domingo, 12 de junio de 2011

DUELO POR UNA ANTIGUA NÉMESIS (3) [Dedicado a CAMINANTE]

DUELO POR UNA ANTIGUA NÉMESIS
(3)

No exageraba Sir Wilfred Woolcott cuando aseguró a sus invitados que nunca olvidarían aquella comida. Los entrantes parecían manjar pensado para deleitar a los paladares más sibaritas. Hubo variedad y calidad en todos los platos que se sirvieron, desde la langosta a las delicias turcas que tomaron de postre, pasando por la jugosa carne de ternera y el excelente rape que degustaron, todo ello regado con algunos de los mejores vinos blancos de España, tintos de Francia y rosados de Italia. Al término de la comida, decidieron tomarse alguna copa, en el caso de los hombres, o bien café o infusiones, en el caso de las damas, Eleanore y Louise Woolcott, además de la joven periodista, la señorita Artemise North. 
 
Como solía ser costumbre en aquella época -costumbre tan absurda como trasnochada-, las damas dejaron solos a los caballeros y se fueron a tomar unas infusiones con algunas pastas de añadidura al saloncito verde, contiguo al comedor y más coqueto que el deslumbrante y enorme salón principal donde se habían hecho las presentaciones, en tanto que los caballeros llegaron al salón de juegos, donde tomarían las copas y fumarían sus puros. Todos, excepto los no fumadores (el anticuario Redvill y el juez Thorpe) y nuestro amigo, el Padre Brown, que se aferraba a su pipa de madera de brezo como uno de esos indígenas de alguna tribu lejana y extraña que no dejan de agarrar los talismanes de su primitiva y sencilla religión.


Así como la comida había discurrido sin el menor incidente, la sobremesa en el lado masculino llamó la atención por lo acalorado de las discusiones y el ambiente tenso y enrarecido. Lo que empezó como una cordial reunión de amigos fue derivando en pequeños reproches e insinuaciones. Todo lo que se contará ahora me fue revelado por el cura amigo mío, así que sé de buena tinta lo que sucedió allí y lo trascendental que resultaron algunas de aquellas palabras para la resolución final del misterio. Es cierto que he debido rellenar los huecos que la prodigiosa memoria del Padre Brown me ha dejado en blanco pero no he añadido nada más que lo justo y necesario para que, sin faltar a la verdad, mi relato estuviese dotado de cierto sabor literario.

Sir Wilfred estaba ansioso porque llegaran las seis para dar comienzo al gran duelo, a aquella ordalía o juicio de Dios que depararía quién era el tirador más rápido, ya que no otra cosa se disputaba, o al menos esa era la apariencia inicial del asunto. Por su parte, el Fiscal Parks contiuanaba tenso y envarado, muy derecho y enhiesto, como si algo le molestase, y a Brown le siguió pareciendo que era hombre demasiado distraído para haberse metido en un reto como aquel, que requería una total atención, precisión y la máxima rapidez. Se equivocaba nuestro amigo en ese punto, pero no anticipemos la narración de los hechos. 
 
Muchas cosas unían a los antaño dos rivales: tanto el Magistrado como el Fiscal temían hacer el ridículo en los jardines de Woolcott Manor y comentaron que habían estado ejercitándose en su finca (Sir Wilfred) y en una galería de tiro de Londres (el sr. Parks). Todos escuchaban la peroración del singular y bondadoso Sir Wilfred, salvo el Padre Brown que, en aquellos instantes, se puso a charlar con mucha dificultad con el juez Óliver Thorpe (lo difícil era vencer la sordera del anciano jurista) y con el taciturno señor Henry J. Redvill, el anticuario.


Carter transitaba de mesa en mesa, sirviendo los licores preferidos por cada invitado. Su celo era proverbial, su discreción, permanente, y su flemática pose parecía demasiado exagerada incluso hasta para un británico. En cuanto hubo servido la primera remesa de bebidas, fue autorizado a dejar el salón, pues los caballeros podían servirse solos y requerían al mayordomo en otras tareas de la casa.

Al poco rato, serían ya las tres de la tarde, Sir Wilfred insistió en enseñarles a todos una sorpresa. Pidió que Parks le acompañara y juntos salieron del salón de juegos. Quedaron los demás en vilo, aguardando qué podría ser lo que aquellos dos caballeros iban a mostrarles. No tuvieron que esperar un rato largo porque enseguida regresaron, Sir Wilfred con un estuche de piel granate bastante grande, y Parks con una cajita de madera diminuta.

-Queridos amigos -comenzó Sir Wilfred, exultante de gozo-, este estuche contiene las armas del duelo. Pertenecen a mi colección y, aunque tienen sus añitos, aún pueden usarse perfectamente. ¡Vean estas dos joyas! -dijo abriendo el estuche, mientras todos se acercaban, formando un corrillo en torno al Magistrado y sus lujosos y mortíferos juguetes -Son dos pistolas semiautomáticas: ¡las legendarias Mauser C-96! Es el primer modelo de pistola semiautomática del mundo. Estas dos se fabricaron en 1897 y las conseguí gracias a los desvelos de nuestro buen proveedor, el amigo Redvill, aquí presente. Pueden tocarlas, no les dé miedo. Su aspecto es feo, antiguo ya y, desde luego, cada una de ellas es letal. Usan el calibre 7,63mm y ha sido una pistola utilizada en muchos conflictos bélicos.


Redvill disfrutaba con las elogiosas palabras que Woolcott le acababa de dirigir, haciendo una mueca que no se sabía si era de sonrisa o de sarcasmo. A Flambeau también le encantaban las armas de fuego; no en vano, él llevaba siempre consigo un revólver, para estar listo ante cualquier caso que requiriera su uso. En cambio, el Padre Brown bostezó un poco ante la visión de aquellos juguetes aniquiladores y era que, entre la abundante comida y los licores ingeridos, el ansia de sueño iba ganando terrero en su cuerpo, al igual que en el de algunos otros comensales.

-Querido Arthur -dijo Sir Wilfred, dirigiéndose a su estirado contrincante-, ¿quiere enseñarles su contribución a los mecanismos del duelo? 
 
-¡Lo haré encantado, Sir Wilfred! -y tras pronunciar estas palabras, abrió la pequeña cajita de madera marrón que portaba y ante los atónitos ojos de los circunstantes aparecieron dos balas, perfectamente encajadas en sendos huecos del forro interno de la caja. Luego continuó: -Caballeros, estas son dos balas de fogueo reglamentarias y totalmente inocuas. Las he adquirido recientemente y están a disposición de cualquiera que desee examinarlas. De hecho, Sir Wilfred ya ha comprobado que son totalmente inofensivas y que ninguno de los dos correremos el menor riesgo.


Al Padre Brown el asunto de las balas de fogueo ya le interesó un poco más, dado que la pistola en sí no era dañina, salvo cuando estaba cargada por el mismísimo Diablo, cosa que él juzgaba que ocurría siempre. El juez Thorpe apenas entendía nada de lo que estaba sucediendo allí y, tanto Flambeau como el Capitán Gallagher mostraban el atento rostro de dos connoisseurs del campo de las armas. Redvill, que de cuando en cuando bizqueaba, había dejado de sonreír y su mirada vagaba alternativamente de la caja de balas a las caras de los demás. Parks cerró al fin la cajita, al igual que Woolcott hizo lo propio con el estuche y ambos los depositaron en una repisa del salón de juegos, aunque los dos objetos estaban antes colocados en el salón principal, donde Woolcott exhibía la mayor parte de sus colecciones. 
 
Dejaron, pues, allí los instrumentos del duelo, los fatales instrumentos de la venidera tragedia, y se pusieron a discutir. Sí, porque ahí fue donde se dieron inicio los reproches e insinuaciones que antes hemos mencionado:

-Sabe una cosa, Sir Wilfred -soltó el Capitán Gallagher-, no entiendo cómo u hombre de su posición, sensatez y buen juicio se presta a estos jueguecitos absurdos y, en cambio, no accede a mi petición... Disculpe que se lo diga en este tono pero hierve mi sangre irlandesa cuando veo que una flor tan hermosa como su hija caerá mustia y abandonada en el barro del camino.


-¡¿Cómo se atreve, Gallagher?! ¡Y delante de mis invitados! Esa es una cuestión personal entre nosotros. -Exclamó Sir Wilfred, rojo de ira, y eso que él era hombre templado y afable- ¡Oh, cómo me arrepiento de haberle invitado aquí...! No hablaré más de asunto pero sepa que su carácter, tan impulsivo como desconsiderado, me lleva a negarle una vez más la mano de mi hija. Y no lo repetiré, Gallagher. Si fuera usted un caballero, jamás se hubiera atrevido a hacerme esa insinuación delante de personas que no tienen por qué enterarse de nada de esto. 
 
-Está bien, Sir Wilfred, callaré y acataré su determinación. Incluso me iré ahora mismo de esta casa... -amenazó el fogoso irlandés.

-No hace falta que lleguemos hasta ese extremo -terció el señor Parks, con firme voz, pero exquisitos modales. -Ante todo, al igual que mi amigo, el Magistrado, deseo que hoy reine aquí la paz y la armonía. La enemistad que ha habido entre nosotros cesó y no tolero ver sufrir a mi amigo Woolcott. Les ruego olviden lo que acaba de suceder, aunque... ¡advierto al Capitán Gallagher que, como incurra en una nueva salida de tono, no será necesario que abandone esta finca porque seré yo mismo quien le eche a patadas!


-¡Bravo! -dijo el Juez Thorpe levantando su copa, que en su mente cansada y difusa pensaba que estaban hablando de viejas batallitas del Ejército.

-Todos saben -siguió Parks- que en el pasado yo odiaba a Wilfred Woolcott, pero hemos superado nuestras diferencias. O, mejor dicho, yo he superado la envidia que me corroyó cuando mi buen amigo alcanzó ser Magistrado y yo quedé en simple Fiscal, tan amargado como inútil. Y he superado en golpe de perder unos terrenos que creí me pertenecían por el engaño de un timador al que aún no hemos echado el guante. Lo pasado, pasado.

-¡Aplaudo lo dicho, señor Parks! -exclamó Flambeau elevando su copa, a lo que el Juez Thorpe volvió a levantarla, gritando nuevas aleluyas y bravos.

-Aún no he terminado -continuó Arthur Parks. -Mi amigo Wilfred no es el único con el que he tenido pleitos. También he discutido a veces con el propio Capitán Gallagher, a quien conozco por haber llevado los asuntos legales de su familia. E incluso he tenido mis disputas con Redvill, este viejo y buen amante del coleccionismo. Un viejo que ama todo lo antiguo y al que en más de una ocasión me he visto obligado a sermonear por sus mezquinas pretensiones. Pero todo se ha olvidado, ¿verdad, Redvill?


El aludido mostraba una cara de asombro y estupefacción. Es seguro que no se esperaba aquel dardo, pero hubo de responder rápido al sentir zaherido su orgullo. Habló entonces y sin dejar de bizquear, aún más nerviosamente:

-Oh por supuesto. Lo que dice el señor Parks es muy cierto. Para los que no lo sepan les diré que alude a la lujosa e inmensa colección de antigüedades del difunto Lord Craven. Ambos acudimos a Christie's de Londres para pujar por ella, dado que contenía algunos cuadros y objetos de singular belleza. El señor Parks me ganó en la puja, pero no entiendo por qué ha dicho lo de mis mezquinas pretensiones. Creo que pujé en buena lid, señor.

Parks, tan serio y tenso, sonrió por primera vez en toda la jornada, o al menos en el tiempo en que el Padre Brown y Flambeau estuvieron en Woolcott Manor. El Fiscal apagó el fuego que él mismo había provocado con estas palabras:


-Nadie está libre de pecado, ¿verdad, Padre Brown? Me refería al incidente de la puja pero aún mas a algo que Redvill no ha querido contar. Dejémoslo aquí pues no deseo ser yo el que se salte el buen clima de paz y armonía al que antes he aludido. Quiero decir, en fin, que espero no haya más disputas entre los recios muros de esta mansión. Brindemos, pues, caballeros... ¡Por Sir Wilfred, nuestro generoso y amable anfitrión! ¡Por el hombre más justo, más sabio y sagaz de Inglaterra! Salud, Sir Wilfred...

Todos levantaron sus copas, excepto el Padre Brown, que casi dormitaba en un rincón o ensimismado, como siempre. Tampoco levantó en esa ocasión su copa el Juez Thorpe, este realmente traspuesto y recostado en su butacón. Sir Wilfred abrazó a Parks por sus amistosas palabras.

Gallagher abandonó inmediatamente la estancia y nadie lo volvió a ver hasta que todos se reunieron en los jardines de la mansión para celebrar el duelo. Redvill dijo que iba a subir a su cuarto para echarse una siesta, así que también se esfumó en cuanto pudo. Wilfred Woolcott y Arthur Parks salieron juntos para dar un paseo por los jardines y disponerlo todo para la hora de su glorioso torneo de caballeros. Flambeau y el Padre Brown subieron a sus habitaciones, puesto que el curita también deseaba descansar del viaje y de aquella acumulación de acontecimientos. Quedó, por tanto, solo en el salón de juegos el honorable Juez Thorpe, ya que les dio reparo despertarle. Y allí permaneció intensamente dormido hasta que llegaron de nuevo para coger las armas de fuego.

Mientras se encaminaban hacia sus habitaciones, el Padre Brown y Flambeau comentaron algunos de los recientes hechos que habían podido presenciar. Fue una conversación muy breve:

-¿Qué le han parecido esas agrias rencillas, amigo? -musitó el sacerdote.


-Ils m'ont laissé surpris et peureux devant l'orage qui s'approche... -dijo el gigante, barbotando en francés y es que, cuando Flambeau se hallaba presa del nerviosismo, no solía hablar más que en su lengua natal, olvidando que el curita casi no le entendía. Luego se dio cuenta y se tradujo a sí mismo: he quedado sorprendido, perplejo y temeroso ante la tormenta que se nos viene encima, querido amigo.

-Sí, coincido con usted. Nuestros temores, antes solo una pálida sombra, van cobrando cuerpo, tomando una forma diabólica en algo que aún no acierto a ver pero que casi he tenido delante de mis ojos ahora mismo.

Y poco más dijeron. Flambeau acompañó a Brown hasta la puerta de su dormitorio y luego fue al suyo para echarse en la cama, sin llegar a dormir, pues su cerebro bullía con las mil imágenes fantasiosas de dos huidizos duelistas, dándose muerte de varias formas: a florete, a sable, a punta de pistola. Brown sí que logró echar un sueñecito, hasta que dieron las cinco en un reloj carillón del pasillo del segundo piso, donde estaban alojados, y ya no pudo conciliar el sueño. Una hora después iba a comenzar el duelo. El cura sintió que le invadía una extraña sensación de angustia. Rezó algunas oraciones y dejó correr aquella angustia, tan insana en su juiciosa opinión.


Sir Wilfred, tras conducir a las damas a unas sillas estampadas en lujosa tela que habían colocado en los jardines para que, a guisa de los antiguos torneos entre caballeros medievales, las señoras pudieran contemplar el espectáculo plácidamente sentadas, llamó a su lado a Parks y le conminó a que se pusiera su traje de gala, de rigor en los duelistas, consistente en una levita negra, sin forro ni algodonado, lazo azul claro, un sobretodo de color oscuro, cuyo cuello había de estar levantado para ocultar el color blanco de la camisa, guantes grises de cabritilla y zapatos negros de piel. 
 
Ya vestidos con el traje más o menos reglamentario, ambos amigos fueron en busca de los otros caballeros. No hubo que procurar mucho su presencia, pues la mayoría se presentaron motu proprio, excepto el Capitán Gallagher, que rehusó asistir al duelo y decidió quedarse en la casa, y el Juez Thorpe. Fue muy divertido porque, cuando Woolcott y Parks casi le habían olvidado pero en el momento que llegaron al salón de juegos para coger las pistolas y las balas, soltaron una enorme carcajada al ver al buen Juez Thorpe tan serena y profundamente dormido. Hubo que darle agua en cantidad y un par de cafés, pues estaba un poquito achispado. Consiguieron que se arreglara el traje, arrugado por haber estado hecho un ovillo en su butacón, y le sacaron fuera, no sin dejar de reír por aquella visión, última visión risueña para el infortunado Sir Wilfred. 
 
He de señalar que hubo un incidente digno de mención: Sir Wilfred, al sacar las armas del estuche, encontró un papelito, apenas una trozo minúsculo, enrollado y metido en el estuche de las pistolas. Lo desenrolló y leyó una palabra escrita en letra minúscula y como si la hubiera garabateado alguien sin estudios. La palabra era: “enemiss”. Aunque le sorprendió sobremanera, nada dijo a Parks ni a Thorpe, para no demorar la celebración del duelo. Colocó el papelito dentro del estuche, lo cerró y lo dejó sobre una mesa.


También es muy importante consignar aquí que, antes de que salieran del salón de juegos, Parks sacó las balas de la cajita sin apenas prestarles atención y, delante de Sir Wilfred y de Óliver Thorpe, tomó los proyectiles en su mano, aún sin enguantar, cargó las dos pistolas y puso la cajita vacía de las balas en otra mesa distinta donde el Magistrado dejó el estuche de sus armas. En ese mismo momento abandonaron el salón, entre risas y chanzas a costa del aún adormilado Juez Thorpe. 
 
Eran ya las seis menos diez cuando los dos contendientes hablaron con sus respectivos padrinos: Parks no dejaba de alternar su sempiterno ceño fruncido con una leve sonrisa al mirar al Juez Thorpe, y Sir Wilfred se encomendó a la sabiduría de Flambeau que le aconsejó firmeza al sostener la pistola semiautomática y a no estar nervioso para que disparara su arma con la máxima rapidez y precisión. Enseguida eligieron cada cual la pistola que estimó oportuno, sabiendo que ya habían sido cargadas por el Fiscal.

Como sabrán los lectores, hay muchas formas de celebrar un duelo. En aquella ocasión, decidieron que fuera un “duelo marchando”, es decir, que ambos duelistas se pusieran espalda contra espalda, se apartaran el uno del otro caminando una distancia (en aquel caso, dispusieron que fuera de 25 pasos cada uno) y, a la señal del árbitro del duelo (al Padre Brown le cupo el honor de ser el árbitro aquella vez, dado que no podía serlo ninguno de los padrinos), se dieran la vuelta y dispararan, aceptándose de antemano que ganaría quien disparase primero. No era duelo a muerte, ni por causa de honor, así que no era importante la puntería sino la rapidez.


Examinados estos puntos, aceptados por las dos partes y deseándose mutua suerte cada uno de ellos, Wilfred se colocó a espaldas de Parks y este hizo lo propio. Ya estaban espalda contra espalda, con las semiautomáticas en ristre y cierto nerviosismo que podía adivinarse por el leve temblor de sus manos. Flambeau hubo de darle un cariñoso y leve toque al Padre Brown para que diera la señal de marcha, ya que el curita estaba extasiado de nuevo, inmerso en sus profundas ensoñaciones. Dio la señal de inicio de marcha y los duelistas fueron contando en voz alta cada paso que daban: “Uno, dos, tres, cuatro, cinco...”

El sol aún brillaba en la lejanía, aunque cobraba tintes rosáceos y casi sangrientos, signo inequívoco de que los carros de Faetón iban completando un día más su incesable y eterna carrera hacia el abismo de la noche. Los jardines lucían hermosísimos, tan verdes y mullidos, y las damas contenían la respiración ante cada paso que daban el Magistrado y el Fiscal.

Dieron los veinticinco pasos. Esperaron unos segundos a la nueva señal del Padre Brown. Volvieron sus espaldas, se miraron durante unos minutos. Sir Wilfred era quien estaba más alejado de la casa, con los ojos vueltos hacia los ventanales que estarían a unos veinte metros de distancia y desde los que se atisbaba una sombra extraña y fugitiva que, al principio, sólo pudo ver el propio Magistrado. Nadie advirtió la presencia de aquella sombra. Por unos instantes pareció que el tiempo se hubiera detenido en los jardines de Woolcott Manor: las dos figuras enhiestas, una más alta que la otra; los dos hombres, inmóviles, como paralizados, apuntándose uno al otro; los dos caballeros de la judicatura, uno frente al otro, y todo lo demás, el resto del Universo, era como si no existiera.


Al pronto creyeron los invitados que no ocurriría nada pero enseguida sonó una detonación seguida de otro ruido que pareció un eco o un segundo disparo. Todos miraron a los duelistas, paseando alternativamente su mirada de Wilfred a Parks, y de Parks a Wilfred. Casi al instante de oírse el segundo ruido, fuera nueva detonación o un eco del primero, el cuerpo herido de Sir Wilfred cayó sobre la hierba, tras un horrísono grito, mezcla de espanto y de dolor. 
 
El cuerpo aún vivo de Sir Wilfred, con una espantable faz de terror, quedó boca arriba, sobre la hierba, mientras su propia sangre se mezclaba con el rojo del atardecer. El sol estaba en su ocaso, igual que aquel hombre, aquel “sol de la justicia”, por una fatalidad del destino, estaba a punto de convertirse en occiso.

[CONTINUARÁ...]

martes, 7 de junio de 2011

DUELO POR UNA ANTIGUA NÉMESIS (2) [Dedicado a CAMINANTE]

DUELO POR UNA ANTIGUA NÉMESIS
(2)

No fue hasta el jueves de esa misma semana de febrero que el Padre Brown tuvo noticias de su amigo el detective gascón. Mientras el sacerdote se afanaba en la lectura de un libro con vidas de santos, el buen Flambeau apareció de nuevo en el despacho de la iglesia de Camberwell. Entró más radiante y gallardo que nunca, brillantes los ojos bajo un sombrero de fieltro azul. Saludó efusivamente a su compañero de aventuras, se atusó el artístico bigotito y, tras aclararse la garganta, declaró:
-¡Acabo de recibir una nueva carta de Sir Wilfred! No sólo está de acuerdo en que vaya usted también a su finca, sino que arde en deseos de conocerle puesto que ha oído contar muchas anécdotas acerca de su sagacidad en la resolución de misterios criminales.


El Padre Brown aparentaba estar tan distraído como siempre, con sus ojos grises perdidos en el infinito. A Flambeau siempre le había extrañado que un hombre tan agudo, tan perspicaz y tan avispado para solucionar los más intrincados enigmas tuviera casi siempre aquella expresión alelada, aquel gesto embobado y simplón. Pero sabía que, bajo aquella apariencia de falsa estolidez, se ocultaba un poderoso cerebro y un corazón tan grande como generoso y muy experimentado en el conocimiento del alma humana. Eran ya muchas las veces que le había visto mostrar esa cara de eterno distraído pero siempre llegaba un punto en que, ante el misterio insoluble, los ojos del Padre Brown se iluminaban, señal de que acababa de dar con la clave del suceso. Y era entonces cuando más se asombraba Flambeau, por la súbita metamorfosis en el rostro de su amigo.
Tras un leve silencio de unos pocos segundos, el cura dijo:
-Muy amable de su parte. También yo estoy deseando conocer a Sir Wilfred. Y al Fiscal Parks. Me figuro, querido Flambeau, que no serán los únicos invitados...


-En efecto -corroboró el titán francés-, tiene usted razón. Como es lógico, a la fiesta de reconciliación entre el Magistrado y el Fiscal asistirán otras personas pero, como ya sabe, yo sólo conozco personalmente a la esposa de Woolcott, Eleanore, a la hija de ambos, la señorita Miss Louise Woolcott, y a los miembros del servicio doméstico, en especial a Carter, el mayordomo principal de la familia, el cual me ayudó mucho cuando recuperé el anillo de esmeraldas de la señora Eleanore. Se me ha confirmado la asistencia del Juez Thorpe, el padrino de Parks en el duelo, y de algunas otras personas a las que, por desgracia, no conozco. 
 
-¿Aún recela de ese “falso duelo” entre su amigo y el señor Parks? -preguntó el Padre Brown, con tono serio y casi susurrando las palabras.

-Bien sabe usted que no suelo hacer caso de malos augurios pero, en cierta medida, aún me atosiga una extraña sensación que oscila entre la fatalidad de un trágico destino y el deseo de que todo discurra en paz y armonía.

Brown quiso serenar a su amigo y le convidó a una copita de brandy, bebida a la que ambos eran muy aficionados. Tras unos instantes, ambos dejaron que su imaginación poblara sus almas de un moderado optimismo y ya no volvieron a manifestar sus temores. Al poco Flambeau se levantó con mucha parsimonia y, antes de irse, le dijo al cura:


-Et bien, Mon Père, en la carta de hoy el Magistrado nos invita a usted y a mí a la mansión de Woolcott Manor, el Señorío de su familia. Iremos en mi coche, no se preocupe. Lo único que nos pide es que procuremos llegar hacia el mediodía del sábado. Tras la comida, ya por la tarde y antes de que se oculte la luz del sol, tendrá lugar el duelo entre Woolcott y Parks.

-Le veo disfrutando como un niño, y eso que el juego del duelo aún no ha empezado -comentó el cura, con sus grises ojillos rusueños.

-Sí, mon cher ami, ya conoce usted mi debilidad por los duelos en el campo del honor, por los combates y cualquier batalla en pro de una causa, por muy perdida o romántica que sea. Naturalmente, espero que usted asista tanto al duelo como a la fiesta de la noche. Para que no deje desatendidas sus ocupaciones durante mucho tiempo, volveremos el domingo por la tarde. ¿Le parece bien?


El Padre Brown asintió con la cabeza, afirmando estar de acuerdo en todo con su gigantesco amigo y salió a despedirle a la puerta del despacho. Vio cómo se alejaba la imponente figura de Flambeau, mientras él rumiaba sus asuntos, con aquel rostro ensimismado que tanto desconcertaba al gascón y a cuantos le habían conocido alguna vez. 
 
Llegó la mañana del sábado. Lloviznaba ligeramente en la ciudad. Flambeau fue hasta Camberwell a buscar al cura, el cual iba pertrechado con su famoso paraguas de extraño puño, una maletita con lo más necesario y un libro de horas.
El detective francés se quejó de la lluvia y del retraso que eso les causaría pero, animado por el sacerdote, emprendió rumbo a Woolcott Manor, finca y mansión situada a las afueras de Londres, en una tierra llena de pastos verdes, pequeñas casas de campo y carreteras indescriptibles de tan malas y enrevesadas. Flambeau conducía su Rolls Royce con suma maestría. Ya era rico por su casa, así que podía permitirse el lujo de un coche así, pero es que además ganaba mucho dinero como cazador de ladrones de joyas.


Durante el trayecto contaron mil y una anécdotas, comentando sucesos del pasado y del presente, acompañando su charla con el suave humo de la pipa del Padre Brown y los puros que fumaba Flambeau. No hubo nada más digno de reseñarse en aquel viaje, ni demasiado largo ni muy cansado. Gracias a la buena conducción del detective y a que la lluvia no era muy intensa, llegaron a su destino a las doce y media del sábado.

Al llegar a la mansión, una espectacular edificación con dos pequeñas torres a cada lado y una enorme puerta central, flanqueada por dos estatuas, una la de la diosa romana Britania y otra la de la diosa griega Atenea, el cura observó muchos automóviles aparcados a la entrada, señal inequívoca de que habría bastantes invitados al duelo y posterior festejo. 
 
Aquellos autos y la imparable velocidad a la que discurría el maquinismo moderno azoraban un poco al Padre Brown, acostumbrado a la beatífica vida eclesiástica, la cual no le había impedido conocer lo peor del mundo, los pecados más perversos y los pecadores más malvados, y también los más arrepentidos.


Como Flambeau había previsto, fueron recibidos por Carter, el silencioso, alto y corpulento mayordomo de la familia Woolcott, a quien ya conocía de antemano, como ya se ha dicho en el relato de esta historia. Carter se ocupó de que el mozo, Bill Barrett, apenas adolescente, de cara pecosa y pelo color zanahoria, cogiera el abultado equipaje del detective francés, cuyos seis pies de altura convertían al mozo Barrett en casi un pigmeo.
 
Mientras el mozo subía la impedimenta a las habitaciones que su anfitrión les había reservado, el mayordomo Carter les condujo a través de pasillos interminables, llenos de armaduras mohosas, cuadros de aristocráticos antepasados y jarrones enhiestos, a cual más monstruoso o absurdo. Esos continuos, lóbregos y fantasmagóricos pasillos agobiaban un poco a nuestro amigo el Padre Brown, el cual no se separaba de su paraguas ni de su maletita. Siempre se había sentido un tanto incómodo en los ambientes de la alta sociedad pero aquellos pasillos eran demasiado para él: le parecieron un corredor hacia la muerte. 
 
El cura fue acostumbrándose poco a poco a la penumbra de los vetustos y limpios corredores y se dijo que, a pesar de lo que se piensa, a veces la oscuridad es más conveniente que el fulgor para analizar un hecho con claridad de pensamiento, aunque ese hecho sea muy oscuro o nuestro pensamiento no sea demasiado claro. Lo cierto es que el curita detective razonaba mucho mejor entre penumbras que en el alborear de un luminoso día pero, como buen devoto de su fe, prefería la luz a las tinieblas.


Por fin, Carter les abrió la puerta de roble que conducía a un lujoso salón de techos altos, lámparas de araña, mobiliario de estilo victoriano y exquisita biblioteca, cuajada de libros de leyes, códigos, cartografías y catálogos de coleccionismo, además de muchas obras de la más selecta literatura. Al abrirse la puerta, ante la asombrada mirada de Brown y Flambeau apareció un grupito de personas de lo más encantador. La mayoría eran miembros del foro, amigos del Magistrado, pero también había otros que, de manera directa o indirecta, formaron parte del drama que estaba a punto de ocurrir en Woolcott Manor. Se los presentaré a ustedes, queridos lectores, igual que les fueron presentados al Padre Brown y a Flambeau. 
 
Pero antes debemos conocer al anfitrión de la casa, al pobre Sir Wilfred, quien luego sería tan vilmente asesinado. En aquel momento ni el cura ni su gigantesco amigo podían imaginar que estaban estrechando la mano de un hombre que iba a morir en seis horas. Es obvio que ni el propio Sir Wilfred era consciente de que esas iban a ser las últimas seis horas de su vida, pero ¿quién sabe cuándo va a llamar a su casa la pálida dama de la guadaña, esa astuta y sorpresiva visitadora que tantas veces llega a una casa sin dar previo aviso de su llegada?

Fue el propio Sir Wilfred quien salió a recibirles, estrechándole las manos a ambos. Era un hombre de unos cincuenta y ocho años, que lucía un enorme bigote con unas largas y espesas patillas que le cubrían gran parte del mentón. Iba vestido con levita negra y aún llevaba en la mano los guantes y la chistera, tal vez porque habría llegado poco antes que Flambeau y su amigo el sacerdote. También lucía monóculo sobre el ojo derecho, aunque no lo necesitaba pues, a pesar de su edad, Sir Wilfred tenía vista de lince, bien que usara unas gafitas para leer la letra pequeña de los muchos documentos y legajos que pasaban por sus manos. Era muy afable, considerado y de exquisita educación. Algo bajo de estatura pero altísimo en su recto comportamiento y en sus convicciones morales. No se había jubilado, ni pensaba hacerlo mientras le respetase su salud. Amante de la caza, los juegos de azar y todo tipo de colecciones, en especial las de armas de fuego, contaba entre sus vicios con el placer de saborear buenos licores. Amaba el vino, y amaba a su esposa y a su hija. Aunque pudiera parecerlo por algunas de sus aficiones más extravagantes, no era un dandy ni un bon vivant. Siempre se mostró como hombre sensato, juicioso y de firmes principios éticos.


-¡Bienvenidos a mi humilde morada! -exclamó Sir Wilfred, con aquella vieja y absurda expresión ('humilde morada') que gustan de repetir los que viven en mansiones obscenamente lujosas. Luego continuó diciendo:

-Estoy encantado de conocerle, Padre Brown. No sabe cuántas historias he oído o leído en la prensa londinense acerca de su vida y los crímenes que ha resuelto. Fue asombroso cómo cazaron usted y Flambeau a ese tal Kalón, el mercachifle fundador de la maldita secta del Ojo de Apolo, el que engañó y asesinó a la pobre Pauline Stacey... Me alegra mucho tener a los dos aquí.

-Los agradecidos por su hospitalidad somos nosotros -musitó el Padre Brown, que llevaba sus botas manchadas con algo de barro, fruto de la llovizna que habían sufrido desde Londres. Esas botas discordaban ante la limpieza, la pulcritud y la magnificencia de la casa, y aunque a muchos de los invitados les llamó la atención la desastrada forma de vestir del sacerdote, nadie hizo el más leve comentario sobre el particular, ni siquiera de forma privada.


-Sir Wilfred, tengo entendido que va usted a batirse en duelo, ¿no? -dijo Flambeau, sonriendo a la vez que guiñaba el ojo izquierdo.

-Sí, ja, ja, ja... Y para celebrar la ceremonia en el campo del honor, como es debido, tendré al mejor padrino con el que se puede contar. Pero pasen y acomódense. Les presentaré a mi familia y al resto de los invitados...

En efecto, Sir Wilfred, como buen anfitrión, fue dando a conocer a cada una de las personas que formaban ese pintoresco y adorable grupo. En primer lugar, les llevó ante Eleanore, su amada esposa, una mujer de melena larga de color castaño, cuyos ojos tiernamente azules hacían las delicias de todo aquel que los miraba. Era algo más alta que el Magistrado y, en aquella ocasión, lucía un hermoso y entallado traje de raso blanco. En su mano derecha, el anillo de esmeraldas que Flambeau había recuperado de las garras del falso vendedor de Biblias. El detective hizo una reverencia ante la dama y barbotó algo en francés, cualquier galantería que hizo ruborizarse a la dueña de la casa. Seguidamente, Woolcott presentó a su hija Louise, una jovencita de unos veinticinco años, vestida con mucha sencillez, más alta que sus padres, de pelo moreno y penetrantes ojos verdes. Dicen que su rostro casi siempre mostraba una sonrisa llena de encanto, pero en ese momento, cuando Flambeau y el cura la conocieron, su semblante no podía ocultar una tremenda tristeza. Los dos amigos ignoraban entonces cuál podría ser la causa de aquella expresión tan desolada, pero pronto iban a averiguarlo.

Tras presentar a su familia, pasó a los invitados. Como no podía ser de otra forma, el primero al que conocieron fue Arthur Parks, el Fiscal, hombre de unos cincuenta y cinco años, de mediana estatura, ojos enormes y saltones, y pelo escaso. Lucía una bien cuidada perilla que le daba un aspecto casi aristocrático, aunque su familia provenía de los más humilde de Inglaterra. El Fiscal había sabido ascender en la sociedad gracias a su esfuerzo, a su estudio y al buen desempeño de su trabajo. Su voz era firme y atronadora; su gesto, imponente y decidido; sus maneras, las de aquel que se sabe dueño de sí mismo y de la situación. Mostraba casi siempre el ceño fruncido, como si su cerebro estuviera en permanente estado de alerta o tal vez como si algo le incomodara. Esa expresión podía confundirse muy fácilmente con la del enfado o la molestia pero era tan habitual en él que sus amigos y hasta sus clientes se acostumbraron a ella y ya no sabían decir cuándo sabrían si Parks estaba enfadado o sólo concentrado en las mil y una ideas que poblaban su cerebro.


Tanto Flambeau como el Padre Brown notaron que el Fiscal estaba algo tenso, tal vez porque hasta hace poco más de dos meses, tanto Parks como Woolcott pasaban ante todo el mundo como acérrimos enemigos, si bien educados y cordiales, pero enemigos, en definitiva. Era Parks, sobre todo, quien no podía perdonarle a Sir Wilfred ciertos hechos del pasado, como ya se contó aquí: las rivalidades en el campo de la abogacía eran habituales, pero su enemistad creció debido a que Woolcott alcanzó un mejor puesto que él en el mundo de la judicatura. Por último, la espita que vino a hacer saltar sus incidentales relaciones fue un pleito por unas tierras cuya propiedad estaba en entredicho. En ese litigio el propio Arthur Parks era parte interesada, pues reclamaba para sí la posesión de esos terrenos, y fue Woolcott quien demostró que no le pertenecían, con lo que le dejó sin puesto, sin tierras e incluso sin honra. Aquello ya era agua pasada. Desde el pasado diciembre, tal vez por aquello tan engañoso y fugaz del espíritu navideño, tanto Parks como Woolcott habían depuesto las armas. Ahora eran los amigos más sinceros, más leales y más confiados que pudieran existir. 
 
Por último, diremos que al Padre Brown, según me comentó cuando hablé con él, le llamó la atención que el señor Parks fuera un hombre por un lado tan meticuloso en sus asuntos legales y, por otro, tan distraído. Eso nuestro amigo lo observó porque se dio cuenta de que, cuando Parks volvió a sentarse tras saludarles a él y al detective Flambeau, descubrió que llevaba un calcetín de color rojo y el otro de color verde. En aquel momento no le dio la más mínima importancia pero más tarde volvería a pensar en aquella distracción tan absurda e inexplicable.

Luego de conocer a Parks, el Magistrado les presentó al Juez Óliver Thorpe, un carcamal de setenta años, casi sordo y de mirada de topo. Nadie se explicaba que Parks hubiera elegido un padrino tan poco capacitado pero, como se trataba de un “falso duelo” y tal vez por los lazos de amistad que unían a Thorpe con los dos contendientes, su presencia allí estaba más que justificada. Tras saludar al señor Thorpe, Sir Wilfred tuvo la amabilidad de hacer los honores con el capitán George Gallagher, un joven irlandés, muy apuesto y de mirada oscura y decidida, que estaba allí como invitado de la familia. Woolcott, tan aficionado a la caza y las armas de fuego, comentó de forma fría y envidiosa que Gallagher era un excelente tirador. Entonces ni Flambeau ni Brown le dieron mucha importancia a ese hecho pero, una vez que fue cometido el crimen, en esos primeros instantes de horror todas las miradas se volvieron hacia el capitán irlandés.


Completaban el grupo otras dos personas: el señor Henry John Redvill, un viejo anticuario al que los dos rivales trataban con cierta frecuencia, pues ambos le conocían por su mutua afición a las armas y al coleccionismo. De hecho, algunas de las colecciones de Sir Wilfred las había adquirido en la tienda de Antiquités de Redvill. El anticuario era hombre de movimientos lentos, muy parsimonioso y de habla susurrada, casi ladina. Al Padre Brown le impresionó conocer a aquel personaje: su delgado cuello estaba lleno de arrugas y asomaba por entre su camisa como el de una tortuga que se asoma desde su caparazón. El anticuario señor Redvill era, sin duda, una tortuga, una vieja y arrugada tortuga, de mirada bizca y labios delicados. Por último, Flambeau se extasió ante la mirada de la joven Artemise North, la dama más hermosa de aquel conjunto de personalidades tan dispares. La señorita Artemise North aún era soltera, se dedicaba al periodismo y, como conocía a Sir Wilfred porque éste, de forma muy gentil y desinteresada, le había prestado algún dinero en ciertas ocasiones, quiso corresponder a la amistad del Magistrado presentándose en la casa y ofreciéndose para ser la cronista del evento social, ya que la señorita North trabaja para el Evening Star. El Padre Brown notó en la mirada de su amigo que este acababa de enamorarse de nuevo una vez más y dejó ver una leve sonrisa que ninguno de sus interlocutores supo a qué atribuir.

-¡El duelo se celebrará esta tarde a las seis, antes de que el sol caiga! -aulló Sir Wilfred. -Damas y caballeros, acompáñenme al comedor principal. Mis cocineros les han preparado un comida tan exquisita que no podrán olvidarla en su vida.


El infeliz de Sir Wilfred ignoraba entonces que en poco menos de seis horas, tras aquella comida tan opípara como suculenta, su cuerpo yacería boca arriba, junto a los jardines que con tanto esmero había cuidado, sobre un charco de espesa sangre y con una terrible expresión de espanto fija en sus ojos, ya sin ningún brillo ni asomo de vida. Tan aciago y cruel es el hado de la fatalidad con los humanos.

[CONTINUARÁ...]

sábado, 4 de junio de 2011

DUELO POR UNA ANTIGUA NÉMESIS (1) [Dedicado a CAMINANTE]


En 2011 se cumplen los cien años desde que apareció el libro El Candor del Padre Brown (The Innocence of Father Brown, 1911), del genio inglés Gilbert Keith Chesterton. Todos sabéis la devoción que siento hacia este autor y su personaje más popular. 
 
La historia que vais a leer (si os place) es un pequeño y no muy ingenioso homenaje por partida triple: a la colosal figura de Chesterton; a su encantador curita de Norfolk; y a nuestro querido amigo CAMINANTE, al que tanto debemos tantas personas que pululamos por esos blogs de Dios...

No quiero alargar más la presentación de mi cuentecillo. Huelga decir que le debe todo a Chesterton y que es manifiestamente inferior a cualquiera de sus originales historias. Es un mero ejercicio y una pequeña diversión destinada a entreteneros. 

Confieso que este y los sucesivos posteos que ocupa el relato serán muy largos, así que entenderé que tardéis en comentarlos, si es que tenéis a bien hacerlo. 
 


Sin más preámbulos, sigamos al Padre Brown y a su amigo Flambeau hasta que ellos (o vosotros, pues os invito a formular vuestra solución del crimen) den con la clave que les permita atrapar al criminal y resolver el misterio del...



DUELO POR UNA ANTIGUA NÉMESIS
(1)

Dedicado al amigo CAMINANTE,
que tanto me ha ayudado y que fue quien hace poco
me pidió un nuevo cuentecillo policial de los míos.
Helo aquí, amigo. Espero que te guste.
Con nuestra mutua amistad por bandera y
mi más afectuoso cariño para ti y los tuyos.

Los asiduos lectores de la sección de sucesos y asuntos criminales que con tanta frecuencia aparecen en las páginas de nuestras revistas y diarios matutinos tal vez aún no hayan olvidado el célebre y espantable caso del trágico asesinato del Magistrado Sir Wilfred Woolcott. 
 
Sin embargo, cabe la posibilidad de que muchos de esos ávidos y morbosos lectores no recuerden los detalles íntimos de aquel extraño misterio que tanto conmocionó al público de Londres durante muchos días. 
 
Por eso me propongo relatar los pormenores de esa singular historia, para que no quede en el olvido la trágica desaparición del célebre jurista. También la escribo porque mi amigo el Padre Josuah Brown, de la parroquia de San Francisco Javier, en Camberwell, hace unos días que me pidió muy encarecidamente que hiciera una relación de todo el asunto para que nadie albergue dudas sobre los motivos del crimen y el método que empleó el autor para cometerlo.

En efecto, el Padre Brown estaba muy preocupado, según me confió en nuestro último encuentro, porque, aunque hace mucho que el criminal fue detenido, juzgado, condenado y ejecutado por la justicia humana, aún persistían ciertos puntos oscuros en este terrible suceso que la prensa antes aludida tergiversó o malinterpretó, tal vez de forma deliberada.

En última instancia, debo escribir esta historia para rendir un sincero homenaje de admiración hacia mi amigo, el Padre Brown, ya que fue él precisamente quien logró resolver el enigma de la muerte de Sir Wilfred. Bien es verdad que hasta el último momento no reveló sus intuiciones acerca del caso, como también es cierto que procuró compadecerse del asesino y ganarse su afecto para conseguir su arrepentimiento, sabedor de que sería duramente juzgado por su horrible acción. Mi amigo confortó al entristecido criminal hasta el último instante y solicitó que se le conmutara la pena capital (morir en la horca) por la de cadena perpetua. Pero, por desgracia, no tuvo éxito al intentar salvar el cuerpo del autor del crimen; aún confía, no obstante, en haber salvado su alma para la justicia de Dios.

Por aquellos días, el Padre Brown andaba compaginando las tareas propias de su ministerio eclesiástico en la citada parroquia con la organización de un comedor para pobres, la instalación en su barrio de una escuela para sordomudos y la realización de una colecta de fondos para restaurar una antigua y deteriorada imagen de Nuestra Señora que era la joya de su iglesia en Camberwell. Este buen sacerdote aún encontraba tiempo para visitar a algunos enfermos y moribundos y para recibir la visita de algunos de sus más viejos y entrañables amigos. Uno de estos amigos es el famoso Monsieur Hércule Flambeau, el antaño célebre ladrón de alhajas, hace tiempo rehabilitado y convertido en flamante detective, gracias a los desvelos del propio Brown, que tuvo mucho que ver en la conversión de Flambeau.

Sucedió, pues, que una buena mañana de febrero, mientras un manto de espesa niebla envolvía las calles de Londres, la figura enorme, colosal y corpulenta de un hombre maduro, cabeza monumental, cuello de toro y fino bigote de artista se adentró en el sur de Londres con dirección a la parroquia de nuestro amigo el cura. Los lectores ya habrán adivinado que este gigantesco personaje no era otro que el mismo Flambeau, el cual iba ataviado con un sombrero de paja con cinta gris, chaqueta americana, corbata azul claro y zapatos italianos. Aquella mañana, Flambeau entró en el jardincillo que precedía al pórtico de la iglesia y se dirigió al despacho parroquial, donde sabía que a aquellas horas estaría el buen cura, ya que no le tocaba decir misa hasta las doce. 
 
Al penetrar en el despacho, el coloso francés notó un intenso olor a incienso que le recordó a su infancia, cuando su madre le llevaba a oír la misa de niños en la pequeña iglesia de su pueblo, allá en Gascuña. Porque Flambeau era tan gascón como D'Artagnan y, por tanto, igual de terco, obstinado y fanfarrón. 
 
Sentado a la mesa del despacho parroquial, aparentemente dormido pero, en realidad, rezando de forma mental con un rosario de color granate cogido por sus dedos gordezuelos, se hallaba el buen curita de Norfolk, cuya cara de luna, lentes de aumento, pelo encanecido y faz pálida y regordeta el detective Flambeau estaba deseoso de contemplar. Los dos eran viejos amigos y juntos habían resuelto muchos intrincados casos criminales. Pero en aquella ocasión el detective francés no le visitaba para embarcar a su amigo en ninguna aventura policíaca sino que se dirigía a verle para invitarle a asistir a un curioso evento social.

-Mon Père, ¡qué alegría volver a verle! -exclamó jovialmente el gigantón francés, estrechando la mano de su amigo con fuerza, pero sin apretarle demasiado, pues era fortísimo. Tan fuerte como para ser capaz de elevar sobre su cabeza a dos hombres, uno con cada mano, como el cura le vio hacer una vez, en la época en que uno era un famoso ladrón de guante blanco y el otro procuraba llevarle por el camino del bien.

-¡Oh, pero si es usted! ¡Querido Flambeau...! ¡Lo mismo digo! -dijo el Padre Brown abriendo mucho los ojos, mientras cambiaba su rosario a la mano izquierda para poder estrechar la de su amigo con la derecha. -¿Qué le trae por aquí? Disculpe mi atrevimiento pero acaso quisiera usted contribuir con un generoso donativo para la restauración de la imagen de Nuestra Señora de esta parroquia, muy deteriorada, como puede ver... Sé que le van bien las cosas, ayudando a la policía a capturar a ladrones de joyas.

-Me encantará contribuir a esa restauración. Cuente con mi chequera, Mon Pére. Siempre he sido partidario de las restauraciones. En especial de las artísticas y no tanto de las políticas. No me quejo de mi trabajo. Es más, hace poco he cobrado una buena suma por haber ayudado a Scotland Yard en la captura de Ulysses Tramps, el infame ladrón del collar de diamantes de Lady Blacknell...

-Ah, sí... Lo he leído en la prensa. ¡Enhorabuena, amigo! Creo que estuvo usted sensacional -comentó el Padre Brown, mientras encendía su pipa.

-Tuve suerte, nada más. Mientras los agentes del Yard se obstinaban en registrar una y otra vez, et encore une fois, el apartamento de ese infame de Tramps, pensando que allí podría haber ocultado el collar, yo me dediqué a seguirle. Hablé con él y, aunque no soy un policía oficial, le detuve. Luego le llevé a la Jefatura del Yard y le obligué a que nos enseñara el cuello. ¡Allí es donde había escondido el collar de diamantes, el muy bandido! ¿Puede usted creerlo? Lo llevaba bajo su camisa almidonada, ¡en el cuello!

-Sí, es sorprendente -secundó el cura. -Creo que a ningún policía corriente y moliente se le hubiera ocurrido. Es lógico que una mujer lleve su collar colgado del cuello, pero nos parecería absurdo, cómico o sospechoso que un hombre anduviera por ahí con un collar de mujer. Increíble... Bueno, ha habido muchos hombres en la Historia adornados con collares. Pero sólo Tramps se adornó con el collar de una dama de la alta sociedad. Y sólo usted tuvo la idea de mirar su cuello. De pillo a pillo, eh...

Flambeau sonrió muy complacido. Luego el padre Brown le invitó a que se sentara en una butaca del despacho y le sirvió una buena taza de café puro. Aún seguía el cura fumando su pipa cuando se le ocurrió preguntar:

-¿A qué debo el honor de su visita? No me diga que va a jubilarse ahora...

Flambeau volvió a esbozar una sonrisa, sacó un tarjetón color crema del bolsillo de su americana y se lo pasó al Padre Brown, mientras le pedía que leyera el papel que guardaba el sobre. Era una carta y decía así:

Querido Monsieur Flambeau: Recordará usted lo mucho que ayudó a mi esposa a recuperar su anillo de esmeraldas cuando un desaprensivo que se fingió vendedor de Biblias lo sustrajo en un descuido de ella y de nuestro servicio doméstico. Aún se lo agradezco. Quisiera invitarle a una fiesta que celebraré en mi casa.

Usted no ignorará que soy Magistrado de la Supreme Court. Hace años que tuve muchos problemas con un abogado, Arthur Parks, hoy Fiscal. No sólo por nuestra carrera en la judicatura (en buena lid gané mi plaza de Magistrado, puesto al que él aspiraba), sino por ciertas rencillas con unos terrenos que él disputaba suyos y que yo logré demostrar como pertenecientes a otra familia.

Desde entonces, hace ya muchos años, no podía ni verme en pintura pero, como hemos sido “compañeros de armas”, compartíamos muchas aficiones, entre ellas los juegos de azar y el gusto por las armas de fuego de coleccionista. Hace dos meses que hemos enterrado el hacha de guerra y somos muy amigos. Por eso, para zanjar de una vez por todas mis diferencias con Parks, acordamos celebrarlo disputando una especie de juego.

Se trata de un duelo, pero es un “duelo falso” en el que Parks y yo nos retaremos a punta de pistola. Conviene que sepa que ambas pistolas estarán cargadas con balas de fogueo para que nadie resulte herido... ¿Cómo sabremos quién ha ganado el duelo? El arma que antes dispare la bala de fogueo nos lo indicará. Será, en el fondo, una competición de velocidad.

Bien, pues yo quisiera que usted fuera mi padrino. El señor Arthur Parks ya cuenta con el beneplácito del Juez Óliver Thorpe, que es muy amigo de los dos, para que haga de padrino suyo. ¿Qué le parece la idea? Jugaremos a ser duelistas y usted, además de ser mi padrino, podrá asistir a la fiesta que daremos en mi finca, a las afueras de Londres. Hemos fijado el duelo para este mismo sábado. ¿Cuento con usted? 
 
Dado que hoy es lunes, esta carta le llegará mañana martes y tendrá tiempo de sobra para responderme. Puede usted negarse, claro, pero me desilusionaría. Si se está preguntando que por qué le he elegido como padrino en lugar de a un miembro del foro, sepa que es una atención a su gusto por los duelos, ya que conozco su temperamento y su romántica y honorable forma de ver la vida. Sea cual sea la decisión que tome, le ruego me responda a la mayor brevedad.

Suyo afectísimo, Sir Wilfred Woolcott.

El Padre Brown metió la carta en el sobre y miró a Flambeau, el cual habló en los siguientes términos:

-Hay algo en todo ese asunto que no me gusta, Mon Père. Aún no le he escrito a Sir Wilfred pero estoy decidido a ir, no sea que ocurra algo malo. ¿Querría usted acompañarme? Si acepta, escribiré a mi amigo Woolcott, informándole de que seremos dos los invitados. No creo que me ponga pega alguna. Por eso he venido hoy a verle...

-Cuente conmigo, Flambeau. Y sí, en efecto, en ese asunto del “duelo falso” hay algo que me inquieta pero no acierto a decir qué pueda ser. Tal vez nos estemos alarmando sin motivo. No obstante, diga al Magistrado que iremos a su finca los dos. Hablaré con el Padre Mitchell para que me sustituya en los oficios de este fin de semana.

-¡Sabía que aceptaría! Usted nunca me ha decepcionado... Corro a escribir los dos papeles...

-¿Qué dos papeles? -inquirió Brown con el rostro perplejo.

-La carta de respuesta a Sir Wilfred y el cheque del donativo para su iglesia, comme il faut -subrayó Flambleau, con acento decidido.

Media hora más tarde, Flambeau abandonaba la iglesia de su amigo, camino de correos y de su apartamento en Westminster, donde tenía guardada su chequera. El Padre Brown quedó solo, preparándose para la misa de las doce, que ofició unos minutos después. Ninguno de sus fieles se dio cuenta pero, durante la celebración del sacrificio de la misa en aquella ocasión, una sombra negra como los nubarrones que anuncian tormenta cruzó varias veces el rostro del curita, sin que pudiera abandonar la idea de que una terrible tragedia estaba a punto de suceder ese mismo sábado.

[CONTINUARÁ...]

martes, 24 de mayo de 2011

ISRAEL ZANGWILL: EL MISTERIO DE BIG BOW

Nuestra serie de las novelas policiales había quedado interrumpida en las obras de Sir Arthur Conan Doyle, en especial las que tienen a Sherlock Holmes por protagonista, a quien dediqué 10 entradas. 

También tengo prometido que la próxima serie larga será la que consagremos a Gilbert Keith Chesterton y a su peculiar creación, el Padre Brown, pero antes de eso, he pensado ofreceros varias entradas sobre ciertos relatos de tema policíaco cuyos autores están hoy un tanto olvidados. 

Me refiero a los libros El misterio de Big Bow, de Israel Zangwill; La máquina pensante, de Jacques Futrelle; El misterio del cuarto amarillo, de Gaston Leroux y El viejo en el rincón, de la Baronesa Orczy. Cronológicamente todos ellos son anteriores a 1911, año en que aparece el primer libro de cuentos del Padre Brown. Por eso me permitiréis que les demos el espacio de cuatro entradas, una para cada uno de ellos, y estoy seguro de que os gustará y de que así nuestro pequeño repaso por la novela y el cuento policial quedará mucho más completo.

No es la primera vez que Israel Zangwill aparece en las páginas de este blog. Ya se trató aquí de otra obra suya, Los soñadores del Gueto, y no estará de más recordar que fue amigo personal de Chesterton, además de finísimo escritor de origen judío. 

El origen de su novela policíaca El misterio de Big Bow lo explica el propio Zangwill en el prefacio de la obra, del cual me permitiréis entresacar unas cuantas citas (tomadas de la traducción de José María Aroca para Ediciones Acervo y Ediciones Forum, de 1984):

"Mucho antes de que el libro se escribiera me dije a mí mismo una noche que ningún traficante en misterios había asesinado nunca a un hombre en una habitación a la cual no hubiera ningún acceso posible. [...] La idea permaneció almacenada en mi cerebro hasta que, años más tarde, durante la temporada floja, el editor de un popular periódico londinense de la tarde [...] me pidió que le proporcionara un tema de ficción más original. [...] Me puse a trabajar en serio, aunque el Morning Post dijera posteriormente que la obrita era demasiado forzada, y logré al menos excitar a mis lectores, muchos de los cuales enviaron testimonios de ello en forma de soluciones durante el desarrollo de la historia [...]"


Así pues, como declara Zangwill, su propósito fue escribir una novela policiaca con el llamado problema del "recinto cerrado" como fondo, y argumenta que el relato de Poe sobre el mismo tema e iniciador de este tipo de historias detectivescas (Los crímenes de la Rue Morgue, ya tratado en este blog) no era, en realidad, un auténtico caso de asesinato cometido en una habitación cerrada, aunque deja patente su admiración por los cuentos de Poe, e incluso señala que todos las historias de misterio "deben estar empapadas de una atmósfera de terror y de espanto como las que Poe consigue crear". 


Por otra parte y siguiendo con la cita de arriba, parece que en la prensa inglesa que publicaba obras de ficción era muy habitual que los lectores escribieran cartas ofreciendo sus opiniones sobre el desarrollo de la historia y, en el caso de las tramas de misterio policial, planteasen quién podía haber sido el asesino y su modo de cometer el crimen. Los lectores llenaron de cartas la redacción de The Star, que fue el diario que entre 1891 y 1892 publicó The Big Bow Mystery. En esas cartas, dirigidas al propio Zangwill, le apuntaban quién podía haber sido el asesino en un caso aparentemente imposible de resolver. Pero vayamos a la historia del "misterio de Big Bow".


En ella se nos brinda un relato cuajado de humor, de ironía y de ingenio que trata sobre el asesinato del líder sindicalista Arthur Constant, quien es salvajemente apuñalado en un cuarto de la humilde pensión que Miss Drabdump posee en el pobre barrio de Bow. Cuando una fría mañana de invierno el entrañable personaje de la señora Drabdump descubre que han asesinado a su inquilino, acude rápidamente a un vecino, un famoso expolicía de Scotland Yard, el señor George Grodman quien, después de derribar la puerta, descubre el cuerpo del joven Constant, tumbado de espaldas en la cama, degollado limpiamente en un cuarto totalmente cerrado por dentro y sin rastro alguno del arma del crimen. Grodman, aunque policía retirado, irá indagando por su cuenta, rivalizando con el inspector Edward Wimp, quien se aprestará a detener, como sospechoso de asesinato, a otro sindicalista, Tom Mortlake, que también se hospedaba en la misma pensión de Bow. No hace falta decir que Mortlake, a pesar de ser un sospechoso bastante contundente por sus motivos (de índole amorosa), no era el asesino, como al final revelará Grodman en su solución del caso. Dejo aquí el relato de la historia para no estropearles el efecto final a sus posibles lectores.


Zangwill consigue describir perfectamente los ambientes en que se mueven sus personajes, además de llenar toda su historia de un finísimo humor que, en apariencia, disuena en las tramas de misterio policial, pero que sería luego usado por muchos autores de novelas policíacas, Chesterton entre ellos. Él mismo reconoce en el citado prefacio que en su obra el humor es demasiado abundante (no os perdáis los retratos de sus personajes; incluso aparece el célebre político inglés Gladstone en la narración) pero justifica su empleo como aditamento necesario en toda historia que describa la vida de forma realista.


Este humor descolla sobre todo en las escenas de la encuesta y del juicio sobre el caso del "misterio de Bow", en la amena y divertida descripción del brumoso Londres o de los personajes principales, en especial de algunos como la señora Drubdump, Grodman o el poeta Denzil Cantercot y su amigo y benefactor, el filosófico Peter Crowl. Se puede decir, pues, que además de relato policial es una novela de tipos humanos, a cual más peculiar y llamativo. Sólo por eso ya merece una atenta lectura. Pero El misterio de Big Bow ofrece mucho más: es todo un clásico de la narrativa de crímenes, porque constituye, por primera vez, una historia donde el crimen se ha cometido en un cuarto totalmente cerrado, elegante recurso que un autor como John Dickson Carr elevaría a sus más altas cotas. 


Tal vez, si alguno de vosotros se anima a leerla, si es que conseguís una traducción al español, llegue a terminarla y se quede con cierta sensación de disgusto pues he de reconocer que la solución que se ofrece al final puede no resultar satisfactoria para muchos lectores exigentes. 

En cualquier caso, merece la pena leer esta novela, por las razones que ya he apuntado. La única pega es que una edición actual de este libro resulta bastante difícil de encontrar. Yo he podido acceder a él por pura casualidad, ya que estaba en casa de mis suegros, en uno de esos volúmenes con cuatro o cinco novelas de misterio que la Editorial Forum publicó en su colección del famoso "Círculo del Crimen". 

En fin, si yo he podido conseguir el libro, vosotros también podréis. No obstante, animo a las editoriales españolas especializadas en el género de misterio a que saquen una nueva edición del libro de Zangwill, que hará las delicias de sus lectores. 


Que Dios os bendiga y Nuestra Señora la Virgen os proteja siempre. Cuidaos mucho, amigos, y hasta la próxima.