual que yo, rabioso contra él, nunca llegué a desearle mal alguno. Prueba de ello es que nos reconciliamos y eso es lo único que en estas tristes horas me consuela...


Luego, Grandison Chase volvió a insistir en el asunto de las balas:

-Señor Parks, me veo en la obligación de pedirle que haga un esfuerzo de memoria: ¿Está usted seguro de que las balas que colocó en los cargadores de las semiautomáticas eran las mismas que usted compró?

-No lo sé, Inspector. -proclamó el Fiscal, en un tono dubitativo, y su duda sonó auténtica, no forzada o dolosa. 

-No lo sé. Juraría que eran las mismas balas que compré pero no podría asegurarlo del todo.

-¿Cómo explica, entonces, lo sucedido?


-Sólo cabe una posibilidad. Si para mí aquellas balas eran las mismas, al menos en apariencia, es porque alguien debía tener unos proyectiles del mismo calibre y semejantes a la de las balas de fogueo que adquirí en la Hooks' Armory... Es obvio que, para que su siniestro plan diera fruto, el responsable de este ominoso crimen debió cambiarlas antes, cuando salimos del salón de juegos.

-¿Se da cuenta de lo que eso supone? -inquirió el detective francés, ya que al Inspector no le estorbaba que sus amigos Brown y Flambeau intervinieran en la investigación, incluso en los interrogatorios preliminares.

-Si fuera así, eso implicaría -comentó Parks en un tono extrañamente oscuro y sombrío- que aquí se ha cometido un crimen no sólo premeditado, sino atroz, salvaje y absolutamente cruel. No tienen por qué creerme. Sé que ante ustedes aparezco como el principal sospechoso del crimen, porque yo disparé el arma que asesinó a mi buen amigo, pero les juro por lo más sagrado, les juro por mi honor de caballero que yo no puse en las pistolas ninguna bala que no fuera las de fogueo, salvo que las cambiaran antes y no me diera cuenta...


Dicho lo cual, Parks se golpeó en la frente, aún fruncido su ceño, señal de su tormentoso estado de ánimo, y ruborizado exclamó:

-¡Oh, hado perverso!, ¿por qué permites que haya matado a uno de mis mejores amigos? ¿Cómo he llegado a verme en esta situación? Nunca podré perdonármelo, nunca, nunca, nunca...

El Padre Brown, compadecido del atormentado Fiscal, se levantó, fue hacia él y le puso una mano en el hombro, tratando de tranquilizarle:


-Serénese, señor Parks. Yo le creo y estoy convencido de que mis amigos le creerán, si es que no confían ya en su testimonio. Alguien quiere hacerle pasar por asesino. O incluso cabe la posibilidad de que deseara lo contrario, es decir, que fuese usted la víctima y el buen señor Woolcott quedara ante nosotros y ante la opinión pública como un vulgar asesino. Debe usted irse a descansar. ¿Lo autoriza, Inspector Chase?

Grandison Chase, ante aquella decisión del curita no pudo negarse y dejó que el Fiscal, tremendamente afectado, se levantara y se fuera, aunque le lanzó una mirada de absoluta desconfianza, fruto tal vez de su profesión, que le forzaba a estar alerta ante cualquiera, fuera Fiscal o simple ratero. En ese momento, cuando los tres quedaron solos de nuevo, Flambeau alzó la cabeza y elevando sus manos en gesto exageradamente mediterráneo, abrió la caja de los truenos, recelando de lo que acababa de oír:

-Mon Père, ¿está seguro de lo que ha hecho? Ha sido usted quien durante estos años me ha enseñado a estar siempre muy atento y en guardia ante cualquier clase de sospechoso. Se me ha ocurrido una explicación a todo el asunto, y es una posibilidad que no ha considerado, amigo Brown. ¿No ha pensado que Parks haya podido mentirnos, que realmente pudo colocar unas balas mortales totalmente idénticas a las de fogueo que él trajo y luego hacerse el inocente con nosotros? Es arriesgado, pero sería una jugada maestra, una prueba de su refinamiento y su maldad...

Antes de que Flambeau terminara su razonamiento, Brown ya había elevado sus grises ojuelos por sobre los cristales de las gafas y dijo:


-No, no, Flambeau, nunca he ignorado esa posibilidad que con tanta audacia argumenta usted ahora. El ser humano suele darse a la mentira y el señor Parks podría ser el perfecto mentiroso. De hecho, habría quien, pensando en las tretas de su oficio y práctica jurídica, podría pensar que Parks es un consumando maestro en el arte de la mendacidad, pero yo he visto sus ojos, he visto sus manos temblorosas, he visto el sudor en su frente y su ceño más hundido y atormentado que nunca y le digo, le aseguro, que él no miente, ergo, que él no es responsable de esta perversa acción, aunque su mano fuera, sin saberlo, la que segó la vida del Magistrado.

El Inspector oyó muy serio aquellas palabras, tras las cuales espetó:

-Padre, en este caso me inclinó a pensar como mi querido amigo Flambeau. No descarte lo que le acaba de decir. Conozco la intachable reputación de Parks, pero también conozco su facilidad para engañar o manipular a un jurado. Él ha intervenido en miles de casos, a cual más enrevesado, y se las ha visto con jueces más duros que las piedras de la catedral de San Pablo. El Fiscal es conocido por haber perdido pocos casos, por su preparación y su maestría en el dominio de la retórica, y lo que acabamos de ver pudiera haber sido una cuidada representación, el tercer acto de la comedia (o más bien, tragedia) que se ha producido entre los muros de esta desgraciada mansión. Si las pruebas le señalan como sospechoso, me veré obligado a detenerle, no lo dude, Padre Brown.


-Y cometerá usted un tremendo error. -musitó el sacerdote.

-Aunque su oficio -continuó Chase- con frecuencia le lleve a compadecerse de los más astutos criminales, el mío me obliga a reunir las pruebas que demuestren su culpabilidad, en el caso de que sean culpables. Repito que si todos los indicios apuntan al hecho de que Parks tuvo algo que ver con este infortunado suceso, le detendré sin que me tiemble un músculo.

-Y yo le repito que ese hombre no miente, que no es el causante de lo que aquí ha sucedido y que incurrirá usted en una injusticia si le detiene.


El Inspector Chase, algo contrariado por las aseveraciones de Brown, por su rotundo aunque suave tono afirmativo y por su insultante seguridad, decidió no proseguir una charla que, en su opinión, no les conducía a nada, y pidió a Flambeau que llamase al sargento Carruthers para que este, a su vez, trajera al honorable Juez Óliver Thorpe para que se le tomara declaración. 
 
[CONTINUARÁ...]

martes, 14 de junio de 2011

75 ANIVERSARIO DE CHESTERTON... Y ALGO SOBRE "NÉMESIS" (A GANDALF)

Hoy los chestertonianos de todo el mundo celebramos los 75 años de que nos dejara el ingenioso, polémico y prolífico escritor GILBERT K. CHESTERTON. Como sabéis, mis blogs de Blogger están permanentemente dedicados a su memoria, a la de su esposa FRANCES BLOGG y a su mejor amigo, HILAIRE BELLOC.

Por ello, se podría decir que todo el año celebramos la vida, obra e influjo de Chesterton, y conmemoramos las dos efemérides clave que abrieron y cerraron su vida: su nacimiento, el 29 de mayo de 1874, y la fecha de su muerte, ocurrida el 14 de junio de 1936.

Hoy no podía ser menos. Por eso esta entrada se dedica a honrar su enorme y rotunda figura, su ingente, penetrante y maravillosa obra literaria y como periodista, así como su valor al convertirse a la fe católica en una Inglaterra rabiosamente protestante y materialista, además de haber sido constante defensor de la fe cristiana, a secas, de las tradición católica romana en especial, y tan firma cuanto donoso esgrimista en mil batallas dialécticas.

Defendió la ortodoxia frente a la herejía, la razón frente a la barbarie, el sentido común frente a la locura del relativismo moderno, la libertad del individuo frente a los abusos del Estado, la democracia frente al totalitarismo y la propiedad privada de cada cual frente a la voracidad de los plutócratas. Fundó periódicos, escribió novelas, cuentos, ensayos, poemas, biografías, obras de teatro...

Colaboró asiduamente en la prensa, tuvo su propio periódico, participó en mil y un debates, con oponentes como el célebre GEORGE BERNARD SHAW y otros (todos destacaron siempre su caballerosidad, su agudeza y su nobleza en el fino y complejo arte de polemizar). Se implicó en política, llegando a fundar, junto a su hermano CECIL y al citado HILAIRE BELLOC, un partido alternativo al conservador y al laborista, con todo un movimiento llamado Distributismo o distribucionismo, basado en la doctrina social de la Iglesia católica y en especial en la encíclica Rerum Novarum, de LEÓN XIII, y cuyo máximo objetivo era lograr una distribución más justa y equitativa de la riqueza de un país.

Se consideraba como liberal, lejano al Socialismo de la Sociedad Fabiana inglesa; aborrecía por igual el Capitalismo y el Comunismo, y mucho más el Anarquismo. Por eso fundó el Distributismo, con escaso éxito, pero muchas de sus ideas están siendo retomadas, no sólo por la Iglesia católica, sino también por economistas de hoy. En el mundo globalizado que nos toca vivir, las ideas de Chesterton sobre el poder difuso e inconcreto de unos pocos sobre todos los demás, y la acaparación de todos los recursos y riquezas por esos pocos están de plena actualidad y por ello, su pensamiento conserva toda su vigencia, aún más hoy que ayer, si cabe.

No deseo extenderme mucho más. Recomiendo que se lean sus obras, sean las de ficción (entre ellas, la del Padre Brown son las mejores, así como la novela metafísico-policial de El hombre que fue Jueves), sean los ensayos, biografías (especialmente las que hizo sobre San Francisco de Asís y Santo Tomás de Aquino, auténticas joyas) o artículos periodísticos. Leedle, si gustáis de hacerlo, aunque os aconsejo que lo hagáis a sorbos breves, suaves y moderados. Chesterton es como un maravilloso vino añejo, como un licor amable y dulzón, de enorme calidad y hondura, pero que ha de beberse poco a poco, sin excederse.

Esta entrada, se ha dicho arriba, se dedica a su memoria, a los 75 años de su muerte. También va dedicada a nuestro amigo GANDALF, que tanto me ha ayudado en la historia del Padre Brown. En la segunda parte del pot entenderéis por qué la dedicatoria se la brindo al genio galaico. ¡Muchas gracias por tus estupendas aportaciones, GANDALF!

La segunda parte del post no es más que una

RECAPITULACIÓN DE LO YA CONOCIDO EN
"DUELO POR UNA ANTIGUA NÉMESIS"
(con anticipo de algunas pistas que
el Padre Brown y sus amigos
aún no han descubierto):

0.-Los personajes que aparecen son todos los que aparecerán en lo que queda de historia. No será de esas narraciones en las que surje, en el último momento, un chino misterioso o un vendedor de lencería mentiroso que resulta ser el hijo secreto de Sir Wilfred que tramaba una venganza ('némesis') contra él. No, los que están son los que están y son lo que son.

1.-
El dictamen del forense. El Dr. Tanner, en efecto, ha examinado el cuerpo del Magistrado. Cuando trasladasn el cuerpo, el buen doctor forense va con la ambulancia y, una vez llega a la Morgue y a su sala de autopsias, profundiza en su examen del cadáver. En ese ulterior análisis comprobará algunos datos interesantes: del cuerpo del difunto extrae una bala calibre 7,63cm, perfectamente posible en una Mauser C-96. En suma, era evidente que no fue una bala de fogueo, sino una bala real, la que acabó con la vida del Magistrado. El Dr. Tanner dictamina muerte de Sir Wilfred por la fatal herida en el pecho, casi en el corazón, de la que falleció desangrado. En el informe de la autopsia se confirma ese dictamen preliminar. No se hallan drogas en el cuerpo del difunto ni otros datos de interés para el caso.

2.-
La bala del árbol. En efecto, GANDALF: la bala del árbol no era de fogueo, sino real. Y os anticipo que la mano misteriosa que dispara desde la ventana usa un arma distinta, un arma que ha debido llevarse consigo, por motivos evidentes. El sargento Carruthers, a instancias del Inspector Chase, vuelva al jardín a inspeccionar el árbol y logra extraer el proyectil. El lunes siguiente a ese fin de semana, se realiza el informe balístico en el Yard, el cual dictamina que la bala es del calibre .45 ACP y concluye que el arma que disparó era una Colt 1911, propiedad de... (hasta aquí puedo leer).

Gracias por revelarme que las balas de fogueo de aquella época eran de madera, con lo que difícilmente una de madera podría haber dejado huella y menos penetrado en un árbol, máxime si, como bien dices, apenas salidas del arma se quemaban y caían al suelo. Era un dato que yo, en mi supina ignorancia, desconocía por completo. Gracias de nuevo, amigo.

Sobre algo que GANDALF me comenta después, es decir, la declaración de Miss Artemise North: ella dice haber visto el brazo de un hombre disparando desde la ventana. Pudo ser una mujer, pero a la distancia a la que estaba la periodista se podía ver el tipo de ropa y, aunque solo sobresaliera el brazo, está claro que ella identificó la mano y el brazo de un hombre.

3.-
La conjetura de GANDALF sobre la auténtica víctima: Escribe mi querido amigo, tan atento lector, lo siguiente: "Todos estos detalles nos llevan a la conclusión de que el objetivo del misterioso tirador no era específicamente Woolcott, sino otra persona, posiblemente el propio Parks". En efecto, ¡bravo por tu deducción, GANDALF! Los tres detectives del caso llegarán a esa misma conclusión, pero luego rechazan la idea de que el misterioso tirador apuntase para matar a Parks. ¡Ojo!, en realidad el plan del asesino, dado que era un duelo en el que ninguno de los dos contendientes había previsto que iba a morir, implicaba sólo dos cosas: una, que hubiera un muerto, un asesinado; y dos, que al otro le acusaran del crimen. Es decir, el diabólico plan no era, ni más ni menos que una mano inocente acabara, sin saberlo, con la vida de otra y que ese inocente fuera visto ante todos como el responsable del crimen. Lo que se resume en un dicho castellano: "matar dos pájaros de un tiro"...

4.-
El tiro de la ventana es independiente del que se dio en el crimen y tuvo otras motivaciones. Tal y como yo pensé el misterio en su origen, quien dispara desde la ventana apunta a otra persona distinta de Woolcott y Parks. Es decir, que ese disparo, hecho con el ya mencionado Colt 1911, fue realizado por otra persona, con otros motivos y no para matar a ninguno de los duelistas. De momento, no puedo decir a quién disparaba o si disparaba a alguien o sólo quería llamar la atención o tal vez herir a una de las damas o a uno de los caballeros que no participaban en el duelo. O tal vez, incluso, disparase al árbol con la intención de detener el duelo. Ya se sabrá, no os preocupéis. Tal vez quien disparó desde la ventana sabía algo que todos ignoraban y no se le ocurrió nada más rápido para ejecutar su acción que, apunto, no tiene por qué ser malvada. ¡Cuántos disparos asesinan, pero cuántos salvan vidas...!

5.-
Los personajes. GANDALF me envía un portentoso y pormenorizado análisis de los móviles y motivaciones posibles en cada personaje, partiendo de lo que ya he apuntado en la narración. No me guardo ningún as en la manga y repito que pretendo ser honesto en un tipo de escritura como este en la que, por desgracia, ha habido muchos tramposos, y en el cine, más. Voy uno por uno, siguiendo el orden que el genio galaico me ha propuesto, empezando por los personajes femeninos:

5.1.-
ARTEMISE NORTH, la periodista. En efecto, ella tenía contraídas con Sir Wilfred muchas deudas. El Inspector Chase le extrae que ella es jugadora habitual, y que Woolcott le prestaba dinero y aunque, de momento, no deba adelantaros si la señorita North, realmente bella, le devolvió la deuda al Magistrado pagándole en forma de coqueteos amorosos, puedo deciros que ella pasa por sospechosa de segundo grado en el caso y, en realidad, es más importante como testigo del episodio de la mano en la ventana. En efecto, GANDALF acierta al decirme que, si ella fue la autora del crimen (y podría haberlo sido, no debo desvelarlo aún) necesitaría forzosamente un cómplice. Y eso nos lleva a las preguntas de ¿quién y por qué? Nada más...

5.2.-
ELEANORE WOOLCOTT, la esposa de Sir Wilfred. GANDALF, de nuevo, me apunta sus dos móviles más plausibles: si tuvo que ver con la muerte de su esposo, y no digo que no haya sido ella, o bien lo hizo por el dinero de la herencia, o bien porque tal vez había descubierto que su esposo era demasiado generoso con la guapa señorita North. Poco puedo deciros acerca de la viuda, salvo que era una mujer muy sensible, sin alguna experiencia con armas, sin demasiadas ambiciones, excepto su debilidad por el lujo y la buena vida que le había dado el Magistrado. ¿Le quería aún cuando él pudiera haberle sido infiel (y no digo que lo fuese)? Sí, quería a su esposo.

5.3.-
LOUISE WOOLCOTT, la hija del Magistrado. Sí, ella pretende casarse con el Capitán George Gallagher. Y sí, el Magistrado se oponía al matrimonio de ambos. Ese es un suficiente motivo de peso para que ambos se combinaran en un plan diabólico para acabar con Sir Wilfred. No he desarrollado esa trama demasiado, tal vez porque odio las tramas amorosas, a pesar de lo cual, prometo profundizar en ella en lo que queda de narración, pero no mucho, para que no os dé un coma amoroso... No puedo deciros mucho más que esto: Gallargher amaba a Louise y por ella estaría dispuesto a todo, pero ¿también a jugarse su cuello en la horca asesinando a su futuro suegro? Si no les descubrían, ¿por qué no? Esperad al final de la historia y tal vez veáis que es posible que aún haya una pequeña porción de trama pegajosamente romántica, jaja...


5.4.-
ÓLIVER THORPE, el Juez amigo de Woolcott y Parks. En efecto, no poseía fobias contra ninguno de los dos. Era un invitado que, además, por un azar de las circunstancias, hubiera podido ser el perfecto testigo de la manipulación de las balas, pero se quedó totalmente dormido y, encima, era prácticamente sordo. No vio ni oyó a la persona que: uno, cambió las balas de fogueo por otras de verdad, de idéntico calibre y aspecto; dos, puso en el estuche de las armas el papel con una palabra manuscrita, la famosa palabrita "ENEMISS" (que es el anagrama de Némesis, como muy bien ha adivinado el también sagaz SIRLANCE, adelantándose mucho a lo que Brown y sus amigos descubrirán). El Juez no lo hizo, esa es la verdad.

5.5.-
HENRY JOHN REDVILL, el anticuario. A diferencia del anterior, él sí había tenido pequeñas (o grandes, según se mire) discusiones con los dos duelistas. GANDALF, en un auténtico tour de force narrativo que merece la pena que conozcáis y reproduzco aquí con su permiso, hace gala de una verdadera imaginación que ha logrado superarme. Os copio lo que ha deducido sobre Redvill porque merece la pena:

"En el pasado parece haber tenido algún problema con Parks, pero por el momento no sabemos su naturaleza. Relacionado con ambos duelistas y merchante de obras de arte y antigüedades.
La única razón para que pudiera desear la muerte del anfitrión o del fiscal sería una fuerte deuda contraída por alguno de ellos y que supiera no podría cobrar jamás.
También sería posible que alguna supuesta irregularidad en la adquisición de alguna colección u obra de arte en particular no hubiera sido totalmente lícita y conocido el hecho por el fiscal Parks, o más raramente por el magistrado Woolcott, estuviera sufriendo chantaje a cambio de silencio.
Tanto en el caso de Redvil como en el de Thorpe, parece claro que hay que descartar cualquier relación adúltera entre ellos y la señora Eleanor Woolcott".

Apenas puedo responder, al menos de momento. Tan sólo deciros que en la parte 6 del relato se da el interrogatorio a Redvill, en el cual revela, ante las preguntas del Inspector Chase, sus desavenencias con Parks, pero no deja claros sus asuntos con Sir Wilfred. Y es cierto, ni el Juez ni el anticuario cometieron adulterio con la señora Eleanore Woolcott, ¡muy bien visto, genio culé!

5.6.-
GEORGE GALLAGHER, Capitán de Infantería. Me apunta GANDALF, con buen juicio, que no he determinado el cuerpo al que pertenece el fogoso irlandés Gallagher. En efecto. Y no tenía pensado hacerlo, tal vez por descuido o por no ser determinante en el caso. Pero dado que es un dato que le agradezco me haya recordado, haremos que el Capitán Gallagher sea del cuerpo de Infantería. Diré que Gallagher es un excelente tirador, que ama a Louise Woolcott, que se vio muy contrariado por las constantes negativas de Sir Wilfred y su oposición a que se casaran (trama romántica que ya he dicho no he desarrollado bien, pero...)

Sobre la hipótesis muy cierta de que Gallagher fuera quien realizo el tiro desde la ventana y sobre tu pregunta de 'si disparaba a Parks, ¿por qué erro el tiro tan estrepitosamente, si era un tirador consumado, de magnífica puntería? 

Bueno, os pregunto: ¿quién nos dice que no disparaba al árbol precisamente? ¿O que no disparaba a otra persona, tal vez una de las damas o uno de los caballeros que asistieron al duelo? No sigo, que me lanzo... Sólo una pista más: quien disparó desde la ventana no quería herir al Magistrado. Lo demás, lo dejo a vuestras especulaciones y al hecho de que, por desgracia, no es hasta casi el final de la historia cuando la Policía encuentra al huido, al Capitán Gallagher. Por ello es el último en ser interrogado, aunque para entonces el Padre Brown ya había resuelto el misterio.

5.7.-
Otros personajes: Aunque el buen WOLFSON-QUASIMOD apunte con sorna hacia el mayordomo, en una broma que le agradezco, he de decir que el discreto sr. CARTER, el mayordomo principal, nada tuvo que ver en este crimen, aunque se sabe que robaba comida de la cocina a hurtadillas y que le sisaba en lo que podía a su amo, el Magistrado. Pero no comentéis nada al respecto. Queda entre nosotros.

El joven mozo Barrett tiene luego su pequeña intervención a cuenta del papel con la palabra "ENEMISS", pero tampoco ideó semejante asesinato, el cual, como bien ha visto GANDALF, dependía mucho del azar, aunque el asesino tenía su ejecución muy bien proyectada.

Por supuesto, ni el pobre Padre BROWN, ni FLAMBEAU, ni el INSPECTOR CHASE o los otros tuvieron lo más mínimo que ver en el asunto, aunque no sería el primer caso en que al final se revela que el asesino es el detective, cosa que el gran
S. S. VAN DINE, en sus 20 reglas para escribir una novela policíaca prescribía como totalmente prohibido si se quería ser honesto con la inteligencia de los lectores y a mí ya me habéis demostrado de sobra que la tenéis, y en mayor cantidad y calidad que la mía propia.

Huelga decir que agradezco muchos todos los comentarios que me habéis ido dejando en el blog de LD y en los de Blogpot. No sería justo que dejase sin mencionar las aportaciones de
-CAMINANTE (a quien va dedicada toda la historia, como ya sabéis),
-CUALQUIE (que vio muy bien que el criminal solo puede ser... ¡el asesino!),
-IURIS (que, me parece, va camino de ser quien descubra al criminal, si es que GANDALF no se le adelanta),
-SIRLANCE (que, tal vez por su afición a lo policial, vio con toda rapidez y claridad el sentido de la palabra “enemiss”, anagrama de NÉMESIS... No es la pista fundamental, pero puede ser una prueba muy importante para que el criminal sea detenido),
-EUTEKOS (gracias por proponer un reto que no sé si recordaréis; EUTEKOS escribió en los comentarios del primer post: “el primero que te mande un emilio con la solución del caso, se lleva la caña y el pincho de tortilla virtuales. D'accord?” ¡Hecho, amigo!),
-EL EMPERADOR TTESK (no te preocupes por los comentarios: los exámenes te harán pensar con claridad en la identidad del malo, que esta vez no es Rubalcaba, jajaja),
-LEO-DIENEQUES (besos, amiga, y gracias por tus elogios),
-VIKINGA,(lo mismo digo: besos, agradecido por tu amabilidad),
-WOLFSON-QUASIMOD (gracias por lo del Breviario en lugar de Libro de Horas; fue, sin duda, fallo del traductor)
y, por supuesto, sin olvidar las sabias y muy informativas aportaciones de GANDALF (todos ellos desde los blogs de LD; ahora entenderéis por qué le he dedicado esta entrada especial al magnífico GANDALF).
Asimismo, no puedo dejar de citar los amables y cumplidos comentarios que una poética amiga, ZAMBULLIDA, ha dejado en los blogs de Blogger.

Espero no haberme olvidado de nadie. Si lo he hecho, que me dé un capón y me lo diga, para corregir el posteo. Tal vez alguien haya leído, no haya querido comentar nada y tenga ya la solución del crimen. En ese caso, le agradezco que guarde silencio. Algunos silencios son de oro, ¿verdad?

A todos, gracias, por leerme y mi eterna gratitud por aguantar estos ladrillazos que os endilgo sin la menor piedad o misericordia.


Si el cuentecito os va entreteniendo y, a la vez, eso os pica la curiosidad por leer al verdadero creador del Padre Brown, el genial CHESTERTON, habré logrado, y aún superado, mis objetivos al embarcarme en la enrevesada, maléfica y perversa carrera del crimen.

Saludos, queridos amigos, y que Dios os bendiga.

[CONTINUARÁ...]