lunes, 13 de junio de 2011

DUELO POR UNA ANTIGUA NÉMESIS (4) [Dedicado a CAMINANTE]


DUELO POR UNA ANTIGUA NÉMESIS
(4)

Parks arrojó al suelo su pistola, corrió a la velocidad del rayo y anduvo toda la distancia que le separaba del lugar donde había caído su amigo. Pronto observó que Sir Wilfred, agonizante y retorciéndose de dolor, estaba herido en pleno pecho, del cual manaba abundante sangre. 
 
Lo que más aterrorizó al Fiscal fue ver la trágica expresión de horror, la mueca macabra y del extrañeza del pobre Magistrado, que por un momento pareció querer incorporarse para hablar. Pero en aquellos fatales segundos de vida, vomitó un poco de sangre por la boca y, antes de exhalar su último aliento, apenas musitó unas cuantas palabras al oído del señor Parks, que se había inclinado para escucharle con más atención:


-Le perdono... a usted... Busquen... el papel... Es... enemiss...

Y expiró. No dio tiempo a que terminara aquella frase postrera. Entonces, el señor Parks cerró los ojos, maldijo aquella desventurada tarde y gritó. Al Padre Brown le pareció que aquel estruendo de desahogo era auténtico. El segundo en llegar, justo tras los pasos de Parks, fue Flambeau, que oyó claramente cómo este maldecía su mala suerte y se echaba la culpa de lo que había pasado. Luego apareció Louise Woolcott, que se encaró con el Fiscal, reprochándole su malvada acción con estas palabras:

-¡Asesino, es usted un asesino! Ha estado fingiendo estos dos meses, pérfida víbora envidiosa. Dos meses de hipocresía en los que se ganó la confianza de mi pobre padre para ahora asesinarle delante de todos y sin piedad... ¡Me da usted asco...!


Los demás aparecieron en el instante en que un atónito Parks permanecía pálido, mudo y perplejo ante las acusaciones de la hija, la cual se inclinó ante el cuerpo de su difunto padre, mezclando su amargo lamento con palabras ininteligibles. 
 
Como era lo más natural, la señora Eleanore Woolcott también lloraba sin consuelo, al tiempo que pedía el socorro de un médico, ignorante de que ya nada podía hacerse por salvar a su marido. 
 
Por su parte, aunque estaba totalmente conmocionada, la joven periodista, Miss Artemise North, aseguró a todos que, saliendo de una de las ventanas de la mansión, había visto con claridad el brazo de un hombre empuñando una pistola y apuntando al exterior. Eso le llamó la atención y en cuestión de segundos fijó su mirada en ese punto. Por lo que ella juzgaba, y así lo declaró después, la segunda detonación que oyeron fue ni más ni menos que un disparo que aquella sombra extraña había realizado desde esa ventana de la casa, que daba a los jardines.


Muy decidido y sin pensarlo dos veces, el humilde sacerdote llamado Brown se inclinó ante el cuerpo sin vida de Sir Wilfred, mientras recitaba una última absolución para el alma del buen jurista y algunas oraciones que en el credo católico se reservan para estos casos desesperados.

Al agacharse, una ráfaga de viento hizo que su sombrero negro y picudo, característicos de los clérigos de entonces, saliera volando, mientras él miraba al cielo, sorprendido. Por un momento, una idea extravagante cruzó su mente: la idea de que aquella ráfaga de viento era el alma de Sir Wilfred, camino de la luz del Creador.

Los demás quedaron paralizados por el hecho en sí. El anticuario Redvill no dijo ni media palabra pero no dejaba de bizquear, mientras el adormilado Juez Thorpe no comprendía nada. El pobre viejo creyó en un principio que nadie había disparado su arma, puesto que él no había oído ningún ruido. En esos instantes de terror, Parks se acercó al cura y le confió las últimas y misteriosas palabras que el Magistrado Woolcott había pronunciado. 

En tanto se desarrollaba aquella escena de tragedia, Flambeau corrió como un gamo, con un doble objetivo: debía avisar por teléfono a la policía para contarles lo acaecido, además de dar parte a un médico, a sabiendas de que ya ningún doctor podría hacer nada por el Magistrado; en segunda instancia, tenía que descubrir quién era la sombra tras la ventana, aunque su mente se maliciaba que no podía ser otro que el Capitán Gallagher, el cual habría disparado su arma por un motivo que el detective francés no era capaz de imaginar, si es que realmente había disparado contra Sir Wilfred, de lo cual no estaba seguro. Flambeau daba grandes zancadas, camino de la casa, al tiempo que se acordó de que alguien le había dicho que Gallagher era, sin duda, el mejor tirador de cuantos allí estaban.


La señora Eleanore Woolcott, en cuanto el Padre Brown hubo terminado sus rezos, se agachó y al instante se abrazó al cuello de su difunto esposo, entre lágrimas de infinito desconsuelo. Del igual modo, Louise, la cual aún ahora se había vuelto a sentar, sollozaba sin dejar de maldecir contra el señor Arthur Parks. Pese a que, durante un rato, la joven damisela se había tapado la cara con ambas manos, alzó luego su delicado rostro, dejando ver su fina y tersa piel pálida, cubierta de un rubor enrojecido por el llanto más profundo y la rabia más absoluta. 
 
Al poco rato, regresó Flambeau, anunciando que ya se había llamado tanto a los agentes de la autoridad como al médico.

-Con todo, no he podido encontrar a ese filibustero del Capitán Gallagher por ninguna parte, mon Pére. -susurró Flambeau al oído del cura. - Carter afirma que le vio correr hacia la entrada de la casa poco después de que se oyera la detonación. He salido un momento afuera y, sí, he comprobado que el coche de Gallargher también ha desaparecido... Bufff, como la policía tarde demasiado será muy difícil dar con ese endiablado irlandés. De veras que no entiendo cómo ha podido suceder esto, amigo Brown... Mon Dieu, ¡pero si las balas eran de fogueo!


-Oh, mi buen Flambeau, no me sea tan cándido -musitó el sagaz sacerdote, siguiendo la misma juiciosa forma de confidencia, para evitar que los demás les oyeran. -Ante el extraño y aparentemente insoluble suceso de que un hombre muera por una pistola que suponíamos cargada con una bala de fogueo, caben varias posibilidades: la primera que se me ocurre a bote pronto es que alguien pudiera haber cambiado las balas de fogueo por otras realmente mortales. La cuestión es averiguar quién lo hizo, cuándo cambió las balas y por qué razón. La segunda no requiere que nadie manipulase las armas y me ha sido sugerida por lo que ha dicho esa periodista, la señorita North: la mano casi invisible que empuñaba una pistola contra Sir Wilfred ha querido hacer coincidir el sonido de las balas de fogueo con el de una bala mortal. De ahí la doble detonación que hemos escuchado. 
 
-Sigo creyendo que esta historia es irreal, como si fuera una pesadilla de la que despertaré en mi apartamento de Westminster. -musitó el gigante.

-Nada de eso. Por desgracia para Sir Wilfred y su apenada familia, todo ha sucedido realmente. Ya se habrá dado cuenta, Flambeau, de que, como nos habíamos temido, este no era un “duelo falso”... O, tal vez, fue un duelo donde todos hemos sido engañados, igual que el mago crea ante nosotros una falsa ilusión, deslumbrándonos con el efecto de su truco. En otras palabras: se nos ha engañado porque parte de la falsedad del duelo estribó en el trágico hecho de que ni los invitados ni ninguno de los duelistas era consciente de que cualquiera de ellos dos podía morir.


Flambeau no había pensado en eso pero, al decirlo su amigo el sacerdote, se dio cuenta de que era cierto. Alguien, ya hubiera manipulado las armas, ya hubiera disparado desde la casa, engañó a los duelistas, que ignoraban que podrían morir. Entonces al Padre Brown se le iluminó la cara, pues una nueva idea atravesó sus ojos grises como un rayo. Luego dijo:

-Sin embargo, eso de cambiar las balas de fogueo por otras de verdad es muy arriesgado. Acabo de darme cuenta, querido Flambeau, de que el asesino, quienquiera que sea, en el caso de querer deshacerse del pobre Sir Wilfred, debió cambiar las dos balas necesariamente, porque no podía saber cuál era la pistola que elegiría el Magistrado ni la que eligiría Parks, lo que nos lleva a la conclusión de que, si Sir Wilfred hubiera sido más rápido que el Fiscal, a estas horas el muerto sería Parks y no Woolcott. En fin, debemos meditar más despacio sobre estas cosas y, ante todo, hágame un favor: lleve a la familia del difunto de nuevo a la casa. Que nadie proteste ni salga del lugar. Le dejo a cargo de todo, ¿de acuerdo? Yo me quedaré aquí, velando el cadáver de Sir Wilfred, mientras llegan los agentes del Yard y el médico. Aprovecharé para seguir rezando por el alma de este hombre y para ver si encuentro alguna pista. No espere más. Llévelos a la casa, amigo...

Flambeau nunca discutía las órdenes del Padre Brown, y menos cuando se hallaba tan nervioso como en aquella ocasión. El caos se había adueñado de Woolcott Manor. Por ese motivo al detective gascón le costó un buen rato convencer a aquel variopinto grupo de personas de que lo más juicioso era volver al interior de la casa. Tras unos minutos, logró conducirles, igual que el buen pastor guía a sus ovejas hacia las verdes praderas. Brown observó la escena del regreso y, cuando se hubo quedado solo, sin dejar de recitar sus oraciones, siguió rumiando todo cuanto había visto y oído, dando pequeños paseos por los alrededores del lugar donde se había producido aquel extraño y truculento drama.


En uno de aquellos cortos paseos observó por azar el tronco de un árbol que estaba alejado del muerto pero, en cambio, no demasiado lejano de donde se habían dispuesto las sillas para que las damas observaran el duelo. En el tronco del árbol pudo ver la madera astillada y se dijo que, sin duda, la segunda detonación no fue un mero eco. Un arma, distinta a las del duelo, se había disparado y el proyectil había dado en ese árbol. No podía recordar quién estaba cerca del árbol, pero se convenció de que el invisible y silencioso tirador de la ventana no apuntó a Sir Wilfred, sino a otra persona, pues el árbol estaba algo lejos del cuerpo del fallecido. 
 
Aún hizo otro pequeño pero interesante descubrimiento. Aunque el padre Brown no estaba del todo familiarizado con las nuevas técnicas policiales, sabía que ya se recogían huellas e impresiones digitales. Por tanto, cogió un pañuelo y envolvió con él la pistola de Woolcott, que había rescatado del suelo, a fin de evitar que sus huellas borraran las de alguien que la hubiera manipulado. Con mucho tiento, abrió el cargador del arma y observó que aún conservaba el proyectil en su interior, lo que indicaba a todas luces que el Magistrado no pudo o no quiso disparar antes que su rival. Muy despacio dejó esa pistola sobre el césped, cogió de nuevo su pañuelo y fue adonde Parks había arrojado su Mauser C-96. Repitió la operación: la envolvió con el pañuelo, abrió el cargador y vio que estaba vacío. 
 
Pensó entonces que, sin duda alguna, la bala que mató al Magistrado salió del arma de Arthur Parks, ya que la otra, la del disparo desde la ventana, debía estar hundida en el retorcido y astillado tronco del árbol. Con todo, decidió esperar a la llegada de los expertos de la policía para que confirmasen sus conjeturas.


Serían las siete de la tarde aproximadamente cuando llegaron dos coches más a la casa, coincidiendo al mismo tiempo: el auto del médico del pueblo más cercano (Londres quedaba un poco lejos) y el auto oficial de Scotland Yard, el cual sí que procedía de la capital, puesto que en aquella zona de las afueras, con tan pocos habitantes, no había puesto ni sede oficial del cuerpo de Policía.

La figura imponente y atlética del delgado Inspector Grandison Chase bajó del segundo automóvil, al tiempo que daba órdenes a sus dos acompañantes de que entraran en la casa tras sus pasos. Eran estos dos jóvenes alegres e inteligentes: el sargento Carruthers y el oficial forense, el Dr. Tanner. Ambos llevaban pocos años en el Yard pero ya acreditaban la suficiente experiencia como para afrontar cualquier problema criminal. Por su parte, el Inspector Grandison Chase era un hombre fornido, a pesar de su extrema delgadez, el cual lucía un abundoso y exagerado bigote que le daba el aspecto de una morsa recién salida del mar. Sonreía pocas veces y era un fanático del orden, la lógica y la ciencia de la deducción. Sus métodos eran fríos, calculados, sumamente objetivos y eso le había granjeado la confianza de sus jefes y le había hecho acreedor de una bien merecida fama como detective, carrera en la que obtuvo varios éxitos sonoros al resolver algunos casos realmente intrincados. A esa carrera le había dedicado media vida, siempre al servicio del Imperio de la Ley. Por último diremos que no era la primera vez que se topaba con nuestros amigos Brown y Flambeau, los cuales le habían ayudado ya en un par de ocasiones a desvelar ciertos casos que ahora, queridos lectores, sería engorroso citar. 
 
El Inspector Chase entró en la casa, seguido de Carruthers y Tanner. Salió a recibirles el mismo Flambeau, al cual dio un amistoso abrazo, imagen ante la cual los demás invitados pensaron que asistían a la reunión de dos afables gigantes. Flambeau ya le había participado al Inspector los detalles más relevantes del caso, a los que añadió las últimas reflexiones que Brown y él acababan de realizar hacía unos minutos. Chase ordenó al sargento Carruthers que tomase las huellas de todos los habitantes de la casa y, en especial, de los que asistieron al duelo, incluidas las del difunto Sir Wilfred. Al Dr. Tanner le encomendó la tarea de reconocer el cuerpo, así que, como ya se quedaría en la casa un agente oficial, Flambeau condujo a Chase y Tanner hasta donde estaba el Padre Brown, ángel custodio del pobre Magistrado.


Se asomaba levemente la noche y la luna, con su corte de estrellas, cuando el grupito de aquellos tres hombres llegó al lugar de la tragedia. Pero, antes de alcanzarlo, observaron a lo lejos la sombra negra de un ser que parecía tener cuernos y estaba inmóvil. Lo que al principio les pareció una visión espantable, a la luz de las estrellas y con la cercanía se fue transformando en la bondadosa faz del curita católico, que permanecía enhiesto junto al cadáver de Sir Wilfred, como una suerte de alegoría de la Sombra y el Ángel de la Guarda.

-¡Querido Padre Brown...! -exclamó el Inspector Chase, muy alegre por haberse reencontrado con su viejo amigo. -A mis brazos... Bueno, Flambeau ya me ha informado de esta terrible desgracia. ¿Tiene alguna teoría acerca de lo que ha pasado aquí?

Brown no era dado a anticipar muchas de sus conclusiones. Era cierto que ya sabía o intuía muchas de las cosas que estaban en el trasfondo de aquel hecho tan truculento como escabroso, pero no gustaba de adelantarse a los acontecimientos y, con muy buen juicio, respondió que aún había muchos puntos oscuros en aquel caso. Mientras el Dr. Tanner examinaba el cuerpo del difunto, el Padre Brown les lanzó a sus amigos algunas de las preguntas que entre todos debían intentar responder:


-Inspector Chase, aquí ha habido juego sucio, ya lo sabe. Por un lado, se ha oído un disparo, efectuado a lo que parece por el sr. Parks. Por otro, dice la señorita Miss Artemise North que ha visto la mano de un hombre disparando hacia el lugar del duelo y yo he descubierto dónde ha podido alojarse esa segunda bala. Vean ese árbol; creo que allí dio el segundo disparo. Todo eso y lo que Flambeau y yo escuchamos a los invitados y a nuestro anfitrión en el salón de juegos, me lleva a hacerles estas preguntas, las cuales habremos de responder necesariamente para dar una solución plena a este misterio. Primera: ¿quién y por qué motivo puso las balas de verdad en las dos pistolas del Magistrado Woolcott? Segunda: ¿estamos seguros de que fue el Capitán Gallagher quien efectuó el otro disparo? Si no fue él, ¿por qué ha huido entonces? Pudo ser él, pero... En todos estos años he aprendido a no precipitarme al juzgar a las personas o sus comportamientos. Tercera: Parks dice que, antes de morir, el Magistrado le perdonó y susurró las siguientes palabras: “Busquen... el papel... Es... enemiss...” ¿A qué papel se refería el pobre jurista y qué quiso decir con eso de enemiss? ¿Estaba acusando a alguien o fue un delirio en plena agonía? Cuarta y última, de momento: ¿A quién de los presentes le beneficiaba más la muerte de Woolcott? Flambeau y yo sabemos que varios invitados le odiaban o tenían cuentas pendientes con él pero ¿quién de todos tuvo los motivos, los medios y la oportunidad para cometer el crimen?

[CONTINUARÁ...]

domingo, 12 de junio de 2011

DUELO POR UNA ANTIGUA NÉMESIS (3) [Dedicado a CAMINANTE]

DUELO POR UNA ANTIGUA NÉMESIS
(3)

No exageraba Sir Wilfred Woolcott cuando aseguró a sus invitados que nunca olvidarían aquella comida. Los entrantes parecían manjar pensado para deleitar a los paladares más sibaritas. Hubo variedad y calidad en todos los platos que se sirvieron, desde la langosta a las delicias turcas que tomaron de postre, pasando por la jugosa carne de ternera y el excelente rape que degustaron, todo ello regado con algunos de los mejores vinos blancos de España, tintos de Francia y rosados de Italia. Al término de la comida, decidieron tomarse alguna copa, en el caso de los hombres, o bien café o infusiones, en el caso de las damas, Eleanore y Louise Woolcott, además de la joven periodista, la señorita Artemise North. 
 
Como solía ser costumbre en aquella época -costumbre tan absurda como trasnochada-, las damas dejaron solos a los caballeros y se fueron a tomar unas infusiones con algunas pastas de añadidura al saloncito verde, contiguo al comedor y más coqueto que el deslumbrante y enorme salón principal donde se habían hecho las presentaciones, en tanto que los caballeros llegaron al salón de juegos, donde tomarían las copas y fumarían sus puros. Todos, excepto los no fumadores (el anticuario Redvill y el juez Thorpe) y nuestro amigo, el Padre Brown, que se aferraba a su pipa de madera de brezo como uno de esos indígenas de alguna tribu lejana y extraña que no dejan de agarrar los talismanes de su primitiva y sencilla religión.


Así como la comida había discurrido sin el menor incidente, la sobremesa en el lado masculino llamó la atención por lo acalorado de las discusiones y el ambiente tenso y enrarecido. Lo que empezó como una cordial reunión de amigos fue derivando en pequeños reproches e insinuaciones. Todo lo que se contará ahora me fue revelado por el cura amigo mío, así que sé de buena tinta lo que sucedió allí y lo trascendental que resultaron algunas de aquellas palabras para la resolución final del misterio. Es cierto que he debido rellenar los huecos que la prodigiosa memoria del Padre Brown me ha dejado en blanco pero no he añadido nada más que lo justo y necesario para que, sin faltar a la verdad, mi relato estuviese dotado de cierto sabor literario.

Sir Wilfred estaba ansioso porque llegaran las seis para dar comienzo al gran duelo, a aquella ordalía o juicio de Dios que depararía quién era el tirador más rápido, ya que no otra cosa se disputaba, o al menos esa era la apariencia inicial del asunto. Por su parte, el Fiscal Parks contiuanaba tenso y envarado, muy derecho y enhiesto, como si algo le molestase, y a Brown le siguió pareciendo que era hombre demasiado distraído para haberse metido en un reto como aquel, que requería una total atención, precisión y la máxima rapidez. Se equivocaba nuestro amigo en ese punto, pero no anticipemos la narración de los hechos. 
 
Muchas cosas unían a los antaño dos rivales: tanto el Magistrado como el Fiscal temían hacer el ridículo en los jardines de Woolcott Manor y comentaron que habían estado ejercitándose en su finca (Sir Wilfred) y en una galería de tiro de Londres (el sr. Parks). Todos escuchaban la peroración del singular y bondadoso Sir Wilfred, salvo el Padre Brown que, en aquellos instantes, se puso a charlar con mucha dificultad con el juez Óliver Thorpe (lo difícil era vencer la sordera del anciano jurista) y con el taciturno señor Henry J. Redvill, el anticuario.


Carter transitaba de mesa en mesa, sirviendo los licores preferidos por cada invitado. Su celo era proverbial, su discreción, permanente, y su flemática pose parecía demasiado exagerada incluso hasta para un británico. En cuanto hubo servido la primera remesa de bebidas, fue autorizado a dejar el salón, pues los caballeros podían servirse solos y requerían al mayordomo en otras tareas de la casa.

Al poco rato, serían ya las tres de la tarde, Sir Wilfred insistió en enseñarles a todos una sorpresa. Pidió que Parks le acompañara y juntos salieron del salón de juegos. Quedaron los demás en vilo, aguardando qué podría ser lo que aquellos dos caballeros iban a mostrarles. No tuvieron que esperar un rato largo porque enseguida regresaron, Sir Wilfred con un estuche de piel granate bastante grande, y Parks con una cajita de madera diminuta.

-Queridos amigos -comenzó Sir Wilfred, exultante de gozo-, este estuche contiene las armas del duelo. Pertenecen a mi colección y, aunque tienen sus añitos, aún pueden usarse perfectamente. ¡Vean estas dos joyas! -dijo abriendo el estuche, mientras todos se acercaban, formando un corrillo en torno al Magistrado y sus lujosos y mortíferos juguetes -Son dos pistolas semiautomáticas: ¡las legendarias Mauser C-96! Es el primer modelo de pistola semiautomática del mundo. Estas dos se fabricaron en 1897 y las conseguí gracias a los desvelos de nuestro buen proveedor, el amigo Redvill, aquí presente. Pueden tocarlas, no les dé miedo. Su aspecto es feo, antiguo ya y, desde luego, cada una de ellas es letal. Usan el calibre 7,63mm y ha sido una pistola utilizada en muchos conflictos bélicos.


Redvill disfrutaba con las elogiosas palabras que Woolcott le acababa de dirigir, haciendo una mueca que no se sabía si era de sonrisa o de sarcasmo. A Flambeau también le encantaban las armas de fuego; no en vano, él llevaba siempre consigo un revólver, para estar listo ante cualquier caso que requiriera su uso. En cambio, el Padre Brown bostezó un poco ante la visión de aquellos juguetes aniquiladores y era que, entre la abundante comida y los licores ingeridos, el ansia de sueño iba ganando terrero en su cuerpo, al igual que en el de algunos otros comensales.

-Querido Arthur -dijo Sir Wilfred, dirigiéndose a su estirado contrincante-, ¿quiere enseñarles su contribución a los mecanismos del duelo? 
 
-¡Lo haré encantado, Sir Wilfred! -y tras pronunciar estas palabras, abrió la pequeña cajita de madera marrón que portaba y ante los atónitos ojos de los circunstantes aparecieron dos balas, perfectamente encajadas en sendos huecos del forro interno de la caja. Luego continuó: -Caballeros, estas son dos balas de fogueo reglamentarias y totalmente inocuas. Las he adquirido recientemente y están a disposición de cualquiera que desee examinarlas. De hecho, Sir Wilfred ya ha comprobado que son totalmente inofensivas y que ninguno de los dos correremos el menor riesgo.


Al Padre Brown el asunto de las balas de fogueo ya le interesó un poco más, dado que la pistola en sí no era dañina, salvo cuando estaba cargada por el mismísimo Diablo, cosa que él juzgaba que ocurría siempre. El juez Thorpe apenas entendía nada de lo que estaba sucediendo allí y, tanto Flambeau como el Capitán Gallagher mostraban el atento rostro de dos connoisseurs del campo de las armas. Redvill, que de cuando en cuando bizqueaba, había dejado de sonreír y su mirada vagaba alternativamente de la caja de balas a las caras de los demás. Parks cerró al fin la cajita, al igual que Woolcott hizo lo propio con el estuche y ambos los depositaron en una repisa del salón de juegos, aunque los dos objetos estaban antes colocados en el salón principal, donde Woolcott exhibía la mayor parte de sus colecciones. 
 
Dejaron, pues, allí los instrumentos del duelo, los fatales instrumentos de la venidera tragedia, y se pusieron a discutir. Sí, porque ahí fue donde se dieron inicio los reproches e insinuaciones que antes hemos mencionado:

-Sabe una cosa, Sir Wilfred -soltó el Capitán Gallagher-, no entiendo cómo u hombre de su posición, sensatez y buen juicio se presta a estos jueguecitos absurdos y, en cambio, no accede a mi petición... Disculpe que se lo diga en este tono pero hierve mi sangre irlandesa cuando veo que una flor tan hermosa como su hija caerá mustia y abandonada en el barro del camino.


-¡¿Cómo se atreve, Gallagher?! ¡Y delante de mis invitados! Esa es una cuestión personal entre nosotros. -Exclamó Sir Wilfred, rojo de ira, y eso que él era hombre templado y afable- ¡Oh, cómo me arrepiento de haberle invitado aquí...! No hablaré más de asunto pero sepa que su carácter, tan impulsivo como desconsiderado, me lleva a negarle una vez más la mano de mi hija. Y no lo repetiré, Gallagher. Si fuera usted un caballero, jamás se hubiera atrevido a hacerme esa insinuación delante de personas que no tienen por qué enterarse de nada de esto. 
 
-Está bien, Sir Wilfred, callaré y acataré su determinación. Incluso me iré ahora mismo de esta casa... -amenazó el fogoso irlandés.

-No hace falta que lleguemos hasta ese extremo -terció el señor Parks, con firme voz, pero exquisitos modales. -Ante todo, al igual que mi amigo, el Magistrado, deseo que hoy reine aquí la paz y la armonía. La enemistad que ha habido entre nosotros cesó y no tolero ver sufrir a mi amigo Woolcott. Les ruego olviden lo que acaba de suceder, aunque... ¡advierto al Capitán Gallagher que, como incurra en una nueva salida de tono, no será necesario que abandone esta finca porque seré yo mismo quien le eche a patadas!


-¡Bravo! -dijo el Juez Thorpe levantando su copa, que en su mente cansada y difusa pensaba que estaban hablando de viejas batallitas del Ejército.

-Todos saben -siguió Parks- que en el pasado yo odiaba a Wilfred Woolcott, pero hemos superado nuestras diferencias. O, mejor dicho, yo he superado la envidia que me corroyó cuando mi buen amigo alcanzó ser Magistrado y yo quedé en simple Fiscal, tan amargado como inútil. Y he superado en golpe de perder unos terrenos que creí me pertenecían por el engaño de un timador al que aún no hemos echado el guante. Lo pasado, pasado.

-¡Aplaudo lo dicho, señor Parks! -exclamó Flambeau elevando su copa, a lo que el Juez Thorpe volvió a levantarla, gritando nuevas aleluyas y bravos.

-Aún no he terminado -continuó Arthur Parks. -Mi amigo Wilfred no es el único con el que he tenido pleitos. También he discutido a veces con el propio Capitán Gallagher, a quien conozco por haber llevado los asuntos legales de su familia. E incluso he tenido mis disputas con Redvill, este viejo y buen amante del coleccionismo. Un viejo que ama todo lo antiguo y al que en más de una ocasión me he visto obligado a sermonear por sus mezquinas pretensiones. Pero todo se ha olvidado, ¿verdad, Redvill?


El aludido mostraba una cara de asombro y estupefacción. Es seguro que no se esperaba aquel dardo, pero hubo de responder rápido al sentir zaherido su orgullo. Habló entonces y sin dejar de bizquear, aún más nerviosamente:

-Oh por supuesto. Lo que dice el señor Parks es muy cierto. Para los que no lo sepan les diré que alude a la lujosa e inmensa colección de antigüedades del difunto Lord Craven. Ambos acudimos a Christie's de Londres para pujar por ella, dado que contenía algunos cuadros y objetos de singular belleza. El señor Parks me ganó en la puja, pero no entiendo por qué ha dicho lo de mis mezquinas pretensiones. Creo que pujé en buena lid, señor.

Parks, tan serio y tenso, sonrió por primera vez en toda la jornada, o al menos en el tiempo en que el Padre Brown y Flambeau estuvieron en Woolcott Manor. El Fiscal apagó el fuego que él mismo había provocado con estas palabras:


-Nadie está libre de pecado, ¿verdad, Padre Brown? Me refería al incidente de la puja pero aún mas a algo que Redvill no ha querido contar. Dejémoslo aquí pues no deseo ser yo el que se salte el buen clima de paz y armonía al que antes he aludido. Quiero decir, en fin, que espero no haya más disputas entre los recios muros de esta mansión. Brindemos, pues, caballeros... ¡Por Sir Wilfred, nuestro generoso y amable anfitrión! ¡Por el hombre más justo, más sabio y sagaz de Inglaterra! Salud, Sir Wilfred...

Todos levantaron sus copas, excepto el Padre Brown, que casi dormitaba en un rincón o ensimismado, como siempre. Tampoco levantó en esa ocasión su copa el Juez Thorpe, este realmente traspuesto y recostado en su butacón. Sir Wilfred abrazó a Parks por sus amistosas palabras.

Gallagher abandonó inmediatamente la estancia y nadie lo volvió a ver hasta que todos se reunieron en los jardines de la mansión para celebrar el duelo. Redvill dijo que iba a subir a su cuarto para echarse una siesta, así que también se esfumó en cuanto pudo. Wilfred Woolcott y Arthur Parks salieron juntos para dar un paseo por los jardines y disponerlo todo para la hora de su glorioso torneo de caballeros. Flambeau y el Padre Brown subieron a sus habitaciones, puesto que el curita también deseaba descansar del viaje y de aquella acumulación de acontecimientos. Quedó, por tanto, solo en el salón de juegos el honorable Juez Thorpe, ya que les dio reparo despertarle. Y allí permaneció intensamente dormido hasta que llegaron de nuevo para coger las armas de fuego.

Mientras se encaminaban hacia sus habitaciones, el Padre Brown y Flambeau comentaron algunos de los recientes hechos que habían podido presenciar. Fue una conversación muy breve:

-¿Qué le han parecido esas agrias rencillas, amigo? -musitó el sacerdote.


-Ils m'ont laissé surpris et peureux devant l'orage qui s'approche... -dijo el gigante, barbotando en francés y es que, cuando Flambeau se hallaba presa del nerviosismo, no solía hablar más que en su lengua natal, olvidando que el curita casi no le entendía. Luego se dio cuenta y se tradujo a sí mismo: he quedado sorprendido, perplejo y temeroso ante la tormenta que se nos viene encima, querido amigo.

-Sí, coincido con usted. Nuestros temores, antes solo una pálida sombra, van cobrando cuerpo, tomando una forma diabólica en algo que aún no acierto a ver pero que casi he tenido delante de mis ojos ahora mismo.

Y poco más dijeron. Flambeau acompañó a Brown hasta la puerta de su dormitorio y luego fue al suyo para echarse en la cama, sin llegar a dormir, pues su cerebro bullía con las mil imágenes fantasiosas de dos huidizos duelistas, dándose muerte de varias formas: a florete, a sable, a punta de pistola. Brown sí que logró echar un sueñecito, hasta que dieron las cinco en un reloj carillón del pasillo del segundo piso, donde estaban alojados, y ya no pudo conciliar el sueño. Una hora después iba a comenzar el duelo. El cura sintió que le invadía una extraña sensación de angustia. Rezó algunas oraciones y dejó correr aquella angustia, tan insana en su juiciosa opinión.


Sir Wilfred, tras conducir a las damas a unas sillas estampadas en lujosa tela que habían colocado en los jardines para que, a guisa de los antiguos torneos entre caballeros medievales, las señoras pudieran contemplar el espectáculo plácidamente sentadas, llamó a su lado a Parks y le conminó a que se pusiera su traje de gala, de rigor en los duelistas, consistente en una levita negra, sin forro ni algodonado, lazo azul claro, un sobretodo de color oscuro, cuyo cuello había de estar levantado para ocultar el color blanco de la camisa, guantes grises de cabritilla y zapatos negros de piel. 
 
Ya vestidos con el traje más o menos reglamentario, ambos amigos fueron en busca de los otros caballeros. No hubo que procurar mucho su presencia, pues la mayoría se presentaron motu proprio, excepto el Capitán Gallagher, que rehusó asistir al duelo y decidió quedarse en la casa, y el Juez Thorpe. Fue muy divertido porque, cuando Woolcott y Parks casi le habían olvidado pero en el momento que llegaron al salón de juegos para coger las pistolas y las balas, soltaron una enorme carcajada al ver al buen Juez Thorpe tan serena y profundamente dormido. Hubo que darle agua en cantidad y un par de cafés, pues estaba un poquito achispado. Consiguieron que se arreglara el traje, arrugado por haber estado hecho un ovillo en su butacón, y le sacaron fuera, no sin dejar de reír por aquella visión, última visión risueña para el infortunado Sir Wilfred. 
 
He de señalar que hubo un incidente digno de mención: Sir Wilfred, al sacar las armas del estuche, encontró un papelito, apenas una trozo minúsculo, enrollado y metido en el estuche de las pistolas. Lo desenrolló y leyó una palabra escrita en letra minúscula y como si la hubiera garabateado alguien sin estudios. La palabra era: “enemiss”. Aunque le sorprendió sobremanera, nada dijo a Parks ni a Thorpe, para no demorar la celebración del duelo. Colocó el papelito dentro del estuche, lo cerró y lo dejó sobre una mesa.


También es muy importante consignar aquí que, antes de que salieran del salón de juegos, Parks sacó las balas de la cajita sin apenas prestarles atención y, delante de Sir Wilfred y de Óliver Thorpe, tomó los proyectiles en su mano, aún sin enguantar, cargó las dos pistolas y puso la cajita vacía de las balas en otra mesa distinta donde el Magistrado dejó el estuche de sus armas. En ese mismo momento abandonaron el salón, entre risas y chanzas a costa del aún adormilado Juez Thorpe. 
 
Eran ya las seis menos diez cuando los dos contendientes hablaron con sus respectivos padrinos: Parks no dejaba de alternar su sempiterno ceño fruncido con una leve sonrisa al mirar al Juez Thorpe, y Sir Wilfred se encomendó a la sabiduría de Flambeau que le aconsejó firmeza al sostener la pistola semiautomática y a no estar nervioso para que disparara su arma con la máxima rapidez y precisión. Enseguida eligieron cada cual la pistola que estimó oportuno, sabiendo que ya habían sido cargadas por el Fiscal.

Como sabrán los lectores, hay muchas formas de celebrar un duelo. En aquella ocasión, decidieron que fuera un “duelo marchando”, es decir, que ambos duelistas se pusieran espalda contra espalda, se apartaran el uno del otro caminando una distancia (en aquel caso, dispusieron que fuera de 25 pasos cada uno) y, a la señal del árbitro del duelo (al Padre Brown le cupo el honor de ser el árbitro aquella vez, dado que no podía serlo ninguno de los padrinos), se dieran la vuelta y dispararan, aceptándose de antemano que ganaría quien disparase primero. No era duelo a muerte, ni por causa de honor, así que no era importante la puntería sino la rapidez.


Examinados estos puntos, aceptados por las dos partes y deseándose mutua suerte cada uno de ellos, Wilfred se colocó a espaldas de Parks y este hizo lo propio. Ya estaban espalda contra espalda, con las semiautomáticas en ristre y cierto nerviosismo que podía adivinarse por el leve temblor de sus manos. Flambeau hubo de darle un cariñoso y leve toque al Padre Brown para que diera la señal de marcha, ya que el curita estaba extasiado de nuevo, inmerso en sus profundas ensoñaciones. Dio la señal de inicio de marcha y los duelistas fueron contando en voz alta cada paso que daban: “Uno, dos, tres, cuatro, cinco...”

El sol aún brillaba en la lejanía, aunque cobraba tintes rosáceos y casi sangrientos, signo inequívoco de que los carros de Faetón iban completando un día más su incesable y eterna carrera hacia el abismo de la noche. Los jardines lucían hermosísimos, tan verdes y mullidos, y las damas contenían la respiración ante cada paso que daban el Magistrado y el Fiscal.

Dieron los veinticinco pasos. Esperaron unos segundos a la nueva señal del Padre Brown. Volvieron sus espaldas, se miraron durante unos minutos. Sir Wilfred era quien estaba más alejado de la casa, con los ojos vueltos hacia los ventanales que estarían a unos veinte metros de distancia y desde los que se atisbaba una sombra extraña y fugitiva que, al principio, sólo pudo ver el propio Magistrado. Nadie advirtió la presencia de aquella sombra. Por unos instantes pareció que el tiempo se hubiera detenido en los jardines de Woolcott Manor: las dos figuras enhiestas, una más alta que la otra; los dos hombres, inmóviles, como paralizados, apuntándose uno al otro; los dos caballeros de la judicatura, uno frente al otro, y todo lo demás, el resto del Universo, era como si no existiera.


Al pronto creyeron los invitados que no ocurriría nada pero enseguida sonó una detonación seguida de otro ruido que pareció un eco o un segundo disparo. Todos miraron a los duelistas, paseando alternativamente su mirada de Wilfred a Parks, y de Parks a Wilfred. Casi al instante de oírse el segundo ruido, fuera nueva detonación o un eco del primero, el cuerpo herido de Sir Wilfred cayó sobre la hierba, tras un horrísono grito, mezcla de espanto y de dolor. 
 
El cuerpo aún vivo de Sir Wilfred, con una espantable faz de terror, quedó boca arriba, sobre la hierba, mientras su propia sangre se mezclaba con el rojo del atardecer. El sol estaba en su ocaso, igual que aquel hombre, aquel “sol de la justicia”, por una fatalidad del destino, estaba a punto de convertirse en occiso.

[CONTINUARÁ...]

martes, 7 de junio de 2011

DUELO POR UNA ANTIGUA NÉMESIS (2) [Dedicado a CAMINANTE]

DUELO POR UNA ANTIGUA NÉMESIS
(2)

No fue hasta el jueves de esa misma semana de febrero que el Padre Brown tuvo noticias de su amigo el detective gascón. Mientras el sacerdote se afanaba en la lectura de un libro con vidas de santos, el buen Flambeau apareció de nuevo en el despacho de la iglesia de Camberwell. Entró más radiante y gallardo que nunca, brillantes los ojos bajo un sombrero de fieltro azul. Saludó efusivamente a su compañero de aventuras, se atusó el artístico bigotito y, tras aclararse la garganta, declaró:
-¡Acabo de recibir una nueva carta de Sir Wilfred! No sólo está de acuerdo en que vaya usted también a su finca, sino que arde en deseos de conocerle puesto que ha oído contar muchas anécdotas acerca de su sagacidad en la resolución de misterios criminales.


El Padre Brown aparentaba estar tan distraído como siempre, con sus ojos grises perdidos en el infinito. A Flambeau siempre le había extrañado que un hombre tan agudo, tan perspicaz y tan avispado para solucionar los más intrincados enigmas tuviera casi siempre aquella expresión alelada, aquel gesto embobado y simplón. Pero sabía que, bajo aquella apariencia de falsa estolidez, se ocultaba un poderoso cerebro y un corazón tan grande como generoso y muy experimentado en el conocimiento del alma humana. Eran ya muchas las veces que le había visto mostrar esa cara de eterno distraído pero siempre llegaba un punto en que, ante el misterio insoluble, los ojos del Padre Brown se iluminaban, señal de que acababa de dar con la clave del suceso. Y era entonces cuando más se asombraba Flambeau, por la súbita metamorfosis en el rostro de su amigo.
Tras un leve silencio de unos pocos segundos, el cura dijo:
-Muy amable de su parte. También yo estoy deseando conocer a Sir Wilfred. Y al Fiscal Parks. Me figuro, querido Flambeau, que no serán los únicos invitados...


-En efecto -corroboró el titán francés-, tiene usted razón. Como es lógico, a la fiesta de reconciliación entre el Magistrado y el Fiscal asistirán otras personas pero, como ya sabe, yo sólo conozco personalmente a la esposa de Woolcott, Eleanore, a la hija de ambos, la señorita Miss Louise Woolcott, y a los miembros del servicio doméstico, en especial a Carter, el mayordomo principal de la familia, el cual me ayudó mucho cuando recuperé el anillo de esmeraldas de la señora Eleanore. Se me ha confirmado la asistencia del Juez Thorpe, el padrino de Parks en el duelo, y de algunas otras personas a las que, por desgracia, no conozco. 
 
-¿Aún recela de ese “falso duelo” entre su amigo y el señor Parks? -preguntó el Padre Brown, con tono serio y casi susurrando las palabras.

-Bien sabe usted que no suelo hacer caso de malos augurios pero, en cierta medida, aún me atosiga una extraña sensación que oscila entre la fatalidad de un trágico destino y el deseo de que todo discurra en paz y armonía.

Brown quiso serenar a su amigo y le convidó a una copita de brandy, bebida a la que ambos eran muy aficionados. Tras unos instantes, ambos dejaron que su imaginación poblara sus almas de un moderado optimismo y ya no volvieron a manifestar sus temores. Al poco Flambeau se levantó con mucha parsimonia y, antes de irse, le dijo al cura:


-Et bien, Mon Père, en la carta de hoy el Magistrado nos invita a usted y a mí a la mansión de Woolcott Manor, el Señorío de su familia. Iremos en mi coche, no se preocupe. Lo único que nos pide es que procuremos llegar hacia el mediodía del sábado. Tras la comida, ya por la tarde y antes de que se oculte la luz del sol, tendrá lugar el duelo entre Woolcott y Parks.

-Le veo disfrutando como un niño, y eso que el juego del duelo aún no ha empezado -comentó el cura, con sus grises ojillos rusueños.

-Sí, mon cher ami, ya conoce usted mi debilidad por los duelos en el campo del honor, por los combates y cualquier batalla en pro de una causa, por muy perdida o romántica que sea. Naturalmente, espero que usted asista tanto al duelo como a la fiesta de la noche. Para que no deje desatendidas sus ocupaciones durante mucho tiempo, volveremos el domingo por la tarde. ¿Le parece bien?


El Padre Brown asintió con la cabeza, afirmando estar de acuerdo en todo con su gigantesco amigo y salió a despedirle a la puerta del despacho. Vio cómo se alejaba la imponente figura de Flambeau, mientras él rumiaba sus asuntos, con aquel rostro ensimismado que tanto desconcertaba al gascón y a cuantos le habían conocido alguna vez. 
 
Llegó la mañana del sábado. Lloviznaba ligeramente en la ciudad. Flambeau fue hasta Camberwell a buscar al cura, el cual iba pertrechado con su famoso paraguas de extraño puño, una maletita con lo más necesario y un libro de horas.
El detective francés se quejó de la lluvia y del retraso que eso les causaría pero, animado por el sacerdote, emprendió rumbo a Woolcott Manor, finca y mansión situada a las afueras de Londres, en una tierra llena de pastos verdes, pequeñas casas de campo y carreteras indescriptibles de tan malas y enrevesadas. Flambeau conducía su Rolls Royce con suma maestría. Ya era rico por su casa, así que podía permitirse el lujo de un coche así, pero es que además ganaba mucho dinero como cazador de ladrones de joyas.


Durante el trayecto contaron mil y una anécdotas, comentando sucesos del pasado y del presente, acompañando su charla con el suave humo de la pipa del Padre Brown y los puros que fumaba Flambeau. No hubo nada más digno de reseñarse en aquel viaje, ni demasiado largo ni muy cansado. Gracias a la buena conducción del detective y a que la lluvia no era muy intensa, llegaron a su destino a las doce y media del sábado.

Al llegar a la mansión, una espectacular edificación con dos pequeñas torres a cada lado y una enorme puerta central, flanqueada por dos estatuas, una la de la diosa romana Britania y otra la de la diosa griega Atenea, el cura observó muchos automóviles aparcados a la entrada, señal inequívoca de que habría bastantes invitados al duelo y posterior festejo. 
 
Aquellos autos y la imparable velocidad a la que discurría el maquinismo moderno azoraban un poco al Padre Brown, acostumbrado a la beatífica vida eclesiástica, la cual no le había impedido conocer lo peor del mundo, los pecados más perversos y los pecadores más malvados, y también los más arrepentidos.


Como Flambeau había previsto, fueron recibidos por Carter, el silencioso, alto y corpulento mayordomo de la familia Woolcott, a quien ya conocía de antemano, como ya se ha dicho en el relato de esta historia. Carter se ocupó de que el mozo, Bill Barrett, apenas adolescente, de cara pecosa y pelo color zanahoria, cogiera el abultado equipaje del detective francés, cuyos seis pies de altura convertían al mozo Barrett en casi un pigmeo.
 
Mientras el mozo subía la impedimenta a las habitaciones que su anfitrión les había reservado, el mayordomo Carter les condujo a través de pasillos interminables, llenos de armaduras mohosas, cuadros de aristocráticos antepasados y jarrones enhiestos, a cual más monstruoso o absurdo. Esos continuos, lóbregos y fantasmagóricos pasillos agobiaban un poco a nuestro amigo el Padre Brown, el cual no se separaba de su paraguas ni de su maletita. Siempre se había sentido un tanto incómodo en los ambientes de la alta sociedad pero aquellos pasillos eran demasiado para él: le parecieron un corredor hacia la muerte. 
 
El cura fue acostumbrándose poco a poco a la penumbra de los vetustos y limpios corredores y se dijo que, a pesar de lo que se piensa, a veces la oscuridad es más conveniente que el fulgor para analizar un hecho con claridad de pensamiento, aunque ese hecho sea muy oscuro o nuestro pensamiento no sea demasiado claro. Lo cierto es que el curita detective razonaba mucho mejor entre penumbras que en el alborear de un luminoso día pero, como buen devoto de su fe, prefería la luz a las tinieblas.


Por fin, Carter les abrió la puerta de roble que conducía a un lujoso salón de techos altos, lámparas de araña, mobiliario de estilo victoriano y exquisita biblioteca, cuajada de libros de leyes, códigos, cartografías y catálogos de coleccionismo, además de muchas obras de la más selecta literatura. Al abrirse la puerta, ante la asombrada mirada de Brown y Flambeau apareció un grupito de personas de lo más encantador. La mayoría eran miembros del foro, amigos del Magistrado, pero también había otros que, de manera directa o indirecta, formaron parte del drama que estaba a punto de ocurrir en Woolcott Manor. Se los presentaré a ustedes, queridos lectores, igual que les fueron presentados al Padre Brown y a Flambeau. 
 
Pero antes debemos conocer al anfitrión de la casa, al pobre Sir Wilfred, quien luego sería tan vilmente asesinado. En aquel momento ni el cura ni su gigantesco amigo podían imaginar que estaban estrechando la mano de un hombre que iba a morir en seis horas. Es obvio que ni el propio Sir Wilfred era consciente de que esas iban a ser las últimas seis horas de su vida, pero ¿quién sabe cuándo va a llamar a su casa la pálida dama de la guadaña, esa astuta y sorpresiva visitadora que tantas veces llega a una casa sin dar previo aviso de su llegada?

Fue el propio Sir Wilfred quien salió a recibirles, estrechándole las manos a ambos. Era un hombre de unos cincuenta y ocho años, que lucía un enorme bigote con unas largas y espesas patillas que le cubrían gran parte del mentón. Iba vestido con levita negra y aún llevaba en la mano los guantes y la chistera, tal vez porque habría llegado poco antes que Flambeau y su amigo el sacerdote. También lucía monóculo sobre el ojo derecho, aunque no lo necesitaba pues, a pesar de su edad, Sir Wilfred tenía vista de lince, bien que usara unas gafitas para leer la letra pequeña de los muchos documentos y legajos que pasaban por sus manos. Era muy afable, considerado y de exquisita educación. Algo bajo de estatura pero altísimo en su recto comportamiento y en sus convicciones morales. No se había jubilado, ni pensaba hacerlo mientras le respetase su salud. Amante de la caza, los juegos de azar y todo tipo de colecciones, en especial las de armas de fuego, contaba entre sus vicios con el placer de saborear buenos licores. Amaba el vino, y amaba a su esposa y a su hija. Aunque pudiera parecerlo por algunas de sus aficiones más extravagantes, no era un dandy ni un bon vivant. Siempre se mostró como hombre sensato, juicioso y de firmes principios éticos.


-¡Bienvenidos a mi humilde morada! -exclamó Sir Wilfred, con aquella vieja y absurda expresión ('humilde morada') que gustan de repetir los que viven en mansiones obscenamente lujosas. Luego continuó diciendo:

-Estoy encantado de conocerle, Padre Brown. No sabe cuántas historias he oído o leído en la prensa londinense acerca de su vida y los crímenes que ha resuelto. Fue asombroso cómo cazaron usted y Flambeau a ese tal Kalón, el mercachifle fundador de la maldita secta del Ojo de Apolo, el que engañó y asesinó a la pobre Pauline Stacey... Me alegra mucho tener a los dos aquí.

-Los agradecidos por su hospitalidad somos nosotros -musitó el Padre Brown, que llevaba sus botas manchadas con algo de barro, fruto de la llovizna que habían sufrido desde Londres. Esas botas discordaban ante la limpieza, la pulcritud y la magnificencia de la casa, y aunque a muchos de los invitados les llamó la atención la desastrada forma de vestir del sacerdote, nadie hizo el más leve comentario sobre el particular, ni siquiera de forma privada.


-Sir Wilfred, tengo entendido que va usted a batirse en duelo, ¿no? -dijo Flambeau, sonriendo a la vez que guiñaba el ojo izquierdo.

-Sí, ja, ja, ja... Y para celebrar la ceremonia en el campo del honor, como es debido, tendré al mejor padrino con el que se puede contar. Pero pasen y acomódense. Les presentaré a mi familia y al resto de los invitados...

En efecto, Sir Wilfred, como buen anfitrión, fue dando a conocer a cada una de las personas que formaban ese pintoresco y adorable grupo. En primer lugar, les llevó ante Eleanore, su amada esposa, una mujer de melena larga de color castaño, cuyos ojos tiernamente azules hacían las delicias de todo aquel que los miraba. Era algo más alta que el Magistrado y, en aquella ocasión, lucía un hermoso y entallado traje de raso blanco. En su mano derecha, el anillo de esmeraldas que Flambeau había recuperado de las garras del falso vendedor de Biblias. El detective hizo una reverencia ante la dama y barbotó algo en francés, cualquier galantería que hizo ruborizarse a la dueña de la casa. Seguidamente, Woolcott presentó a su hija Louise, una jovencita de unos veinticinco años, vestida con mucha sencillez, más alta que sus padres, de pelo moreno y penetrantes ojos verdes. Dicen que su rostro casi siempre mostraba una sonrisa llena de encanto, pero en ese momento, cuando Flambeau y el cura la conocieron, su semblante no podía ocultar una tremenda tristeza. Los dos amigos ignoraban entonces cuál podría ser la causa de aquella expresión tan desolada, pero pronto iban a averiguarlo.

Tras presentar a su familia, pasó a los invitados. Como no podía ser de otra forma, el primero al que conocieron fue Arthur Parks, el Fiscal, hombre de unos cincuenta y cinco años, de mediana estatura, ojos enormes y saltones, y pelo escaso. Lucía una bien cuidada perilla que le daba un aspecto casi aristocrático, aunque su familia provenía de los más humilde de Inglaterra. El Fiscal había sabido ascender en la sociedad gracias a su esfuerzo, a su estudio y al buen desempeño de su trabajo. Su voz era firme y atronadora; su gesto, imponente y decidido; sus maneras, las de aquel que se sabe dueño de sí mismo y de la situación. Mostraba casi siempre el ceño fruncido, como si su cerebro estuviera en permanente estado de alerta o tal vez como si algo le incomodara. Esa expresión podía confundirse muy fácilmente con la del enfado o la molestia pero era tan habitual en él que sus amigos y hasta sus clientes se acostumbraron a ella y ya no sabían decir cuándo sabrían si Parks estaba enfadado o sólo concentrado en las mil y una ideas que poblaban su cerebro.


Tanto Flambeau como el Padre Brown notaron que el Fiscal estaba algo tenso, tal vez porque hasta hace poco más de dos meses, tanto Parks como Woolcott pasaban ante todo el mundo como acérrimos enemigos, si bien educados y cordiales, pero enemigos, en definitiva. Era Parks, sobre todo, quien no podía perdonarle a Sir Wilfred ciertos hechos del pasado, como ya se contó aquí: las rivalidades en el campo de la abogacía eran habituales, pero su enemistad creció debido a que Woolcott alcanzó un mejor puesto que él en el mundo de la judicatura. Por último, la espita que vino a hacer saltar sus incidentales relaciones fue un pleito por unas tierras cuya propiedad estaba en entredicho. En ese litigio el propio Arthur Parks era parte interesada, pues reclamaba para sí la posesión de esos terrenos, y fue Woolcott quien demostró que no le pertenecían, con lo que le dejó sin puesto, sin tierras e incluso sin honra. Aquello ya era agua pasada. Desde el pasado diciembre, tal vez por aquello tan engañoso y fugaz del espíritu navideño, tanto Parks como Woolcott habían depuesto las armas. Ahora eran los amigos más sinceros, más leales y más confiados que pudieran existir. 
 
Por último, diremos que al Padre Brown, según me comentó cuando hablé con él, le llamó la atención que el señor Parks fuera un hombre por un lado tan meticuloso en sus asuntos legales y, por otro, tan distraído. Eso nuestro amigo lo observó porque se dio cuenta de que, cuando Parks volvió a sentarse tras saludarles a él y al detective Flambeau, descubrió que llevaba un calcetín de color rojo y el otro de color verde. En aquel momento no le dio la más mínima importancia pero más tarde volvería a pensar en aquella distracción tan absurda e inexplicable.

Luego de conocer a Parks, el Magistrado les presentó al Juez Óliver Thorpe, un carcamal de setenta años, casi sordo y de mirada de topo. Nadie se explicaba que Parks hubiera elegido un padrino tan poco capacitado pero, como se trataba de un “falso duelo” y tal vez por los lazos de amistad que unían a Thorpe con los dos contendientes, su presencia allí estaba más que justificada. Tras saludar al señor Thorpe, Sir Wilfred tuvo la amabilidad de hacer los honores con el capitán George Gallagher, un joven irlandés, muy apuesto y de mirada oscura y decidida, que estaba allí como invitado de la familia. Woolcott, tan aficionado a la caza y las armas de fuego, comentó de forma fría y envidiosa que Gallagher era un excelente tirador. Entonces ni Flambeau ni Brown le dieron mucha importancia a ese hecho pero, una vez que fue cometido el crimen, en esos primeros instantes de horror todas las miradas se volvieron hacia el capitán irlandés.


Completaban el grupo otras dos personas: el señor Henry John Redvill, un viejo anticuario al que los dos rivales trataban con cierta frecuencia, pues ambos le conocían por su mutua afición a las armas y al coleccionismo. De hecho, algunas de las colecciones de Sir Wilfred las había adquirido en la tienda de Antiquités de Redvill. El anticuario era hombre de movimientos lentos, muy parsimonioso y de habla susurrada, casi ladina. Al Padre Brown le impresionó conocer a aquel personaje: su delgado cuello estaba lleno de arrugas y asomaba por entre su camisa como el de una tortuga que se asoma desde su caparazón. El anticuario señor Redvill era, sin duda, una tortuga, una vieja y arrugada tortuga, de mirada bizca y labios delicados. Por último, Flambeau se extasió ante la mirada de la joven Artemise North, la dama más hermosa de aquel conjunto de personalidades tan dispares. La señorita Artemise North aún era soltera, se dedicaba al periodismo y, como conocía a Sir Wilfred porque éste, de forma muy gentil y desinteresada, le había prestado algún dinero en ciertas ocasiones, quiso corresponder a la amistad del Magistrado presentándose en la casa y ofreciéndose para ser la cronista del evento social, ya que la señorita North trabaja para el Evening Star. El Padre Brown notó en la mirada de su amigo que este acababa de enamorarse de nuevo una vez más y dejó ver una leve sonrisa que ninguno de sus interlocutores supo a qué atribuir.

-¡El duelo se celebrará esta tarde a las seis, antes de que el sol caiga! -aulló Sir Wilfred. -Damas y caballeros, acompáñenme al comedor principal. Mis cocineros les han preparado un comida tan exquisita que no podrán olvidarla en su vida.


El infeliz de Sir Wilfred ignoraba entonces que en poco menos de seis horas, tras aquella comida tan opípara como suculenta, su cuerpo yacería boca arriba, junto a los jardines que con tanto esmero había cuidado, sobre un charco de espesa sangre y con una terrible expresión de espanto fija en sus ojos, ya sin ningún brillo ni asomo de vida. Tan aciago y cruel es el hado de la fatalidad con los humanos.

[CONTINUARÁ...]